miércoles, 30 de agosto de 2017

Para nota (2)

¿Lo has adivinado ya? Aquí va un fotograma donde aparece la casa (en realidad es un dibujo, ni siquiera se llegó a realizar una maqueta del exterior):


Muchos la compararon con la Fallingwater de Wright, aunque él nunca diseñaría un voladizo soportado por vigas (muy útiles por otra parte ya que ayudan al protagonista a trepar a ella). A mí me recuerda más a las famosas casas de Koenig o Lautner, aunque buscando fechas descubro que son posteriores (por muy poco) a la película. Vive en este mansión el malo de la peli, interpretado por James Mason. Lo que si parece obvio es que a partir de entonces el estilo moderno queda asociado a los malvados en muchas películas, por ejemplo en las de Bond, fíjate aquí como Sean Connery ve amenazada su integridad de género en una escena de Diamantes para la eternidad que tiene lugar en la casa Elrod, de Lautner. No es la única casa del arquitecto americano que aparece en el cine. Date un paseo por algunas de ellas tal y como aparecieron en conocidas películas gracias a este video. En él descubrirás por cierto las pegas de los voladizos.

¿Sigues perdido? Te voy a dar otra pista: un fotograma de los títulos de crédito que te mencionaba en la entrada anterior.


Otra referencia al lenguaje arquitectónico moderno (estamos, te recuerdo, en 1959), a la sazón en plena vigencia. Te decía que la fachada de este edificio bien podría pertenecer (aunque en realidad no es el caso), a una torre recién inaugurada en Nueva York. Me refería a la Seagram, de Mies. Fíjate el parecido de dichos títulos de crédito con la portada de una revista de arquitectura de la época (Architectural Record, de 1955):


Veo sigues sin caer. Venga, va:



Sí, es la que aquí conocemos como Con la muerte en los talones, quizá su película más redonda. Los títulos de crédito son de Saul Bass, un genio en lo suyo, ya siempre asociados a la música del no menos genial Bernard Hermann. Los tienes aquí. Si te has quedado con ganas de más, tienes en este otro video una amplia selección de títulos de Bass.

El director es Alfred Hitchcock, cuyo apellido como decíamos en la primera pista coincide con uno de los comisarios de la famosa muestra del MoMA sobre arquitectura moderna de 1932. Junto a Philip Johnson trabajó Henry-Russell Hitchcock. Las fotos que ves en esta entrada y la anterior son de la exposición sobre el director que estos días puede verse en el Museo San Telmo. Como curiosidad decir que Hitchcock estuvo en el San Telmo allá por 1958, ya que Vértigo se estrenó en el Festival de Cine donostiarra (que por aquel entonces iba por su sexta edición). Por cierto que Vértigo conseguiría en el certamen la Concha de Plata. ¿Que quién ganó la de oro? Pues la polaca Eva quiere dormir, del famosísimo Tadeusz Chmielewski.  Justo a la vuelta de San Sebastián iniciaría el mago del suspense el rodaje de Con la muerte en los talones, estrenada también en el Festival de Cine donostiarra al año siguiente. La cinta repetiría galardón (la de oro fue para Historia de una monja de Zinnemann).

Me despido con un último enlace (demasiados en la entrada de hoy) a una escena que tiene a la casa en cuestión como protagonista.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Para nota



Pues hoy tenemos pregunta difícil. No te agobies, no es para tanto. La foto es del croquis de una casa que no es real. Apareció en una famosa película de 1959. ¿De qué peli se trata? Pistas: Su director comparte apellido con uno de los comisarios de una famosa exposición de arquitectura que tuvo lugar en el MoMA en 1932. Otra: en los títulos de crédito aparece la fachada de un edificio que bien podría ser de uno de los arquitectos presentes en la exposición mencionada (uno de sus edificios más famosos, muy parecido al que aparece en dichos títulos, fue terminado solo un año antes de estrenarse la película). Seguro que ya caes.



jueves, 10 de agosto de 2017

No hay dos sin tres

Este verano no ganamos para sustos

 Seguimos con la biografía de Mies a cargo de Schulze y Windhorst. Te cuento. Estamos en la Alemania prenazi y Mies las está pasando canutas. Los alemanes más rancios ven con malos ojos el nuevo lenguaje arquitectónico moderno, no soportan sin ir más lejos los techos planos por considerarlos undeutsch. La colonia Weissenhof de Stuttgart, que Mies diseñó allá por 1927 junto a otros firmes seguidores del Movimiento Moderno como Le Corbusier y otros que no tanto (como su admirado Berlage) a los que precisamente se les dio como único requisito poner cubiertas planas y pintar los exteriores de blanco riguroso, fue ridiculizada y comparada con un barrio de Jerusalén, incluso con fotos trucadas en las que se puede ver el flamante complejo transitado por camellos y árabes con chilaba. Como oposición a los progresistas (que habían formado una asociación llamada Der Ring), los clasicistas crearon un grupo opositor (Der Block), y levantaron, no muy lejos de la colonia de Mies, una agrupación de viviendas con cubiertas inclinadas, que eran más “culturalmente alemanas” (los nazis, tan neoclásicos, y tan diferentes aquí de los fascistas italianos, echarían también pestes del edificio de la Bauhaus de Gropius llegando al extremo de añadir una cubierta inclinada sobre el ala de los talleres). Si hubieran visto más allá de la retórica nacionalista, los tradicionalistas podrían haber atacado la colonia Weissenhof por un hecho mucho más prosaico (y grave): a los dos años buena parte de los edificios estaban penosamente deteriorados. Más tarde, en 1935 ya, los nazis tumbaron igualmente un proyecto de Mies para edificar una casa para la familia Lange en Krefeld en virtud de una “ley de fealdad” usada para bloquear obras modernas. Los Lange, utilizando sus influencias, consiguieron finalmente la aprobación de las autoridades a condición de que la casa se ocultara tras un talud de tierra. Mies rehusó. Un último ejemplo: ese mismo año (1935) trabajó en un proyecto de pabellón que representara a Alemania en la exposición universal de Bruselas para el que diseñó una versión gigante del mítico de Barcelona. Hitler en persona, seguramente junto a Speer, revisó todos los proyectos y rechazó airadamente el suyo, que al parecer acabó literalmente por los suelos.

Y es que en aquellos años extremos y extraños Mies, aparentemente sin ideas políticas definidas, tuvo que hacer malabares ideológicos para sobrevivir. En 1926 le vemos por ejemplo haciendo un monumento al levantamiento izquierdista de 1919 en Berlín y a sus dos héroes ajusticiados, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, en el que propone un potente muro de ladrillo con prismas escalonados (simulando un paredón de ejecuciones) donde ajusta un mástil y una enorme estrella de acero y dos metros de diámetro con la hoz y el martillo que dio no pocos problemas (la siderúrgica Krupp se negó a fabricarla por considerarla demasiado radical, así que a Mies se le ocurrió encargar cinco piezas en forma de rombo -a eso Krupp no puso pegas, y es que la pela es la pela- que se montaron en obra). Los nazis se cepillarían el monumento en 1933. Sin embargo, cuando asume la dirección de la Bauhaus (1930), el de Aquisgrán (al que los estudiantes consideran elitista y antidemócrata frente a Hannes Meyer, su anterior director), sufre un monumental motín que acaba con la intervención de la policía, el cierre de la escuela durante varias semanas durante las cuales se elaboran nuevos estatutos y la expulsión de sus 170 estudiantes. Mies, que mucha cintura -metafórica- no parece tener, se defiende: “Hannes Meyer (…) quería hacer la escuela políticamente comunista. Yo no estoy en absoluto a favor de eso. No soy alguien que pretenda mejorar el mundo; nunca he querido serlo. Soy arquitecto, me interesa la construcción y los problemas de la forma”. Su equidistancia ideológica -extrema- vuelve a manifestarse cuando no tiene empacho en apuntarse a la Academia Prusiana de Bellas Artes (que por el nombre muy progresista no parece), la que, ya prácticamente en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, organizaría la famosa exposición “Arte degenerado” que condenaba 650 obras de pintura y escultura modernas (de entre otros muchos Paul Klee, que fuera profesor en la Bauhaus). Poco después Mies sale por piernas de Alemania. Tras la visita de dos oficiales de la Gestapo en su casa para interrogarle de muy malas maneras decide salir casi con lo puesto (aunque en Chicago le esperaba una cátedra en el Armour Institute que llevaba un tiempo negociando). Su tren pasa por Aquisgrán, donde su hermano Ewald le deja su pasaporte (el suyo se lo habían quedado los agentes de la Gestapo) con el que consigue cruzar la frontera con Holanda, donde, in extremis, le hacen un nuevo pasaporte en el consulado alemán de La Haya. Se embarca finalmente en el transatlántico de irónico nombre Europa que le deja en Estados Unidos el 29 de agosto de 1938.

Tras tanto vaivén, y estando nuestro protagonista tan poco interesado por las ideologías y los nacionalismos, no es de extrañar (es la idea más interesante de lo que llevo leído del libro) que Mies defendiera el movimiento internacional (que no es otra cosa que la modernidad llevada a sus últimas consecuencias), vocacionalmente apátrida y neutro, frente a los estilos nacionales, actitud que además encajaba como un guante en un mundo ya harto de guerras salvajes, nacionalismos tronados y utopías imposibles: “Mies era partidario de la abstracción, sin ninguna simpatía nacional ni ideología política alguna: un perfecto Prometeo de la nueva modernidad”.  El mismo Mies lo expresará palmariamente en el discurso que pronunció durante la cena de gala para celebrar su nombramiento en el Armour (donde Wright nada menos le presentaría), el 20 de noviembre de 1938: “Mi único objetivo es crear orden en la desesperante confusión de nuestros días”.

¿Y qué fue de Ada? Se quedó en Alemania (Mies huyó como vivió, solo, ni tan siquiera intentó llevarse a su amante de entonces, Lilly Reich, que le visitaría en América pero que finalmente se quedaría en Alemania). Pasó la mayor parte de la guerra en Berlín y escondió a varios judíos en su pequeño apartamento, demostrando una inédita valentía. Moriría en 1951 de cáncer, como una de sus hijas (Waltraut, la única que se fue a vivir a Chicago) en 1959, y el propio Mies diez años después.


A estas alturas te estarás preguntando a qué vienen las fotos que acompañan esta entrada. A nada (o no), aquí ya sabes que nos gusta jugar al despiste. Se trata, como ya habrás adivinado, de Bilbao, la del efecto, en concreto la Plaza del Museo. No, no es el Guggenheim en este caso, sino el de Bellas Artes. Mi señora contraria quería ver la exposición de la colección privada de una de las Koplowitz, una ecléctica (y algo impúdica) exhibición que agavilla desde esculturas griegas a una instalación de Weiwei. Estaba yo cruzando una de las salas acristaladas sobre el patio interior donde destaca una bella escultura modernista que parece estar dándole un síncope ante la visión de la torre Iberdrola cuando me quedé prendido más que prendado de la heteróclita vista que se podía contemplar desde allí y decidí acercarme a la plaza en cuestión, a la que asoman, en pavorosa freak parade, edificios cada uno de su padre y de su señora madre. Veamos. Está la cristalina torre de Pelli, totalmente desproporcionada (con una no menos desproporcionada visera en su entrada), y a sus pies varios bloques de edificios de estética contemporánea que muestran sus angulosas fachadas metálicas justo al lado de lo que me pareció en un primer momento una cuidada rehabilitación pero, cielos, no, es un enorme edificio (ocupa toda una manzana) sin duda de reciente construcción que parece sacado de la Secesión vienesa con dos torreones culminados por bóvedas bulbosas en brillantes colores (una de ellas circundada por un lema en euskera, que bien podría ser la famosa frase de Venturi “Menos es un peñazo”), por no hablar de unas esculturas amorfas, unos recios miradores más propios de Cantabria que de aquí y hasta gárgolas y todo, vamos, que no le falta de nada. Contrastando con esta folie decimonónica está el propio museo, en ladrillo y de una bella sobriedad (la ampliación, toda vidrio y cristal, le sienta como a un Cristo dos pistolas). Al otro lado de la plaza, dos edificios de, calculo, los años 50, uno, con un exiguo chaflán, parece imitar al Flatiron, el otro, de amenazante presencia, está coronado por un monumental tejado con dos enormes terminaciones en forma de antenas gemelas. En fin, todo un muestrario arquitectónico de estilos variopintos (como la exposición de Koplowitz) que (obviamente en mi opinión) no hay por dónde cogerlo. Vuelve Mies.




martes, 1 de agosto de 2017

Sustos extremos (2)




Arrea, ¿a qué me recuerda esto?

Seguimos con más sustos extremeños, no por más programados que el anterior, menos impactantes. Fíjate lo que SelgasCano nos ha dejado en Plasencia. De gestación compleja, fue este extraño auditorio víctima de la crisis, padeciendo crudas críticas de los que veían en este tipo de intervenciones arquitectónicas un despilfarro inútil. Tras varios parones, diez largos años y 21 millones de euros, la enorme crisálida ha visto al fin la luz hace poco más de un mes, aunque el edificio llevaba ya un tiempo acabado y había sido noticia en no pocas revistas de arquitectura. No tenía muchas esperanzas de encontrarlo abierto, pero al acercarme a la puerta vi que no estaba cerrada con llave. Entré y de inmediato vino a mi encuentro una simpática joven que andaba por allí, única moradora del edificio, que, tras presentarse como Cristina, directora del complejo, nos dijo que, efectivamente, no estaba abierto al público. Ahí puse yo en marcha todos mis maduros encantos, diciéndole que había venido expresamente de Madrid para ver el edificio (si has leído la entrada anterior sabrás que no es del todo así, pero es que me estoy volviendo un bloguero sin escrúpulos). Viendo a mi encantadora familia (cuántas puertas me han abierto mis tiernos infantes), y adulada por mis comentarios (yo seguía dorando la píldora al edificio non-stop), se ablandó y nos hizo un pase privado por buena parte del cascarón sintético. Solo me faltó levitar. 

Soy fan de SelgasCano, ambos de mi quinta, especialmente de sus auditorios de Badajoz y Cartagena que, sobre todo el último, conozco bien (en el lateral, muy abajo, tienes fotos). De hecho, el único El Croquis que tengo en casa es un monográfico del estudio madrileño con portada dedicada precisamente al auditorio de Plasencia y fotos alucinantes de Hisao Suzuki (como esta). Únicos españoles que han realizado hasta el momento uno de los pabellones efímeros  que cada año arquitectos de prestigio diseñan para la Serpentine Gallery londinense, José Selgas y Lucía Cano se lían la manta a la cabeza en Plasencia y levantan una extraña estructura que dialoga con su entorno de manera tan fluida a como lo haría un platillo volante. La visión, para mí al menos, es de difícil digestión en vivo y en directo, por más que en fotografía (especialmente si es de Suzuki) resulte realmente atractiva. En El Croquis explican su proyecto, pero la verdad, no me aclaran mucho. Es cierto que el terreno donde se asienta el auditorio es que no hay por donde cogerlo: un terraplén extremo en el límite entre la ciudad y el puro campo, entre "lo tristemente artificial y lo natural. Campo extremeño que cualquiera puede entender como equivalente del mar" (¿otro barco pues?).  "Lo artificial era tan agresivo que había formado un talud de 17 metros de altura sin el más mínimo respeto a la orografía natural, que permanece enterrada debajo. Por contra, en nuestra propuesta, y como reacción a lo que supone un imparable arrollamiento, decidimos respetar al máximo el terreno en que nos apoyamos, ocupando la menor superficie de parcela posible" (ante lo artificial, hagamos algo aún más artificial y alienígena). El edificio se plantea como "pieza de presencia inmediata", una "señal nítida para el pasajero" que lo observa desde la carretera de Salamanca (prueba conseguida). Los madrileños hablan también de una "arquitectura tendente a un estado estacionario" ("Atenuar la arquitectura" lleva por nombre la entrevista que abre la revista) y, citando a Dostoievski nada menos, defienden alimentarse de la estupidez, que el ruso consideraba sencilla y honrada frente a la esquiva y engañosa inteligencia: "Con esta otra perla de Fiodor enlazamos con una de las herramientas de trabajo que nos parece más necesaria, y que se encuentra bastante marginada hoy en día: el error. Masacrado el error por una falsa necesidad de inútil perfección -que ha copado incluso la arquitectura, disciplina en la que tal perfección no es solo innecesaria sino diluyente de muchos posibles valores que quedan tapados por esa estúpida búsqueda de la perfección, porque lo auténtico solo aparece con lo imperfecto, con lo manual, con lo artesano, con lo inexacto-". Un poco después acuden a Fellini: "Pero nosotros, ante esta inalcanzable y 'determinada realidad', al contrario que frenarnos, hemos conseguido que todo esto sea el detonante para tener algo muy claro: el no tener nada claro. Nos quedamos, por tanto, en ese terreno que define Fellini con la frase "me gustaría nacer todos los días", que él empleaba por dos motivos: por disfrutar de las cosas con ojos limpios, nuevos, por primera vez; y por poder hacer las cosas con ingenuidad, sin ataduras de la memoria y la sociedad". Ryue Nishizawa, la mitad de SANAA, habla también de ellos en la revista: "La arquitectura de SelgasCano tiene sentido de movimiento, sus obras aspiran a una libertad que trascienda sus límites". Mira, tú mismo: 



Aquí, lo último de SelgasCano (fotos de Iwan Baan).