domingo, 14 de enero de 2018

Equilibristas (2)


"La oficina de Foster + Partners, en la orilla sur del Támesis, entre los puentes de Albert y Battersea, resulta a la vez abigarrada y austera. Un hospital escandinavo, pienso al entrar, pero sólo quizá porque vivo en África y me he acostumbrado a la vegetación tropical y al desorden. (...) La oficina muestra la vena victoriana de Foster. Los fantasmas de los grandes ingenieros del siglo XIX se manifiestan en las amplias vistas sobre Londres y su ingeniería oculta. Foster posee una visión de rayos X que se adentra tanto en los ladrillos y en el mortero como en el flujo de la gente, vehículos, agua, residuos y energía que pasan a través de los edificios. El hecho de haber elegido para su título de lord el de Barón Foster de Thames Bank es un tributo al ingeniero victoriano sir Joseph Bazalgette, constructor del sistema de alcantarillado de Londres, el Embankment, así como los puentes de Albert y Battersea. 

Uno de los puntos fuertes de Foster es su capacidad para equilibrar sus intereses. En este sentido es como un arquitecto moderno que estuviese sobre la cuerda floja sujetando una pértiga. En un extremo estarían los victorianos: Bazalgette, Alfred Waterhouse (arquitecto del ayuntamiento de Mánchester) y todo tipo de pensadores sistemáticos con los pies en la tierra. En el otro, la era espacial representada por su amigo Buckminster Fuller. `Bucky´ fue el arquitecto estadounidense radical y el inventor de la cúpula geodésica que arrastró a Foster hacia la utopía". (J.M. Ledgard, El nuevo mundo de Foster, en AV 200. La foto de arriba es del Centro de ocio Fred Olsen de 1968 tomada en la exposición Norman Foster. Futuros comunes de la Fundación Telefónica de Madrid. Guía de la exposición aquí).


sábado, 6 de enero de 2018

El palacio irreal

Este  perro ha visto cosas que no creerías...
Hoy día de reyes procede discurrir un relato real. Volveremos a tal fin al siglo XIX, adonde nos lleva una villa singular que aquí queremos consignar (y también, por qué no decirlo, como viaje terapéutico a un tiempo pasado que en absoluto mejor fuere, que hay que ver lo movida que resultó la tal centuria). Ante todo quiero dejar claro, tan preñado de memoria está el palacio que centra nuestra entrada, que, aunque pueda no parecerlo, lo que a relatar paso (vaya, hoy me sale una sintaxis tan rancia como el relato que prosigue, o como la del galáctico Yoda) es rigurosamente real. Si no eres mucho de historia(s) encarecidamente te recomiendo que dejes aquí tu lectura y te dediques a otros menesteres, ve en paz, perdonado quedas.

Nuestro relato empieza en San Sebastián en en el último cuarto del siglo XIX, en una elevada finca conocida como Ayete (o Aiete), por el nombre de una de las familias de más abolengo de la localidad, los Fayet (o Hayet), saga de origen gascón que habría habitado esta portentosa colina desde la Edad Media. Su estratégica situación dominando la ciudad la había hecho protagonista de no pocos lances guerreros (como la primera Guerra Carlista, que dejó la zona arrasada). En 1865, Eduardo Carondelet y Donado, marqués de Portugalete y duque de Bailén, compró el muy preciado terreno. El duque, de familia palaciega y cortesana, se hallaba a la sazón casado con la donostiarra María Dolores Collado y Echagüe, hija del marqués de la Laguna, que fue ministro de Hacienda y Fomento con Isabel II. La propia Dolores, de una edad similar a la reina, se convertiría en fiel amiga de la monarca especialmente en los difíciles momentos en los que fue destronada y hubo de exiliarse. Los duques de Bailén apoyaron a su vez la restauración de su hijo Alfonso XII, con el que también entablaron estrecha relación. Tanto confiaba el rey en los duques que, cuando murió la famosa María de las Mercedes, su primera cónyuge seis meses tras su casamiento, le confió a Carondelet la tarea de desplazarse a Viena para pedir oficialmente la mano de María Cristina de Habsburgo, que se convertiría en su segunda esposa.

Pero volvamos a Ayete. Los duques, antes que preocuparse por levantar el casoplón veraniego de rigor (su residencia habitual se hallaba en Madrid), quisieron hacer de la finca fabuloso jardín romántico para disfrute y retiro propios y de sus selectas amistades (la primera vivienda que se construye es de hecho la del jardinero fiel, Pierre Ducasse, bayonés que acabaría afincándose en San Sebastián). No se escatiman medios: el jardín estará regado por bellos canales y estanques, y dada la extrema orografía de la finca, será menester instalar una potente bomba de vapor en una estilizada caseta adyacente al futuro palacio que eleve el leve agua a la parte más alta, desde donde se precipitará al profundo valle inferior en forma de bella y sonora cascada. La prensa madrileña se hace eco de tamaño obrón ya en 1867 con estas entusiastas descripciones: "el vasto y espacioso jardín ha recibido todos los adelantos modernos, no solo en la forma, sino en los accesorios. Allí se ven las flores más raras de Europa, los árboles y arbustos menos comunes, todos los prodigios del arte hábilmente combinados con los productos de la naturaleza", según recoge el libro Villas de San Sebastián II de Lola Horcajo y Juan J. Fernández que estoy utilizando como guía en esta singular singladura al pasado. Pero la pieza más sobrecogedora del conjunto será la gruta artificial diseñada por el arquitecto rocailleur Eugène Combaz. Ya había trabajado para entonces en el Bois de Boulogne parisino y poco después de acabar nuestra gruta lo volvería a hacer para el aquarium del Campo de Marte y el del Trocadero que realizó para las exposiciones universales de 1867 y 1878 de París. Su coste según la prensa de la época se elevó a 300.000 pesetas (más del doble de lo que había costado la finca), cifra que probablemente incluiría todo el sistema de alimentación de agua, depósitos, estanques y el diseño general de los jardines. Aún hoy llama la atención esta cueva impostada (tan a tono por cierto con la ciudad: la bahía de la Concha resulta de una belleza tan inverosímil que parece estar hecha por una legión de rocailleurs), donde es difícil no preguntarse cuántos secretos de estado y escandalosas confidencias habrán sido musitados al refugio de la canora cascada, cuántas doncellas en flor habrán deshojado aquí sus margaritas y cuántos enamorados acaso desflorados con desaforado y gozoso ímpetu.

Prosigo que esto se me va de las manos. Los duques de Bailén se deciden al fin a levantar el palacio, cuya construcción retrasaría la Segunda Guerra Carlista, que aunque centrada en Cataluña también alcanzará al País Vasco. En 1875 Ayete es, una vez más, bombardeado, pero al año siguiente la derrota de Carlos es ya completa. El 21 de febrero caen las últimas posiciones rebeldes del área de Donosti tras cinco meses de ataques y el mismo 22 subía Alfonso XII a la finca de sus amigos para contemplar la ciudad. Los duques encargan la construcción de la mansión al belga Adolphe Ombrecht (autor del palacete madrileño en el que vivían, muy cerca de la Puerta de Alcalá y hoy desaparecido, o del Palacio de Linares, la actual Casa de América, justo enfrente de Cibeles). La culmina en 1878 en estilo Segundo Imperio en lo más alto de la finca, con lo que su visión repentina tras ascender por el empinado camino que atraviesa el parque desde su entrada inferior tiene un efecto teatral, como de aparición irreal. El palacio va a tener visitantes ilustres, deviniendo una suerte de pequeño palacio real. Isabel II estaría exiliada, pero bien que visitó la finca donostiarra y se alojó en ella largas temporadas (no olvidemos su estrecha relación con los duques de Bailén). Por las mismas fechas Alfonso XII, que como veíamos había subido a lo alto de Ayete cuando aún no existía el Palacio para celebrar la victoria sobre los carlistas, volverá a la finca en 1883 acompañado por su esposa María Cristina (recordemos de nuevo que el propio duque había pedido su mano en representación del rey). La reina quedó tan prendada del lugar que se rumoreó que lo quería comprar. El rumor se haría realidad en la cercana finca sobre el Pico del Loro, donde la reina, ya viuda, construiría una (ahora sí) real residencia para el verano en 1893 (el Palacio de Miramar).

En 1889 otra personalidad real se pasaría por Ayete. La reina Victoria nada menos, soberana del Reino Unido y emperatriz de la India, a la sazón con 70 años y 52 de reinado. Veraneaba la reina en Biarritz y quiso pasarse por la vecina Donosti, por entonces en plena expansión. El ayuntamiento echó el resto con todo tipo de ornamentos, incluyendo "un millón de violetas venidas de Niza" según cuentan las imaginativas crónicas y la reina regente Maria Cristina de Habsburgo, ya viuda, vino a la ciudad a recibirla. Se preparó un frugal almuerzo en Ayete al que asistieron las dos reinas viudas y los príncipes de Battenberg (Beatriz, la menor de los nueve hijos de Victoria, y su marido Enrique). En un dibujo de la época representando el ágape (recogido en el mencionado libro Villas de San Sebastián II) aparecen ambas reinas, los príncipes, varios sirvientes con librea y, justo a la vera de Victoria (de riguroso luto tras la muerte casi 40 años atrás de su idolatrado esposo el príncipe Alberto), un mayordomo con turbante, que probablemente se trate de Abdul Karim (el Munshi, "maestro" en hindi). Por aquel entonces Victoria, subyugada por la India, tenía a su servicio a este asistente hindú al que tomó gran aprecio y no abandonaba ni a sol ni a sombra, para desmayo de su familia que debía soportar los frecuentes comentarios maliciosos en la prensa sobre dicha relación (los mismos que se habían originado por su también estrecha relación con otro sirviente ya fallecido para entonces, el escocés John Brown, para el que la propia reina escribió una extensa necrológica para el Times, hubo no pocos que apodaron a Victoria Mrs Brown, hay película con Judi Dench como reina). Pero volvamos raudos al almuerzo en Ayete. Correteaban por allí, quizá jugando entre las esculturas de sendos perros molosos (copias de un original griego del s. III a.C.) que guardan la entrada del palacio, los hijos de María Cristina (entre ellos el rey Alfonso XIII de tres tiernos años por aquel entonces) y de la princesa Beatriz (entre ellos Victoria Eugenia, de 2 añitos). Quiso el destino que diecisiete años más tarde ambos se casaran e iniciaran un incierto reinado marcado por atentados (el mismo día de su boda), guerras y exilios (doble en el caso de la desdichada Victoria Eugenia: hubo de huir de España cuando se proclamó la República y de su país natal también fue expulsada debido a sus orígenes alemanes cuando se declaró la Segunda Guerra Mundial). Regresaría a España tan solo en una ocasión (1968) para el bautizo de nuestro actual rey, Felipe VI.

Hasta bancos de Mansilla y Tuñón hay aquí. 
Sigamos un poco más con la historia de nuestro singular palacio. En 1912 sería adquirido por nuevos moradores, también de rancio abolengo como los duques de Bailén: los condes de Casa Valencia, Emilio Alcalá Galiano, embajador, ministro, senador y académico de la Lengua, y su esposa Ana de Osma, hija del embajador del Perú. Los condes residían en Madrid, en un palacio, cómo no, del Paseo de la Castellana que milagrosamente aún se conserva (es el actual Ministerio de Interior). Con ellos se amplió Ayete, al que se añaden dos cuerpos laterales según planos del arquitecto donostiarra Juan José Gurruchaga (en la fachada principal están pintados en blanco). Fueron famosas las fiestas que organizaban (tanto en Madrid como aquí), con asistencia por supuesto de la reina María Cristina. Emilio ya había tenido trato real ya que se marcó con Isabel II, cuando ambos contaban apenas 20 años, un schotisch (que no es otra cosa que el famoso chotis que entonces empezaba a popularizarse, con semejante nombre ¿tendrá origen escocés?) en el Palacio Real madrileño que registró la prensa rosa del momento.

Pero quedaba ya poco para que las díscolas fiestas de los Alcalá Galiano llegaran a abrupto término. El siglo XX será duro con Ayete. Pero casi que lo dejamos para una futura entrada, que te veo ya fatigado.

¿Otra gruta artificial?


domingo, 31 de diciembre de 2017

Equilibristas


"Bajo el placer generado por la yuxtaposición de orden y complejidad, podemos identificar la virtud arquitectónica complementaria del equilibrio. La belleza es el resultado más probable cuando los arquitectos median con habilidad entre una serie de opuestos tales como lo viejo y lo nuevo, lo natural y lo artificial, lo lujoso y lo modesto y lo masculino y lo femenino". (Alain de Botton, La arquitectura de la felicidad).


sábado, 23 de diciembre de 2017

Los ausentes


Ante entradas como esta a uno solo le queda enlazar y hacer mutis por el foro discretamente. Feliz Navidad y eso.


(¿Las fotos? La primera es de un fuerte en Elvas y está cogida de Ruin' Arte, el magnífico blog de Gastão de Brito e Silva; la segunda es una obra de Olafur Eliasson en Múnich de nombre Umschreibung, Paráfrasis).

domingo, 17 de diciembre de 2017

El bueno, el feo y el malo


Pues hoy vamos a hacer honor a nuestro nombre y vamos a traer tres ultimísimos proyectos para tu valoración. El primero es el Palacio de Justicia de París, de Renzo Piano, autor de nuestro Centro Botín o The Shard, quizá el rascacielos más bello del mundo. Piano vuelve de nuevo al lugar del crimen (el Pompidou) y no para un proyecto experimental y semioculto como la Fundación Pathé (lo que le permitió irse de madre que lo flipas), sino para levantar el edificio que aglutinará todos los equipamientos judiciales que hasta el momento estaban desperdigados por la capital del Sena. Sorprende la elección de arquitecto tan díscolo para un edificio tan serio, pero lo cierto es que el italiano ha sabido diseñar un edificio sobrio y de una gran presencia institucional a base de (quién lo iba a decir) la adición de desangelados paralelepípedos miesianos, uno sobre otro, que van decreciendo en tamaño. Otro que sabe unir contrarios como quien no quiere la cosa: se aferra a su conocido axioma de que París es una ciudad a la que hay que aligerar de su exceso de memoria levantando un edificio neutro de resonancias modernas (qué hay más desprovisto de memoria que un paralelepípedo), pero mantiene su carácter juguetón marca de la casa al superponerlos en lugar de colocarlos uno al lado de otro (como Chipperfield en, precisamente, la ciudad de la justicia de Barcelona, que vaya aburrimiento). El edificio lo tiene todo: es serio como corresponde a su función (qué lejos de los tribunales de Burdeos de Rogers, coautor del Pompidou, un edificio sorprendente cuyas despendoladas formas chocan estrepitosamente con su función como representante de la ley y el orden), pero tiene un puntito transgresor -y por tanto contradictorio aquí- que mira, se agradece. Más información y fotos aquí.

En la segunda foto nos topamos, en plena primera línea de playa de Manhattan, con este edificio del estudio local SHoP. Dos torpes torres (aunque para gustos los colores) que parecen estar como queriéndose mucho. El burdo empalme que las conecta (¿quieres verlo más de cerca? no te lo recomiendo, pero tú mismo) aloja diferentes amenities como piscina, gimnasio y hasta un rocódromo. Eso sí, debe ser un puntazo hacer cardio desde semejante altura y con semejantes vistas. Por cierto, echa un vistazo al edificio que acaban de diseñar para Brooklyn, seguro que te suena.

¿Recuerdas cuando comentábamos que Foster estuvo a punto de construir un edificio en la City londinense al que se dio el apodo de El casco de Darth Vader? Parece que MAD, el estudio chino liderado por Ma Yansong, recogió el testigo y fíjate la que ha montado en Pekín. Pero si es hasta negro (que conste que ellos alegan que está inspirado en las típicas acuarelas chinas de paisajes). En todo caso el contraste entre los bloques ortogonales de la ciudad y el Chaoyang Park Plaza, que así se llama el complejo, es total. Ma Yansong es también famoso por diseñar una pecera. Como lo oyes.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Ser y no ser

Maestros del oxímoron frente a frente

Llegó al fin la nieve, acaso la forgetful snow de T.S.Eliot en La tierra baldía de 1922 (el mismo año en el que Mies abraza la modernidad con su gélida torre cristalina de oficinas para la Friedrichstrasse de Berlín, proyecto considerado el equivalente arquitectónico de las Señoritas de Aviñón de Picasso), poema que al punto de iniciarse nos sorprende con una poderosa andanada de oxímoron: "Abril es el más cruel de los meses, pues engendra / lilas en el campo muerto, confunde / memoria y deseo, revive / yertas raíces con lluvia de primavera./ El invierno nos dio calor, / cubriendo la tierra con nieve sin memoria..." según la traducción de 2015 a cargo de Andreu Jaume (forgetful snow es nieve olvidadiza en la de Juan Malpartida de 2001 y Juan Bartres de 1977). Puente pedante tenemos, me dirás. Pues sí, mon semblable, qué le vamos a hacer. Para oxímoron arquitectónicos los de Jacques Herzog, el arquitecto del Caixaforum madrileño, que visitó la Juan March para una conversación sobre su obra junto a Luis Fernández-Galiano hará unas semanas (video aquí).

Señala por ejemplo Herzog en un sorprendente español aprendido en Canarias, donde tiene obra y casa, con ese dulce acento de los suizos cuando hablan nuestro idioma (y que vivamente contrasta con su cara de estibador victoriano, ya tenemos aquí el primer oxímoron), que "nunca le ha interesado lo narrativo" y que lo suyo es el minimalismo, para a continuación tildar sin empacho la actitud de Loos de racismo (antiornamental) por defender la ausencia total de decoración en la arquitectura. Y es que al final Herzog sí cree en un cierto ornato (lo vemos en las pieles tatuadas de no pocos de sus edificios), y no hace mucho elegía como su edificio favorito nada menos que la mezquita de Córdoba, que muy minimalista no parece. Habla también de una defensa de las "tipologías eternas" como las llamaba su maestro Aldo Rossi, con formas inocentes (como en la casa Rudin) pero cuidado,  que también señala que hay en su arquitectura una búsqueda de la modernidad entreverada con esas "formas arcaicas" y la contrapone a Hadid o Gehry, que hacen una arquitectura sin referentes, completamente novedosa. Seguimos nadando y guardando la ropa. Es un fan de las cajas modernas sin memoria (o lo fue), pero en Transparencias engañosas se muestra desencantado ante la casa Farnsworth, el gran manifiesto minimalista de Mies, defendiendo frente a ella un "retorno al triángulo fundamental de gente-naturaleza-arquitectura, en cuyos campos de fuerza debemos movernos para reemplazar el "arte puro" por el flujo impredecible de la vida". Y así todo.

Su interlocutor en esa conversación (más monólogo inducido) en la March fue como decimos Fernández-Galiano, otro experto en oxímoron. Y le ha dedicado no pocos a la obra de H&dM como podemos ver en los artículos recopilados para la última monografía de AV  dedicada a los de Basilea (y van cuatro), publicada este mismo año. Así, describiendo su proyecto para la Ciudad del Flamenco en Jerez (anda que no tiene guasa oximorónica que unos suizos sean los que ganaran semejante concurso; Cruz y Ortiz, los sevillanos de la Peineta/Wanda también participaban...), hoy penosamente congelado sine die, el catedrático, miembro del jurado que la eligió, señala: "Tapia y tapiz, la pared luminosa del recinto jerezano es pétrea y textil, grave y delicada, intemporal y juvenil". Al describir las bodegas Dominus en California, cubiertas por una fachada de rocas insertas en una malla metálica, vuelve a la carga: "Ligero en las geometrías que dibujan en el espacio las cestas de alambre, y grávido en la presencia táctil de las rocas de basalto, (...) es a la vez contemporáneo y arcaico", al igual que en la casa de Tavole, donde los suizos domestican "la sensualidad táctil del aparejo pétreo con la disciplina intelectual de la geometría resistente, en un oximoron visual que produce un placer casi doloroso". Y del Caixaforum madrileño comenta su "gravitas oximorónica", que es "ligera y pesada" (en la línea de la "violencia refinada" del museo Küppersmühle de Duisburg cuya espectacular escalera, que parece como sacada de El Gabinete del Doctor Caligari, también recuerda a la de Madrid) consiguiendo ese desconcertante efecto al despojar a la antigua central eléctrica de su base para crear una plaza-gruta y hacerla así flotar como por arte de magia.

Y es que precisamente la genialidad de H&dM está en esa pasmosa capacidad para aunar contrarios sin aparente contradicción. Ya hablábamos del Sol y Sombra de Marcel Breuer precisamente para referirnos a la Switch House londinense (tan oximorónica también), que hoy procede citar más que nunca: "El verdadero impacto de cualquier obra reside en su capacidad de unificar ideas contrapuestas, es decir, un punto de vista y su contrario. Y digo "unificar" y no "llegar a un compromiso". Esto es lo que los españoles dan a entender con una expresión procedente de las corridas de toros: "sol y sombra". La mitad de los asientos de los cosos taurinos están al sol, y la otra mitad a la sombra. Han hecho de "sol y sombra" casi un proverbio, pero nunca dicen "sol o sombra". Para ellos, toda la vida -con sus contrastes, sus tensiones, su agitación y su belleza- está contenida en ese proverbio: "sol y sombra". Así acaba Breuer su ensayo: "Ni la simplificación excesiva y unilateral ni el compromiso poco afinado ofrecen una solución. La búsqueda de una respuesta clara y firme que satisfaga necesidades y propósitos opuestos es lo que saca a la arquitectura del reino de la abstracción y le da vida, y arte". 

Acabo ya con una última cita del propio Herzog entrevistado estos días en El Mundo
"-Entonces, ¿qué debemos exigir a nuestros arquitectos?
-Lo mismo que a los médicos, a los abogados o a los profesores. Que hagan bien su trabajo. Y, si pueden, que vayan más allá". 


domingo, 3 de diciembre de 2017

Caparazones



"Los edificios son una extensión de nuestra persona, como corazas que nos protegen, como caparazones en los que vivimos y de los que pasamos indefectiblemente a formar parte, hasta el punto de llegar a pensar que pertenecemos a ellos". (Rafael Moneo, La vida de los edificios, libro que acaba de publicar. Aquí tienes una muestra del capítulo que trata de la mezquita de Córdoba. En la foto, la biblioteca de la universidad de Deusto en Bilbao).

domingo, 26 de noviembre de 2017

Freespace


Acabábamos la entrada anterior hablando de vástagos prodigio, vestigios que aunque cada vez más denostados siguen apareciendo aquí y allá (más allá que acá ciertamente, que por aquí ya estamos servidos: en el top-ten de white elephants mundiales que acaba de elaborar The Guardian tres son españoles). Vamos a retomarla hablando por ejemplo de dos edificios (?) que paradójicamente aparecen reseñados por Kosme de Barañano en el último número de Arquitectura Viva dedicado, como decíamos, al Back to Basics: poco básico desde luego nos parece esa especie de enorme cobertizo móvil (The Shed) que Diller Scofidio + Renfro está ultimando en Nueva York, y que gracias a unas ruedas del tamaño de una persona podrá mover sus 4.000 toneladas para, en tan solo cinco minutos, desplegarse y dar cobijo a 2.700 asistentes. Siguiendo con las referencias a la ciencia ficción con las que también acabábamos la última entrada, The Shed nos recuerda a esos terribles arácnidos de Starship Troopers, película de ese provocador profesional que es Paul Verhoeven, autor de varias cintas del género (como Robocop o Desafío Total) que si no harán historia sí al menos molan (para un ratico) gracias a ese punto irónico, testosterónico y macarra que las permea (¿te apetece ver el tráiler?). Pensarás que ya me vale de comparar la arquitectura más actual con la ciencia ficción, pero que conste que esto lo hace también (y obviamente mucho mejor) David Rivera (profesor de la ETSAM que acaba de publicar La otra arquitectura moderna) en el número 4 de su revista Teatro Marittimo (que ya hemos citado aquí antes), en un magnífico artículo que se llama El monumento que cayó del cielo, Arquitectura-espectáculo y colisiones urbanas a principios del siglo XXI, título que casi ya por si solo merece un Pulitzer. El artículo se inicia con una cita de Edmund Burke: "Todo lo que tiende a elevar al hombre en la opinión acerca de sí mismo produce una especie de hinchazón o de triunfo que es extremadamente agradable para la mente humana; y esta hinchazón nunca se percibe tanto, ni opera con más fuerza, como cuando estamos en relación con objetos terribles sin peligro, ya que la mente reclama siempre para sí parte parte de la dignidad e importancia de las cosas que contempla". Pero volvamos ahora al artículo de Barañano, que reseña igualmente otra folie de Heatherwick (The Vessel), también en Nueva York, escalera a ninguna parte o "menhir contemporáneo" más cerca de la escultura que de la arquitectura ¿Será aquí donde Koolhaas amenaza con hacer una exposición en 2018 sobre todo lo que no es ciudad -habla de montarla en una "major -spiral shaped- venue in Manhattan" en un reciente artículo para The Economist en el que preconiza una vuelta al campo (!!)? En esta misma línea de objetos terribles estarían la franquicia del Louvre para Abu-Dhabi a cargo de Nouvel o el monumento  al Holocausto en Ottawa de Libeskind (que abre la entrada de hoy), preñado, como todos sus edificios, de aristas cortantes, quizá sea la razón por la que el arquitecto estadounidense lleva ya, si mal no recuerdo, tres edificios con este dedicados al holocausto judío: la forma sigue a la función (reflejar el dolor).

Frente a tanto prodigio atormentado volvemos a nuestro pier de Hastings, insospechado premio Stirling. Los arquitectos (dRMM) se guardan su vanidad (la hinchazón que dice Burke) y hacen un somero muelle sin el más mínimo aspaviento dejando un espacio abierto al servicio de la comunidad, en línea con el tema de la próxima bienal de arquitectura de Venecia del año próximo,  Freespacedirigida por Grafton Architects. Así lo explican las arquitectas irlandesas: "Freespace se centra en la capacidad de la arquitectura para proporcionar regalos espaciales gratuitos y adicionales para aquellos que los usan. (...) Freespace puede ser un espacio de oportunidad, un espacio democrático, no programado y libre para usos aún no concebidos. (...) Freespace abarca la libertad de imaginar el espacio libre del tiempo y la memoria, uniendo el pasado, el presente y el futuro juntos, construyendo sobre capas culturales heredadas, tejiendo lo arcaico con lo contemporáneo". Amén. 




domingo, 19 de noviembre de 2017

El fill pròdig





Pues sí, hoy tengo el día victoriano. Nos vamos a 1872 y a Hastings, sureste de Inglaterra. ¿Cómo? ¿Que qué tiene de último esto? Ya tenemos a la mosca disruptiva de rigor. Pues mira, ahora me voy 800 años más atrás y te digo que en esta localidad costera, en el 1066 nada menos, se libró la batalla clave que permitió a Guillermo el Conquistador arrebatar las islas a los sajones (la conocida como Conquista Normanda). Eso por hablar. En fin, me vuelvo a 1872 con la venia. Hastings era para entonces un enclave turístico gracias a las tímidas mejoras laborales que acababan de introducir por ejemplo los Bank Mondays (cuatro días de fiesta al año), que empujaron a no pocos londinenses a chapotear en su playa, con ayuda del tren que en la década de 1840 la conectó con la red ferroviaria británica (por aquí pasó algo parecido poco después cuando se unió por vía férrea Madrid y Aranjuez, aunque hay que reconocer que los pioneros en este tema son los británicos: la primera locomotora de vapor se inventó allí nada menos que en 1812 y se llamó Salamanca, como lo oyes, y es que el duque de Wellington libró en la ciudad universitaria una victoriosa contienda -la batalla de Arapiles- en el marco de la Guerra de la Independencia). Volviendo a Hastings decir que la localidad decidió entonces invertir en un poderoso pier (muelle), que, a diferencia del resto de los que festoneaban las costas aledañas dispusiera de un edificio icónico. Lo diseñó Eugenius Birch, un ingeniero que se inspiró en la arquitectura india que tanto le impactara mientras trabajaba, precisamente, en la creación de las líneas férreas del país asiático. No se andaron por las ramas: su presencia como puedes ver en las añejas fotos impresiona y su aforo alcanzaba las 2.000 personas. 

Hagamos ahora un periplo espacio-temporal, porque me sale, y veamos cómo era un día cualquiera en la vida del recién inaugurado pier. Vaya, el día que nos ha tocado está revuelto y hace un viento racheado. Unas pocas familias se aventuran por el muelle. Empieza a caer una pertinaz lluvia, y una banda de niños corretean perseguidos por unas alarmadas madres que enarbolan frágiles paraguas que de poco sirven frente a las impetuosas ráfagas de viento. Un señor con bombín se intenta guarecer con una copia de All the Year Round, la revista literaria de Dickens donde se publicaron por entregas no pocas novelas (algunas de las suyas sin ir más lejos), mas el periódico, impetuoso, se le escapa de las manos y va a parar al inclemente mar. Al poco ya no queda nadie. Bueno no, aguarda, hay una figura espectral que parece extrañamente parada en mitad del malecón. Acerquémonos. Es un hombre alto y fornido que lleva una gorra de marino holandés calada hasta las orejas. Frisa acaso la cincuentena. Bajo su hirsuto bigote (hirsuto es una palabra fea de narices, lo sé, suena como a insulto japonés, pero me parece muy decimonónica) surge una prominente cachimba ya apagada por la lluvia pero aún humeante. Su tez, bruñida por el sol y el viento, le delata como marino, quizá por los Mares del Sur. Algunas de las gotas que resbalan por su cara acaso no sean de lluvia. Todos los días viene al pier y mira como allende el mar, por donde hará un año su hijo marchó para probar fortuna. Narcisista, soberbio, egocéntrico, mimado sin remedio, al rey del mambo de Hastings el pueblo se le quedaba pequeño. El padre, hombre de pocas luces, intentó sin éxito retenerlo, hasta llegar a las manos una tarde aciaga en una taberna portuaria. Al marino ahora le llegan noticias de que su hijo las está pasando canutas de estibador en Amberes, que apenas tiene donde caerse muerto, que su vida es un desastre, que quiere volver pero su orgullo se lo impide. ¿Habrá aprendido la lección? Llora al cabo el padre por no haber sabido retenerle, por el caos que ha devenido su vida y por el incierto futuro si regresa. ¿Sabrá a su vuelta dar la justa dosis de cal y arena o lo perderá para siempre?

Hoy ya el pabellón de Birch solo se puede ver en foto. Un incendio en 1917 se lo llevó para siempre, y en su lugar se levantó un edificio mucho más sencillo (estamos en plena Primera Guerra Mundial) que fue desde el primer momento objeto de crítica por los vecinos, que lo llamaban despectivamente "el granero". En 1930 se le puso una bella fachada art decó. Poco a poco el muelle se fue llenando de construcciones mientras devenía una suerte de abigarrada feria permanente. Sufrió tormentas y huracanes que lo dejaron tocado, y allí tocarían ya en los 60 artistas hoy globales como los Rolling Stones, Jimi Hendrix, Tom Jones, The Who o Pink Floyd. En 2010 finalmente sucumbió a un incendio. 


El estudio de arquitectura londinenese dRMM fue elegido para la tarea de devolver a la vida al chamuscado muelle. Y el resultado, anodino de entrada, le ha ganado el premio Stirling de este año (competía con rivales de perfil bajo, inexplicablemente por ejemplo no estaba la Switch House de Herzog y de Meuron, quizá por no dar protagonismo a los grandes, aunque sí estaba en la lista final de candidatos una intervención de Rogers en el British Museum que de todas formas ha pasado bastante desapercibida). Según el jurado, la victoria se la merece por haber sabido ir más allá de la labor de un arquitecto buscando financiación para el proyecto (consiguieron mediante crowfunding la cantidad de casi 600.000 libras) e involucrando en él a la comunidad en un largo y complejo proceso que ha durado siete años. Oliver Wainwright destaca también el acierto de poner el inevitable pabellón no al final del muelle, como había hecho Birch, sino al principio, dejando un impresionante plataforma vacía al final (que contrasta con el atestado batiburrillo de construcciones del antiguo pier), dispuesta a recibir las instalaciones y eventos temporales que sin duda la llenarán pronto. El crítico de The Guardian señala también el parecido del pequeño pero elegante pabellón de dRMM con nada menos que la Casa Malaparte (aquí hablábamos de ella). 





Necesitamos el pasado como soporte nutricio del presente (nutricio también es una palabra de fonética chunga, por cierto), que dice Fernández-Galiano en el último Arquitectura Viva, precisamente dedicado al regreso arquitectónico a lo básico (Back to Basics: Building Before Bling es su aliterativo subtítulo), y que protagoniza una "Joven Cataluña" de la que se traen varios ejemplos que, como el muelle de dRMM, restauran con tino preexistencias (destaco el Centro Cívico 1015 de H Arquitectes). La arquitectura transita del destello a la desnudez, sigue diciéndonos nuestro Zeitgeist whisperer. No para todos. Aún sigue habiendo destellos galácticos (algunos casi abochornantes), como este presunto guiño a Star Wars en la Biblioteca Nacional de Qatar a cargo de Koolhaas (¿no te recuerda a una nave imperial?), no sería la primera vez...


sábado, 4 de noviembre de 2017

Xocs



Volvemos a la City, enclave londinense al que ya hemos dedicado unas cuantas entradas. Verdadero xoc de trens arquitectónico (como puedes observar en la foto), unos cuantos grandes de la arquitectura han dejado aquí su huella (o al menos lo han intentado). El mismísimo Mies proyectó para esta zona una torre que finalmente no cuajó, en su lugar Stirling acabaría levantando un estridente edificio (lee la historia completa aquí). También muy cerca Koolhaas hizo para Rotschild una sobria y elegante torre inmaculadamente rectilínea, quién sabe si queriendo recordar en plan fantasma del padre hamletiano el proyecto del arquitecto alemán, que el holandés tiene mucha retranca. Foster acaba de inaugurar aquí la sede europea de Bloomberg, con la que nos meteremos en el segundo párrafo, aunque el de Mánchester ya tenía justo al lado un galáctico edificio de oficinas en forma de armadillo, el Walbrook. Hay también obras clásicas, como el Banco de Inglaterra de Soane, un banco de Lutyens reconvertido en hotel con un restaurante diseño de Terence Conran nada menos o la pequeña iglesia de San Esteban Walbrook, encapsulada hoy entre grandes construcciones modernas (en esta foto la puedes ver entre la torre de Koolhaas y The Walbrook de Foster), construida poco después del famoso incendio de 1666 por Christopher Wren. Como ves, el nombre Walbrook se repite mucho por aquí, se trata de un río que cruzaba esta zona (hoy ya cubierto), y que resultó crucial en la fundación del Londinium romano allá por el 40 d.C. O sea, que 2.000 años nos contemplan.

Pues como digo el último en construir en tan sensible ubicación ha sido nuestro Norman Foster, que ha levantado para el antiguo alcalde de Nueva York (Bloomberg estuvo presente por cierto en el foro que Foster organizó en el Teatro Real de Madrid hace unos meses coincidiendo con la inauguración de su fundación), una sede que en la foto de arriba aparece detrás del edificio triangular que está justo en el centro de la imagen. Nosotros también hablábamos de esta sede hace ya algunos años, y citábamos al propio arquitecto, que definía su proyecto como una construcción nada tímida. Lo que son las cosas, cuatro años después justamente se la pone a caldo por serlo en exceso: ahí tenemos la cañera crítica de Oliver Wainwright, que sin cortarse un pelo asemeja el edificio (en el mismo titular) a un cortinglés de provincias que encima ha costado la friolera de 1.000 millones de libras. Para mí que los sufridos londinenses están ya tan acostumbrados al desaforado skyline de la ciudad que la sobriedad se les antoja un peñazo. Por cierto que el mismo Foster junto a Nouvel estuvo a punto de construir en este mismo solar hará unos años un edificio mucho más a tono con sus pavorosos vecinos para el que la española Metrovacesa había comprometido 600 millones de libras. Al final la crisis se lo llevó por delante (no hay mal que por bien no venga), aunque ya se le había asignado mote: el casco de Darth Vader, sí, tal y como lo oyes. No veas el cachondeíllo de la prensa británica cuando el proyecto se vino abajo: que si la fuerza no les acompañó, que si Foster y Nouvel sintieron la fuerza de la recesión, y tal. Frente a semejante despropósito el nuevo edificio de Bloomberg mantiene un perfil bajo, que para aspavientos y xocs ya tenemos a Viñoly (la foto de arriba, de Foster+Partners, no es nada inocente), y busca transmitir confianza y estabilidad siendo casi su única "nota de color" unas pantallas móviles de bronce en la fachada para regular la entrada de luz (Foster las llama branquias -gills-) y la instalación de Cristina Iglesias Arroyos olvidados, muy apropiada para el lugar aunque habría que señalar que la artista donostiarra ya lleva años trabajando en este tema y para el Centro Botín ha hecho algo parecido (Wainwright, demoledor de nuevo, señala que quizá la instalación, que le recuerda a una "fétida ciénaga", sea una metáfora de los oscuros manejos de las empresas de servicios financieros...). Rowan Moore, crítico de The Observer mucho más benévolo con la sede, resalta sus impresionantes logros en términos de sostenibilidad, el edificio gastaría un 70% menos de agua (los inodoros funcionan con un sistema de vacío) y un 40% menos de electricidad que la media, Wainwright también lo señala pero lo contrapone a la enorme energía embebida, que diría Fernández-Galianoque suponen los exóticos materiales que se han utilizado en su construcción: 600 toneladas de bronce traídas de Japón y grandes cantidades de granito indio. Moore destaca también su osado diseño interior con una espectacular escalera helicoidal que asemeja a las esculturas de Serra (quizá para compensar el discreto exterior, un patrón típico de los edificios de la City), junto con una voluntad de diseñar un entorno amigable para los más de 4.000 empleados de la empresa de información digital, destacando por ejemplo el espacio llamado La Despensa (donde obviamente se sitúa el comedor para los empleados), junto al que se ubican colmenas de verdad, un gran acuario y un invernadero combinando sin prejuicios tradición y modernidad, lo digital y lo analógico o lo virtual y lo háptico, que diría Pallasmaa. Por cierto que como no hay dos sin tres, otro de los grandes de la crítica arquitectónica inglesa, Jonathan Glancey, que escribió en The Guardian de 1997 a 2012 y es autor, junto con otros libros, de una recomendable Historia de la Arquitectura (aunque en mi opinión muy sesgada hacia mundo anglosajón), también ha dado su versión de la sede de Bloomberg en el último AV Monografías (200) dedicado a Foster y en el que participan otros señeros críticos de la altura de Goldberger, Jencks, Negroponte, Sudjic o Zugaza, antiguo director del Prado que reseña, claro está, el proyecto de la rehabilitación del Salón de Reinos. Glancey habla del edificio como un "vecino respetuoso" que resulta "incluso discreto" en su exterior, y que muestra "que la nueva arquitectura de la City (y de Londres en su conjunto) puede ser a la vez antigua y moderna sin caer en la trampa del historicismo" destacando su carácter cívico también por haber realizado el enorme esfuerzo (reconocido sin ambages por Wainwright y Moore) de alojar en sus entrañas el templo romano de Mitra del s. III, descubierto en 1954 y que se había movido de su emplazamiento original poco después para construir un edificio. Ahora se ha realojado, junto con 14.000 piezas (entre ellas unas tablillas con los primeros documentos escritos a mano encontrados en Gran Bretaña), en un museo situado en el sótano del Bloomberg, justo en el lugar donde fue hallado.

Acabamos ya esta densa entrada, tan abigarrada como la propia City. Buena semana.






domingo, 29 de octubre de 2017

Artquitectos

La Fundación Norman Foster en Madrid

"-¿Es usted un socialista?
-Soy un humanista.(...) La clave de mi trabajo es la creencia de que la arquitectura es importante; la calidad de lo que nos rodea, de cómo está diseñado, desde una estación al pomo de una puerta, influye en nuestra vida". (Norman Foster, entrevistado en EPS, Norman Foster, el zurdo tenaz).

-"¿Quiere ser el mejor arquitecto? 
-Quiero ser yo. Creo que la arquitectura necesita entender la creatividad de otra manera, no solo formalmente. Steve Jobs dijo que de cada 20 ingenieros uno es un artista y el resto son ingenieros. Creo que eso se puede aplicar a la arquitectura, al balonmano y a la enseñanza. Un maestro que es un artista puede cambiar a la gente.
-¿Se ve como un artista?
-Me veo como alguien capaz de cambiar las cosas. Alguien dispuesto a ese esfuerzo. La arquitectura puede ser un arte, pero el arte actual debe ser transformador".(Bjarke Ingels, entrevistado en EPS. Bjarke Ingels, "El buen salvaje tiene siempre otro punto de vista".)

El Via 57 West de Ingels en Manhattan

domingo, 22 de octubre de 2017

William Morris en la March

News from Nowhere: Blade Runner versión 1892

"Si me preguntasen cuál es la producción más importante del arte contestaría que una casa hermosa; y si me pidieran la segunda en importancia, diría que un libro hermoso". (William Morris, visto en la exposición William Morris y compañía: el movimiento Arts and Crafts en Gran BretañaNo te pierdas la reseña de la exposición por Antonio Muñoz Molina).









domingo, 15 de octubre de 2017

Pazzo


¿Qué es esto? Pues es una instalación del estudio Pezo von Ellrichshausen (a partir de ahora sólo Pezo al objeto de hacer el texto menos espeso) para la ciudad británica de Hull de nombre A Hall for Hull (jueguecito de palabras tenemos, tomo nota).  ¿Qué representa esta especie de espacio? Analicémoslo sin prisa, paso a paso. Tenemos 16 enormes columnas de acero galvanizado, que quieren conformar según los arquitectos chilenos una sala hipóstila. Como te habrás percatado falta el techo, estamos por tanto ante una casa en suspensión, y digo yo, para este viaje no necesitábamos capacho. ¿Se han vuelto los Pezo pazzo? Creemos raudos un relato, porque vivimos en una época en la que más que nunca lo que cuenta es vender la moto, que no tenga motor, manillar ni ruedas es lo de menos, no me seas rancio. Los chilenos quieren amagar y no dar para que sea el imaginario colectivo el que acabe la construcción. Además ahora que la lluvia es ya fenómeno paranormal podemos pasar del techo, elemento asaz reaccionario. Amamos la libertad, el viento abriendo nuestros poros, el sol chamuscando nuestra piel. Hay una poética de la intemperie. Es libertaria y primitiva. Observa ahora las columnas de 6 metros de altura. Son huecas y hueras, que Pezo nos quiere liberar del peso, tan retrógrado. Fíjate que tiene cada una una puerta de acceso. Te metes dentro y podría parecer que estás en una jaula, mas nada más lejos de la realidad ficticia que es santo y seña de nuestro tiempo. Estás en un recinto que te hace ver de otra manera. Como muy bien dice Merleau-Ponty no vemos la obra de arte, sino el mundo a través de la obra de arte. Al entrar en la no-columna (pues nada sostiene) penetras en otra dimensión que te permite escapar de una realidad impuesta por un enemigo necesario para que el relato tenga punch. Empapados en su poso, podríamos vivir dentro de esa no-columna de manera indefinida. Para comer ya pasará un alma caritativa que nos traiga una porción de pizza, y digo pizza porque se administraría con facilidad a través de la celosía metálica, pero también y mayormente por seguir con la coña marinero-aliterativa.

Bueno, pues ya nos hemos divertido bastante por hoy. Buena semana, y que nuestro gozo no acabe en pozo.

domingo, 8 de octubre de 2017

Al faro


Hoy me apetece poco escribir. A vueltas con lo del DIU (¿o es DUI?) ando con los esfínteres tensos. Pero en fin, hagamos un esfuerzo. Empezaré yéndome lejos y a ver si me animo. En St Ives (Cornualles), tierra extrema de filibusteros y bellos rincones costeros, acaban de concluir, tras 12 años y 20 millones de libras de inversión, una polémica franquicia de la Tate. La vista desde el mar me resulta criminal (juzga tu mismo, es el edifico gris con columnas), pero la verdad es que no puedo opinar viendo solo un par de fotos. Que conste que Oliver Wainwright viene a decir casi lo mismo del proyecto de un tal Jamie Fobert (antiguo colaborador de Chipperfield), al que se une una residencia de ancianos levantada justo al lado y financiada con ayuda de la galería de arte, que "colisiona con el museo como si fuera un bloque de la Costa del Sol". Rowan Moore, más positivo, comenta del edificio que es "casi bonito" por fuera. Ambos alaban su interior, con una impresionante sala de 500 metros cuadrados sin una sola columna. La verdad es que traigo el modesto proyecto un poco por tirarme el rollo safari sentimental porque conozco St Ives. Es una preciosa localidad costera en la que han encontrado refugio una extensa comunidad de artistas (algo que es evidente al pasear por sus pintorescas calles) y tiene unas recoletas playas en las que casi te puedes bañar como si estuvieras en el Mediterráneo (es la zona más soleada de Inglaterra), o por lo menos así la recuerdo. Pero lo más curioso es que aquí se encuentra el faro (de nombre Godrevy) que inspiró a Virgina Woolf para escribir To the Lighthouse, aunque ella lo sitúa en la otra punta de la Gran Bretaña, en Escocia. Woolf lo visitó en 1892, y así aparece en el libro de firmas de rigor. Algo antes de mi viaje por el West Country había leído la novela, que me costó un año terminar. Plomiza por momentos (prácticamente no pasa nada, es una serie de descripciones detalladas de pensamientos de la protagonista, stream of consciousness lo llaman), a punto estuve de colgar la lectura varias veces, pero finalmente conseguí acabarla y la verdad es que al final me gustó, no sé si porque le cogí el punto o por un Síndrome de Estocolmo de narices. Marchando mi cita favorita del libro: "What is the meaning of life? That was all, a simple question; one that tended to close in on one with years, the great revelation had never come. The great revelation perhaps never did come. Instead, there were little daily miracles, illuminations, matches struck unexpectedly in the dark". 

Hablando de patrias  y del sentido de la vida ayer se estrenaba Blade Runner 2049. Blade Runner fue mi patria durante unos cuantos años, su banda sonora aún lo es. Por eso no acabo de decidirme a verla. Quizá (la música seguro) me vaya a decepcionar y me acabe desgraciando el mito. Y siguiendo con las patrias a vueltas solo decir que da pánico contemplar estos días tanto odio visceral. El ser humano siempre necesitando de un contrario para reafirmar su identidad, ante el que sentirse superior, del que mofarse, al que aniquilar. Cuando nos sale la tribu apaga y vámonos.

Y el último texto que nos ha tocado a fondo esta semana ha sido el de Fernández-Galiano en el último AV (La enfermedad geométrica), dedicado a los chilenos Pezo von Ellrichschausen, arquitectos minimalistas, rectilíneos y miesianos (no en vano han dado clase en el ITT y vivido en los apartamentos Lake Shore Drive de Chicago). En un texto en el que se aúnan a cascoporro contrarios de todo tipo, se nos ofrece alguna de esas cerillas encendidas inesperadamente en la oscuridad que decía Woolf: "Ensimismados en nuestros juegos serios, perseguimos crear especies de espacios cuya exactitud abstracta los protege de los vendavales del mundo, y en ocasiones el mundo irrumpe en ellos con la violencia vigorosa de la vida. Este empeño testarudo en la exacerbación sintáctica y sistémica es una enfermedad lírica y literaria, pero no por ello menos virulenta. Multiplicamos las reglas arbitrarias para hallar la libertad que proviene del rigor y la disciplina, y ese paisaje exigente suministra a la vez ritmo musical y sedación analgésica". Con esa aparente facilidad que tiene don Luis para acercar opuestos, le mandaba yo de mediador al laberinto catalán. Más faros, por favor.

domingo, 1 de octubre de 2017

La eternidad del presente



"Sumirse contemplativamente en lo bello, cuando el querer se retira y el sí mismo se retrae, engendra un estado en el que, por así decirlo, el tiempo se queda quieto. La ausencia de querer y de interés detiene el tiempo, incluso lo aplaca. Esta quietud es lo que distingue a la visión estética de la percepción meramente sensible. En presencia de lo bello, el ver ha llegado a su destino. Ya no es empujado ni arrastrado hacia adelante. Esta llegada es esencial para lo bello. La "eternidad del presente" que se alcanza en un demorarse en el que el transcurso temporal queda superado, se refiere a lo distinto: la "eternidad del presente" es la presencia de lo otro (...). Siendo lo enteramente distinto, lo bello cancela el poder del tiempo.  (...)

Lo bello no es un brillo momentáneo, sino seguir alumbrando en silencio. Su preferencia consiste en ese reservarse. Los estímulos y los logros inmediatos obturan el acceso a lo bello. (...) Largo y despacioso es el paso de lo bello. A la belleza no se la encuentra en un contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento" (Byung Chul-Han, La salvación de lo bello).

No te pierdas el video Reflejos de Fernando Ayuso.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Más Mies



A ver, querido lecteur, ¿tú qué harías si te tocara la lotería de Navidad? Esa pregunta, que tantas veces te habrás planteado, yo ya la tengo resuelta. Contactaría con una tal Lydia Xynogala de la universidad de Columbia y le diría que me hiciera una casa igual (quizá, ya puestos, algo más grande) a la que acaba de hacer en la isla griega de Sciathos (allí mismo me valdría). Puro Mies, pero con cemento. De ilusiones también se vive, qué pasa.

Hablando de Mies terminé a finales de agosto la biografía crítica de Schulze y Windhorst que he venido comentando en entradas anteriores. Te cuento cosillas de su etapa americana.

Hace poco hablábamos de Johnson, (el que para mi asombro había sido miembro del jurado que eligió el proyecto de Rogers y Piano para el Pompidou), introductor de Mies en América y gran admirador suyo hasta que se les rompió el amor. Pasó una noche de invierno a finales de 1954, durante una cena en New Canaan, la casa de cristal que Johnson había diseñado a imagen y semejanza de la Farnsworth de Mies. El arquitecto americano había invitado también a Phyllis Lambert, hija del director ejecutivo de la compañía Seagram, quien acababa de seleccionar a Mies (de entre un impresionante lista de arquitectos en la que se encontraban Le Corbusier, Rudolph, Saarinen, Breuer, Pei, Gropius o Wright nada menos) para levantar la famosa torre homónima de Nueva York. Como Mies andaba ya algo fastidiado con la artritis, se asoció con Johnson. Pues bien, estamos como te digo en plena velada regada generosamente con licores varios, que estamos en los 50. Mies, generalmente poco hablador, empieza a meterse con la casa (el alcohol es lo que tiene), que encuentra burda en los detalles. Johnson traga, pero más adelante suelta una observación que encabrita al alemán. Le dice que no entiende qué ve en Berlage. Mies mucho antes ya había comentado que "se hizo moderno" por influencia del arquitecto holandés, al que estudió con esmero: "Berlage era un hombre de gran seriedad que no aceptaba nada que fuese falso, y fue él quien dijo que no se debería edificar nada que no estuviese claramente construido. Y Berlage hizo exactamente eso. Y lo hizo en tal medida que su famoso edificio de Ámsterdam, la Bolsa, tiene cierto carácter medieval sin ser medieval". Cuando yo no tenía ni idea de que existía un arquitecto llamado Berlage reconozco que el edificio me llamó la atención la primera vez que lo vi, por esa misma contradicción que menciona Mies: parece antiguo pero te acercas y resulta que es moderno, pero de una modernidad extraña, como rancia, pero atractiva. Total, a lo que iba, que la velada acabó como el rosario de la aurora y el alemán se largó, a pesar que se supone que los invitados iban a pasar la noche allí. Nunca más volvió a New Canaan. Johnson poco después diría de él que era un quejica y un gruñón. Algo más de una década más tarde, cuando Venturi publicó su Complexity and contradiction in architecture en el que echaba pestes de la modernidad (ya sabes, lo de "prefiero lo elementos híbridos a los puros; los comprometidos a los limpios (...), los irregulares y equívocos a los limpios y claros"), dando la puntilla al Menos es más con el famoso Menos es un aburrimiento, Johnson se subiría al carro postmoderno con otra delicada perla: "No se puede no saber historia". Por supuesto, pero no para chotearse miserablemente de ella sino para replicarla con respeto, como el propio Berlage o Moneo sin ir más lejos.

Otra cosa que me ha llamado la atención tiene que ver con el complejo urbanístico que Mies desarrolló junto a Ludwig Hilbermeiser en Detroit, el Lafayette Park. Un experimento de ingeniería social muy influido por Corbusier en el que se diseñan enormes torres residenciales (junto a casas en hilera) desperdigadas al estilo Brasilia, un modelo que hoy está superado (y tras el fracaso de las torres brutalistas británicas incluso denigrado). Lo que no sabía es que el diseño de este complejo estuviera también condicionado nada menos que por los bombardeos atómicos de la II Guerra Mundial, que dejaron conmocionado a Hilbermeiser. En un artículo llamado Ciudades y defensa, Hilbs, como era conocido por sus alumnos del IIT (era colega por tanto de Mies), señalaba: "Con la llegada del avión y en relación con el desarrollo de las armas atómicas, la ciudad concentrada se torna obsoleta. Hoy en día la seguridad, en su momento lograda detrás de los muros, sólo puede encontrarse en la dispersión de las ciudades y la industria". Un debate muy parecido al que tenemos ahora con las amenazas terroristas (bolardos o no). Estos días lo están discutiendo arquitectos de renombre en el Hay de Segovia (el mismo Rogers entre ellos).

El extenso capítulo dedicado al culebrón Farnsworth (tras el descubrimiento de las actas del sonado juicio) tampoco tiene desperdicio. Schulze no nos aclara (lástima) si hubo acceso carnal entre el arquitecto y la doctora. Sí nos da pelos y señales sobre el juicio, que tras cinco años acabó en victoria pírrica para el alemán, que se conformó con 2.500 dólares de indemnización tras un juicio que costó diez veces más. Mies al final ya sólo quería que Farnsworth le dejara en paz, tras una campaña muy agresiva a nivel de prensa que hizo mella en la fama (enorme por entonces) del alemán al tocar la fibra sensible del anticomunismo de posguerra. Hasta el mismísimo Wright (que admiraba a Mies) se hizo eco de dicha corriente de opinión en esta demoledora crítica: "Estos arquitectos de la Bauhaus huyeron del totalitarismo político en Alemania para sembrar, con sus cuidadosas iniciativas, su propio totalitarismo en el arte aquí en los Estados Unidos. (...) ¿Por qué desconfío y me enfrento tanto a ese "internacionalismo" como el comunismo? Porque ambos deben hacer, por su propia naturaleza, esta misma nivelación en nombre de la civilización".  El debate de la Farnsworth es también otro ¿Debe una casa ser un manifiesto arquitectónico insufrible que convierta a sus moradores en héroes? ¿O un simple refugio placentero que se ponga al servicio de sus inquilinos? Sea como fuere Edith Farnsworth, tras poner a Mies y la casa a caldo, bien que defendió sus valores artísticos para tratar de evitar la construcción de una autopista cerca de la propiedad. Finalmente la vendería (a Lord Palumbo) por 120.000 dólares, casi el doble de lo que le había costado, para marcharse en los 70 a Italia, donde se dedicaría a la poesía. En 2006 Palumbo la vendería en subasta por 6,7 millones (la puja se había iniciado en 3,5 millones).

Pero con lo que me he partido el eje literalmente es con el dato de que la Nueva Galería Nacional de Berlín fuera un diseño original para las oficinas de Ron Bacardí en Santiago de Cuba (el proyecto fue cancelado a causa de la Revolución de Fidel y Mies, temprano ecologista, lo reutilizó).

Me da que ya te he castigado bastante por hoy. Buena semana.

Mies en los baños del Náutico donostiarra!

domingo, 17 de septiembre de 2017

El infierno de lo igual



"Edmund Burke libera lo bello de toda negatividad. Lo bello tiene que deparar "un disfrute completamente positivo". Por el contrario, de lo sublime es propia una negatividad. Lo bello es menudo y delicado, leve y tierno. Se caracteriza por la tersura y la lisura. Lo sublime es grande, macizo, tenebroso, agreste y rudo. Causa dolor y horror. Pero es sano en la medida en que conmueve enérgicamente al ánimo, mientras que lo bello lo aletarga. En vista de lo sublime, Burke hace que la negatividad del dolor y del horror vuelva a trocarse en positividad, resultando purificadora y vivificante (...).

La actual sociedad positiva elimina cada vez más la negatividad de la herida. (...) También la percepción evita cada vez más la negatividad. Lo que domina la percepción es el "me gusta". Pero ver, en un sentido enfático, siempre es ver de forma distinta, es decir, experimentar. No se puede ver de manera distinta sin exponerse a una vulneración. Ver presupone la vulnerabilidad. De lo contrario, solo se repite lo mismo. Sensibilidad es vulnerabilidad. La herida -así podría decirse también- es el momento de verdad que encierra el ser. Sin herida no hay verdad, es más, ni siquiera verdadera percepción. En el infierno de lo igual no hay verdad". (Byung-Chul Han, La salvación de lo bello).


sábado, 9 de septiembre de 2017

Los Beatles de la arquitectura

Bad boys a punto de liarla parda

Hoy te planteamos otro reto, pero este está tirado, que septiembre siempre es un mes muy chungo (mayormente este, preñado de marejadas ciclónicas, huracanes y terremotos de toda índole), y no está el horno para repostería. A ver, ¿quiénes son los jóvenes arquitectos de arriba y dónde se hallan encaramados? Vaya por delante que la foto es de 1974. El primero, que por aquel entonces tenía un aire a uno de los hermanos Calatrava (si tienes cierta edad sabrás que no me refiero precisamente al arquitecto valenciano) es hoy casi clavado a Antonio López, nuestro famoso pintor y escultor. A sus 84 le sigue gustando vestir con colores exacerbados. El segundo, el de la barba que hoy provocaría no poca alarma social, es "un arquitecto gótico y romántico, náutico y artesano, aquejado de unas insólitas preferencias cromáticas y de un populismo contracultural extrañamente superviviente (...) un arquitecto de catedrales aéreas, aves de metal y máquinas vivas", tal y como lo describía, allá por 1994, el one de la crítica arquitectónica en español. Lo de las "insólitas preferencias cromáticas" (como el otro), lo observamos ya en ese paraguas multicolor a juego con la bufanda del primero que, en pose Mary Poppins, enarbola en la foto. Paraguas multicolor y premonitorio. Y es que cuando acaben el edificio una tierna anciana en shock propinará un buen paraguazo al de la bufanda cuando se entere que es autor de semejante inmueble, descrito por el mismo arquitecto en una reciente entrevista como "un cruce entre el British Museum y Times Square" (más lo segundo que lo primero ciertamente).  En siete años sólo recibirá dos críticas positivas en prensa. De todas formas teniendo en cuenta lo bucaneros que ambos arquitectos eran, me da que disfrutarían lo suyo con el follón. Y es que, como el barbado decía recientemente en una entrevista, por aquel entonces ellos eran como los Beatles e iban de bad boys de pacotilla. Por cierto que esta máquina alegre (como la describe el one) que les haría famosos para siempre fue seleccionada por un jurado estrella compuesto nada menos que por Jean Prouvé, Oscar Niemeyer y, ojo al dato, Philip Johnson, sí, el mismo Johnson que comisarió la exposición sobre arquitectura moderna en el MoMa de 1932 como comentábamos en la entrada anterior y que sería principal valedor de Mies en América. Pues aquí le vemos, al muy judas, asestando el clavo final sobre el ataúd del alemán, su cadáver aún caliente por aquel entonces, dando la puntilla al movimiento moderno que él mismo había ayudado a encumbrar. El camaleónico Johnson, el David Bowie de la arquitectura (autor, por cierto, de las madrileñas Torres Kio), siempre arrimado al sol que más calienta.

Eso de nadar y guardar la ropa no iba con esta pareja, especialmente el primero, que se pasaría una noche en un calabozo en San Sebastián por bañarse en pelota picada en la Concha durante un viaje adolescente. Cualquiera que conozca el lugar entenderá al joven al recordar la primera vez que vio ese escenario irreal, operístico y gótico en el que el mar penetra impune la ciudad y subyuga al incauto viandante con telúrica furia. Nuestro protagonista, como el Stephen Dedalus de Retrato del artista adolescente, que quizá había leído (Joyce enseñó inglés a su madre) a lo mejor sufrió una epifanía ante la visión, sintiendo la urgencia de una fusión háptica con el mar sin intermediarios textiles. Pero claro, explícale eso a un guardia civil de 1950.

El segundo de abordo (el del paraguas) está ahora mismo en el candelabro en nuestro país por una obra cántabra que es descrita, de nuevo por el one, de esta certera, enjundiosa y hasta un punto tórrida guisa (no se puede pedir más a una crítica): "Lejos de percibirse como un obstáculo, el nuevo edificio se deja penetrar bajo su vientre cerámico, permite subir a sus espaldas de vidrio y autoriza a colocarse sobre él, disfrutando de las vistas y las brisas en sus cubiertas naúticas". Atención que va la última pista. En recientes entrevistas para diferentes medios ambos curiosamente describen su relación como de hermanos. Cuando el barbado visita Londres, siempre se aloja en la casa del primero. Y sin embargo tras finalizar el edificio parisino que nos ocupa ya no volverían a trabajar juntos. ¿Lo tienes?

Pues claro que es el Pompidou, y ellos son, por orden de aparición en la foto, Richard Rogers y Renzo Piano. El one, quién si no, es Luis Fernández-Galiano, que entrevista in person a Piano en su estudio en Génova para el último número de AV que se centra en la obra del italiano desde 2000. Para la entrevista ambos se sientan en las famosas Lounge Chairs de los Eames, los mismos sillones que don Luis utiliza para las entrevistas con arquitectos españoles editadas en DVD por Arquia ¿Será simple casualidad o es que Arquia ha iniciado la grabación de una serie de entrevistas del catedrático con arquitectos internacionales utilizando el mismo formato que los editados ya, y del que la charla publicada sería un anticipo... ?  La otra entrevista (en este caso a Rogers) que menciono es de The Guardian, y se realiza con ocasión de la publicación de un libro de memorias llamado A Place for All People lleno de curiosas anécdotas (el Pompidou protagoniza uno de los capítulos más extensos). Hasta el mismísimo Jonathan Meades se ha dignado hacer una reseña del libro, también en el periódico británico. A no ser que tengas un nivel C9 en inglés no te la recomiendo (tú mismo). Este hombre yo creo que escribe para él mismo y dos iluminados más.

En dicha entrevista Rogers dice que hoy en día no se le ocurriría hacer el Pompidou (es el titular del artículo), y que no deja de ser el trabajo de dos arquitectos jóvenes e ingenuos que no sabían lo que se les venía encima. ¿Está renegando de su obra? Habrá que leer el libro sin falta. Es un edificio difícil de digerir, la verdad. Hay que valorarlo, como ya todos sabemos, como una expresión arquitectónica de mayo del 68, una época de rebeldía contracultural en una ciudad en el que había, lo dice Piano en AV, un exceso de memoria: "París era una ciudad con mucha memoria y quisimos hacer saltar todo por los aires". Había que derribar las imposiciones imponiendo algo nuevo. Lo mismo que el Pompidou, un edificio que se impone con furia salvaje a un barrio profundamente tradicional que es incapaz de asimilarlo (qué distinto al Centro Botín). ¿Cómo lo valorará la crítica dentro de 100 años? ¿Como un logro arquitectónico que ofrece una nueva forma de entender un museo (y un edificio) dando protagonismo a la experiencia del visitante o como una máquina absurda y alienada que no construye ciudad, más bien la destruye con saña, broma pesada diseñada por unos Bobos (acrónimo inglés de burgueses y bohemios) idénticos por cierto a los que protagonizaron las algaradas, capaces de elaborar fantásticos castillos en el aire (al calor de un estado de bienestar que paradójicamente les había convertido en unos niñatos inmaduros, egoístas y malcriados) pero a la postre incapaces de dar solución a problemas reales (¿te suena?)? ¿Dónde están hoy esos jóvenes? ¿A qué se dedican? ¿Qué y cómo construyen ahora Piano y Rogers? Hoy no me gusta el Pompidou. Será que me estoy haciendo viejo, que sigo bajo la influencia de la biografía de Mies o que este septiembre viene muy chungo.