domingo, 18 de febrero de 2018

The Silo


En Copenhague se toman muy en serio el reciclaje arquitectónico.


domingo, 11 de febrero de 2018

El arte más peligroso



"Desde la cabaña primitiva hasta el rascacielos más poderoso la arquitectura busca resolver problemas en tres dimensiones. Combina el análisis científico con la interpretación poética, utilizando la tecnología y el orden para crear impacto estético y funcionalidad. Transforma lo normal y prosaico aportando orden, ritmo y escala al espacio. Renzo Piano lo describe como el arte más público y más socialmente peligroso: podemos apagar la televisión o cerrar un libro, pero no podemos ignorar nuestro entorno construido. (...) 

El Centro Pompidou expresa la creencia de que los edificios cerrados y finitos constriñen tanto a los visitantes como a los transeúntes. Cuantas menos limitaciones imponga un edificio a sus usuarios, mejor será su rendimiento y más dilatada su vida. Nuestra propuesta se basaba en un sistema abierto, un kit de piezas, un sistema que integrara programa, ideología y forma. Los edificios son teatros para la vida pública; el Centro Pompidou permitiría a la gente actuar libremente dentro y fuera, con el escenario extendido por la fachada del edificio, de tal forma que su actuación se convirtiera en parte de la expresión del edificio". (Richard Rogers, A place for all people)

Ya, este no es el Pompidou sino el Botín, pero la idea es la misma

domingo, 4 de febrero de 2018

Cúpulas

La nueva sede de Amazon en Seattle

El Museo Sir John Soane, dedicado al insigne arquitecto británico, ha creado un nuevo premio de arquitectura (la Medalla Soane) y se lo ha otorgado en su primera edición a Rafael Moneo, lo que nos ha permitido a nosotros recibir de paso otro preciado premio: un discurso del Pritzker que, como siempre, no tiene desperdicio. Con una sintaxis nítida y exacta, trasunto de su propia arquitectura, el navarro empieza comentando sus conexiones con el arquitecto del Banco de Inglaterra (acabado en 1808, aunque su obra quedó casi completamente destruida tras una renovación realizada en los años 20), por ejemplo en sus cúpulas del aparcamiento de la estación de Atocha, homenaje a las típicas de Soane, abiertas a la luz con un óculo en su centro (imitando a su vez probablemente al Panteón romano). Soane por cierto también influyó en otro Navarro, pero este solo de apellido (Navarro-Baldeweg), tanto en Murcia como en Salamanca.

Continúa Moneo su discurso enfatizando el cambio que supuso en el paradigma de la teoría arquitectónica el paso del siglo XVIII al XIX, del que Soane es señero ejemplo. Si antes esta se basaba en tratados, ahora se explicará en historias de la disciplina. Lo mismo que Napoleón demostró "que era posible inscribirse en el destino de las naciones", el arquitecto deviene consciente de la historia y a ella se entrega, investigándola con esmero y recurriendo a ella para sus obras (muestra de ellos son los sucesivos revivals de estilos anteriores que se dan en este siglo), siendo quizá uno de los  ejemplos más curiosos la influencia de la catedral de Zamora en la Trinity Church de Henry H. Richardson en Boston (tras un viaje a España del arquitecto americano). La arquitectura se hace portaestandarte de la historia y quiere ser reflejo del Zeitgeist. Ya en el siglo XX no le queda más remedio que evidenciar los increíbles cambios tecnológicos y sociales, y aquí entra en escena el Movimiento Moderno, reproduciendo en sus formas arquitectónicas aviones, coches y paquebotes, e introduciendo nuevas organizaciones en las viviendas. Sin restarle importancia Moneo recuerda, al hilo de una cita de Colquhoun, que tal movimiento acabó deviniendo en mito, y hoy ya pocos creen que el arquitecto sea capaz de reflejar el espíritu de nuestra época, como Le Corbusier o Van der Rohe hicieron (o creyeron hacer) con la suya. Frente al intento de los modernos de crear unas bases comunes, formales e ideológicas, que buscaron la utopía de la vivienda y la ciudad ideales, Moneo señala que la arquitectura hoy es, si lo he entendido bien, una especie de sálvese quien pueda en el que el arquitecto sólo buscaría crear su firma personal que le distinguiera de los demás y punto. Los principios modernos (salvo el interés por las nuevas tecnologías que vemos en Foster o Rogers) ya son cosa del pasado: la flexibilidad ha sustituido a la dictadura de la función, la diversidad de referentes estéticos al menos es más y el gasto desmedido si así lo exige la forma diseñada a la contención y la mesura en los presupuestos. Moneo no ve un paradigma aplicable a la arquitectura actual, quizá la Bigness de Koolhaas, al que cita porque sus teorías dicen tenerle "cautivado" (los extremos se atraen), pero para pronto darle el palo que el holandés suele merecer: "el fantasma de la arbitrariedad aparece una vez que el valor icónico anula todos los demás aspectos del carácter de un edificio". Nuestro Pritzker despide su discurso emplazando a estudiosos y expertos a tratar de entrever de qué va (y adónde) la arquitectura actual. Bien habría podido proponer el suyo como paradigma a seguir: contención moderna con alma histórica.

Hoy, por aquello de que somos últimos, he traído como foto para la entrada una reciente cúpula (tres de hecho, unidas en pública cópula) que me ha llamado la atención, ya ves, porque me recuerda a aquella peli de ciencia ficción de los 70, La Fuga de Loganen la que una comunidad enclaustrada en una ciudad protegida por cúpulas llevaba una vida aparentemente normal y regalada hasta que a los 30 años los ciudadanos debían inmolarse ya que la futurista urbe solo podía sostener una población limitada. Las cúpulas de la foto pertenecen a la recién inaugurada sede de Amazon en Seattle. Bueno, no son cúpulas, sino esferas, según dicen sus creadores, el estudio NBBJ. En todo caso buscan, como las de Soane, conectar el edificio con el exterior e inundarlo de luz, aunque, como las de Logan, su conexión con el entorno sea puro cuento, que aquí sólo se entra por invitación. Recuerdan en la malla reticular que las soporta a Fuller y Foster, pero sus autores señalan que sus patrones pentagonales, que denominan Catalans, se deben a un matemático belga de nombre Eugène Charles Catalan.

Cada vez me salen las entradas más dispersas, de verdad, así es que no podemos seguir. Napoleones de pacotilla "deseando inscribirse en el destino de las naciones" por aquí, cúpulas desnortadas en fuga a ninguna parte por allá, iconos devastadores que nos hacen perder el sentido de la realidad por acullá, comunidades que prefieren autoinmolarse antes que abrirse al exterior... Esto es un sindiós. Soane presentó en 1830 una exposición para la que encargó a su dibujante favorito (Michael Gandy) cuadros en los que su Banco de Inglaterra aparecía como una ruina, quizá por equiparar su obra a las ruinas clásicas de Grecia y Roma, o quién sabe, como alegato contra la soberbia del arquitecto.Toda una lección para tanto iluminado. Buena semana.

domingo, 28 de enero de 2018

De vuelta a la realidad


"La arquitectura no debe significar nada. Tampoco la música [?!]. Cuando lo intenta es ridículo. La arquitectura es realidad; es un problema y una solución. La arquitectura puede llegar a ser un arte pero no lo es como punto de partida. Querer ser arte nos lleva al desastre". (Eduardo Souto de Moura entrevistado para El Mundo).



(Fotos: instituto en Dando, Burkina Faso, de Francis Kéré y crematorio Uitzicht en Cortrique, Bélgica, de Eduardo Souto de Moura).



domingo, 21 de enero de 2018

El palacio irreal (2)



Prosigamos ya con la historia del insólito palacio de Ayete, que también dará que hablar durante la pasada centuria en algunos casos por sucesos harto bizarros. Pero tiempo al tiempo, no adelantemos acontecimientos. Nos habíamos quedado a principios del siglo XX cuando fue adquirido por los condes de Casa Valencia, al año siguiente (1913), como también apuntábamos, encargaron su ampliación a Juan José Gurruchaga, quien añadió dos cuerpos laterales que le sientan como un guante, el edificio queda equilibrado y nadie diría que se trata de un añadido posterior. En fin, ya dijo Edwin Lutyens que no podía haber gran arquitectura sin grandes clientes (él lo sabía bien: diseñó Nueva Delhi -su estatua es la única de un europeo que se conservó en la India tras su independencia- y por iniciativa de una de las bisnietas de la reina Victoria como regalo para la reina María, esposa de Jorge V, construyó una impresionante casa de muñecas allá por los primeros años 20, verdadera obra de arte en la que intervinieron más de mil artesanos e incluye tuberías por las que circula el agua, ascensores que funcionan, luz eléctrica o una biblioteca que contiene 700 libros en miniatura para la que escritores como Kipling, Thomas Hardy, Somerset Maugham, J.M. Barrie o Conan Doyle contribuyeron con obras originales -Doyle por ejemplo, harto a esas alturas ya de Holmes, hizo un relato parodiando al famoso detective. Sí, ya se que todo esto está algo cogido por los pelos pero acabo de descubrir el dato en el delicioso blog Postales inventadas así que voy y lo planto, qué pasa. Por cierto Lutyens también trabajó en España: realizó reformas en el Palacio de Liria de los duques de Alba).

Pero volvamos a Aiete. Entre fiesta y fiesta, partidos de lawn-tennis, novedoso deporte practicado por aquel entonces solo por la aristocracia, y eventos en plan Gran Gatsby fueron pasando los años sin sentir. Y sin embargo el siglo XX había comenzado una poderosa revolución cultural y social que no dejaría títere sin cabeza. Al mismo tiempo que la pintura (mandando la figuración a tomar viento) y la literatura (experimentando como nunca antes con el lenguaje) se dedicaban sin tregua a descomponer la realidad reflejando la fragmentación del mundo decimonónico violentado por la brutal primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, los avances tecnológicos y las nuevas demandas de una clase trabajadora que no se dejará ya nunca más domeñar, la arquitectura en la misma línea dinamita los estilos en boga abogando por edificios desprovistos de todo ornato (fíjate la cara que se le quedó a Alfonso XIII cuando visitó el extraterrestre Pabellón alemán de Barcelona de 1929 a  cargo de Mies van der Rohe) en lo que se dio en llamar el Movimiento Moderno. En España estuvo representado por el GATEPAC o la generación de 1925 en Madrid (que Fernández-Galiano preferiría llamar del 27 para equipararla con la igualmente vanguardista generación literaria y porque además algunas de sus obras más señeras, como la recuperada Estación de servicio Porto Pi de Fernández-Shaw, se levantaron dicho año) sin olvidar a los donostiarras Aizpurua y Labayen, que en la ciudad del palacio de Ayete diseñan el Club Náutico, todo un monumento a la modernidad que visitó el propio Le Corbusier (y que posiblemente influyera en otros edificios de la ciudad). El Movimiento Moderno no solo va a modificar radicalmente el exterior de las viviendas sino también su interior reflejando la profunda revolución social que se está viviendo. Frente al jerarquizado mundo de Arriba y Abajo, la mítica serie británica (Downton Abbey bien podría considerarse su secuela), las nuevas viviendas racionalizan su distribución interior, siendo la principal innovación la cocina. Eliminada la servidumbre, y rescatada por tanto de los infiernos ignotos de la mansiones solariegas, la cocina es objeto de sesudo estudio de publicistas como la americana Christine Frederick, que aplicó los principios de Frederick W. Taylor sobre la organización científica del trabajo en el diseño de la cocina moderna o la arquitecta austriaca Margarete Schütte-Lihotzky, quien diseñaría la famosa Frankfurter Küche, ya completamente actual en 1926, lo que convertiría a la arquitecta vienesa en un "mito vivo" (en palabras de nuevo de Fernández-Galiano) gracias también a una tenaz trayectoria revolucionaria  en lo político que le llevaría hasta la militancia urbanística en la Unión Soviética de Stalin.

Regresemos al fin a Ayete (qué disperso estoy hoy).  El cuanto de hadas acaba con la Guerra Civil. Dos hijos de los Alcalá Galiano mueren ejecutados en las matanzas de Paracuellos del Jarama, y Ayete, en manos San Sebastián de las fuerzas golpistas desde muy pronto, se reforma para convertir el palacio en cuartel de mando militar (aunque nunca llegara a utilizarse). Acabada la guerra, en julio de 1939, el Conde Ciano, ministro de exteriores de Italia y yerno de Mussolini, acudió a San Sebastián camino de Santander (ya hablamos de él cuando descubrimos su rastro en el balneario de Corconte) para encontrarse con Franco. El dictador fue alojado por primera vez en el palacio, donde recibió al italiano. Observa esta foto de una revista italiana donde aparecen ambos en el interior del edificio (Franco, quién lo diría, parece no haber roto un plato en su vida). Y ahí empieza el idilio del dictador con Ayete, que se convertiría en su residencia oficial durante 35 veranos nada menos tras arrebatársela el ayuntamiento a los Alcalá Galiano por una cantidad ridícula (alegando que si no accedían a la venta debían pagar los gastos ocasionados por el acondicionamiento de la propiedad durante la Guerra Civil), según cuentan Lola Horcajo y Juan José Fernández en Villas de San Sebastián II. En o desde Ayete Franco reunía a su consejo de ministros, recibía embajadores, lucía su Guardia Mora, navegaba en el famoso yate Azor, partiría para su encuentro con Hitler en Hendayasufriría el atentado que más cerca estuvo de tener éxito y elegiría a los denominados Cuarenta de Ayete, consejeros del Movimiento con los que quería asegurar la permanencia del régimen (el famoso"atado y bien atado"). La elección fue (por fortuna) hecha con los pies, porque a poco de morir el dictador dicho Consejo se pasaría por el forro los principios franquistas dando paso a Adolfo Suárez (y pasando del Movimiento a la Movida)


En 1977, dos años después de la muerte de Franco, y tras más de un siglo desde su creación, el jardín de Ayete se abre al fin al público. Desconocemos si la población lo invadió jubilosa tras haber recuperado el bello espacio largo tiempo vedado o le dio la espalda por el hedor a fascismo que desprendía la finca, herencia de los 35 años de presencia continua del dictador. A su vez el palacio, que nunca se abrió al público, quedaría en pleno furor democrático abandonado a su suerte, absorto en lo alto de su mágica montaña, ensimismado en su lánguido declive. En los 80 se le realizó una cuidadosa restauración a cargo de Francisco Aranaz  y se intentó devolverle parte de su antigua gloria decimonónica dedicándolo a residencia ocasional de algún que otro actor de prestigio venido a la ciudad para el Festival de Cine. Villas de San Sebastián II menciona la visita de Gregory Peck, pero curiosamente omite la de otro actor no menos famoso, Anthony Quinn, que se alojó en el palacio en 1981. Algo extraño sucedió la noche que pasó en Aiete el protagonista de Zorba el griego. Según relatara más tarde, fue "la noche más terrorífica de su vida". Al parecer había escuchado durante toda la noche un "trasiego fantasmal" y extraños ruidos que le impidieron pegar el ojo y le hicieron huir despavorido a primera hora de la mañana. Encargados del mantenimiento del palacio y trabajadores en las obras de restauración mencionan fenómenos similares. Quién sabe si Franco, prendado de Ayete, quedara al cabo prendido en él. Y el 81 (el año del golpe fallido del 23-F) fue  un mal año para los nostálgicos, tanto reales como espectrales... Hasta el Diario Vasco, un medio serio, se ha hecho eco de la historia, llegando incluso a preguntar a los arquitectos del estudio Isuuru, que llevaron a cabo una reciente remodelación que en seguida relataremos, si fueron testigos de algún fenómeno poltergeist. Los arquitectos dieron la callada por respuesta, lo que es interpretado desde el periódico como un "no rotundo". Pero ¿no se dice que el que calla otorga?

O sea, que tenemos un edificio estigmatizado y olvidado, un icono maldito contaminado por la mala memoria que, para colmo, tiene fantasma chusco. ¿Qué hacer con semejante elefante blanco? Odón Elorza, alcalde donostiarra durante 20 años y ahora diputado en Madrid (aunque aún se le puede ver montando en bici por los bidegorris de Riberas de Loyola, su impoluta calva desafiando al viento) tuvo una gran idea: era necesario un exorcismo arquitectónico. Y en el palacio se implantó la Casa de la Paz y los Derechos Humanos, al objeto de acoger iniciativas dirigidas a extender la cultura de la convivencia (algo también muy necesario en una región tan castigada por el terrorismo), encargándose de la remodelación del edificio el estudio local Isuuru. El entonces lehendakari Patxi López lo inauguraría el 2 de septiembre de 2010 resaltando la intención de sugerir "una metáfora perfecta del triunfo de la democracia sobre la dictadura, de la libertad frente al totalitarismo de antes y de ahora, de la paz frente a la sinrazón". Los arquitectos también realizarían bajo tierra en la ladera norte (replicando acaso la gruta de Combaz en la ladera sur) una alegre biblioteca y casa de cultura cuyas fotos ilustran la entrada de hoy y que ha traído nueva vida a los pies del adusto palacio. La intervención (que cuesta 3,5 millones, 2 pagados por el Gobierno Vasco y el resto por el Gobierno central) es criticada por los autores de Villas de San Sebastián II, para los que "altera un preciado patrimonio de la ciudad". Isuuru, en su página web, se defienden citando nada menos que a Leonardo Benevolo, el gran crítico italiano (fallecido el pasado año): "conservar un edificio significa contener las transformaciones -potencialmente ilimitadas- en los límites a partir de los cuales perdería su naturaleza esencial" (más equilibristas...). Despedimos la entrada deseando que Ayete, desprendido al cabo de sus fantasmas, rodeado de pequeños (y grandes) pacíficos lectores, descanse al fin en paz.



domingo, 14 de enero de 2018

Equilibristas (2)


"La oficina de Foster + Partners, en la orilla sur del Támesis, entre los puentes de Albert y Battersea, resulta a la vez abigarrada y austera. Un hospital escandinavo, pienso al entrar, pero sólo quizá porque vivo en África y me he acostumbrado a la vegetación tropical y al desorden. (...) La oficina muestra la vena victoriana de Foster. Los fantasmas de los grandes ingenieros del siglo XIX se manifiestan en las amplias vistas sobre Londres y su ingeniería oculta. Foster posee una visión de rayos X que se adentra tanto en los ladrillos y en el mortero como en el flujo de la gente, vehículos, agua, residuos y energía que pasan a través de los edificios. El hecho de haber elegido para su título de lord el de Barón Foster de Thames Bank es un tributo al ingeniero victoriano sir Joseph Bazalgette, constructor del sistema de alcantarillado de Londres, el Embankment, así como los puentes de Albert y Battersea. 

Uno de los puntos fuertes de Foster es su capacidad para equilibrar sus intereses. En este sentido es como un arquitecto moderno que estuviese sobre la cuerda floja sujetando una pértiga. En un extremo estarían los victorianos: Bazalgette, Alfred Waterhouse (arquitecto del ayuntamiento de Mánchester) y todo tipo de pensadores sistemáticos con los pies en la tierra. En el otro, la era espacial representada por su amigo Buckminster Fuller. `Bucky´ fue el arquitecto estadounidense radical y el inventor de la cúpula geodésica que arrastró a Foster hacia la utopía". (J.M. Ledgard, El nuevo mundo de Foster, en AV 200. La foto de arriba es del Centro de ocio Fred Olsen de 1968 tomada en la exposición Norman Foster. Futuros comunes de la Fundación Telefónica de Madrid. Guía de la exposición aquí).


sábado, 6 de enero de 2018

El palacio irreal

Este  perro ha visto cosas que no creerías...
Hoy día de reyes procede discurrir un relato real. Volveremos a tal fin al siglo XIX, adonde nos lleva una villa singular que aquí queremos consignar (y también, por qué no decirlo, como viaje terapéutico a un tiempo pasado que en absoluto mejor fuere, que hay que ver lo movida que resultó la tal centuria). Ante todo quiero dejar claro, tan preñado de memoria está el palacio que centra nuestra entrada, que, aunque pueda no parecerlo, lo que a relatar paso (vaya, hoy me sale una sintaxis tan rancia como el relato que prosigue, o como la del galáctico Yoda) es rigurosamente real. Si no eres mucho de historia(s) encarecidamente te recomiendo que dejes aquí tu lectura y te dediques a otros menesteres, ve en paz, perdonado quedas.

Nuestro relato empieza en San Sebastián en en el último cuarto del siglo XIX, en una elevada finca conocida como Ayete (o Aiete), por el nombre de una de las familias de más abolengo de la localidad, los Fayet (o Hayet), saga de origen gascón que habría habitado esta portentosa colina desde la Edad Media. Su estratégica situación dominando la ciudad la había hecho protagonista de no pocos lances guerreros (como la primera Guerra Carlista, que dejó la zona arrasada). En 1865, Eduardo Carondelet y Donado, marqués de Portugalete y duque de Bailén, compró el muy preciado terreno. El duque, de familia palaciega y cortesana, se hallaba a la sazón casado con la donostiarra María Dolores Collado y Echagüe, hija del marqués de la Laguna, que fue ministro de Hacienda y Fomento con Isabel II. La propia Dolores, de una edad similar a la reina, se convertiría en fiel amiga de la monarca especialmente en los difíciles momentos en los que fue destronada y hubo de exiliarse. Los duques de Bailén apoyaron a su vez la restauración de su hijo Alfonso XII, con el que también entablaron estrecha relación. Tanto confiaba el rey en los duques que, cuando murió la famosa María de las Mercedes, su primera cónyuge seis meses tras su casamiento, le confió a Carondelet la tarea de desplazarse a Viena para pedir oficialmente la mano de María Cristina de Habsburgo, que se convertiría en su segunda esposa.

Pero volvamos a Ayete. Los duques, antes que preocuparse por levantar el casoplón veraniego de rigor (su residencia habitual se hallaba en Madrid), quisieron hacer de la finca fabuloso jardín romántico para disfrute y retiro propios y de sus selectas amistades (la primera vivienda que se construye es de hecho la del jardinero fiel, Pierre Ducasse, bayonés que acabaría afincándose en San Sebastián). No se escatiman medios: el jardín estará regado por bellos canales y estanques, y dada la extrema orografía de la finca, será menester instalar una potente bomba de vapor en una estilizada caseta adyacente al futuro palacio que eleve el leve agua a la parte más alta, desde donde se precipitará al profundo valle inferior en forma de bella y sonora cascada. La prensa madrileña se hace eco de tamaño obrón ya en 1867 con estas entusiastas descripciones: "el vasto y espacioso jardín ha recibido todos los adelantos modernos, no solo en la forma, sino en los accesorios. Allí se ven las flores más raras de Europa, los árboles y arbustos menos comunes, todos los prodigios del arte hábilmente combinados con los productos de la naturaleza", según recoge el libro Villas de San Sebastián II de Lola Horcajo y Juan J. Fernández que estoy utilizando como guía en esta singular singladura al pasado. Pero la pieza más sobrecogedora del conjunto será la gruta artificial diseñada por el arquitecto rocailleur Eugène Combaz. Ya había trabajado para entonces en el Bois de Boulogne parisino y poco después de acabar nuestra gruta lo volvería a hacer para el aquarium del Campo de Marte y el del Trocadero que realizó para las exposiciones universales de 1867 y 1878 de París. Su coste según la prensa de la época se elevó a 300.000 pesetas (más del doble de lo que había costado la finca), cifra que probablemente incluiría todo el sistema de alimentación de agua, depósitos, estanques y el diseño general de los jardines. Aún hoy llama la atención esta cueva impostada (tan a tono por cierto con la ciudad: la bahía de la Concha resulta de una belleza tan inverosímil que parece estar hecha por una legión de rocailleurs), donde es difícil no preguntarse cuántos secretos de estado y escandalosas confidencias habrán sido musitados al refugio de la canora cascada, cuántas doncellas en flor habrán deshojado aquí sus margaritas y cuántos enamorados acaso desflorados con desaforado y gozoso ímpetu.

Prosigo que esto se me va de las manos. Los duques de Bailén se deciden al fin a levantar el palacio, cuya construcción retrasaría la Segunda Guerra Carlista, que aunque centrada en Cataluña también alcanzará al País Vasco. En 1875 Ayete es, una vez más, bombardeado, pero al año siguiente la derrota de Carlos es ya completa. El 21 de febrero caen las últimas posiciones rebeldes del área de Donosti tras cinco meses de ataques y el mismo 22 subía Alfonso XII a la finca de sus amigos para contemplar la ciudad. Los duques encargan la construcción de la mansión al belga Adolphe Ombrecht (autor del palacete madrileño en el que vivían, muy cerca de la Puerta de Alcalá y hoy desaparecido, o del Palacio de Linares, la actual Casa de América, justo enfrente de Cibeles). La culmina en 1878 en estilo Segundo Imperio en lo más alto de la finca, con lo que su visión repentina tras ascender por el empinado camino que atraviesa el parque desde su entrada inferior tiene un efecto teatral, como de aparición irreal. El palacio va a tener visitantes ilustres, deviniendo una suerte de pequeño palacio real. Isabel II estaría exiliada, pero bien que visitó la finca donostiarra y se alojó en ella largas temporadas (no olvidemos su estrecha relación con los duques de Bailén). Por las mismas fechas Alfonso XII, que como veíamos había subido a lo alto de Ayete cuando aún no existía el Palacio para celebrar la victoria sobre los carlistas, volverá a la finca en 1883 acompañado por su esposa María Cristina (recordemos de nuevo que el propio duque había pedido su mano en representación del rey). La reina quedó tan prendada del lugar que se rumoreó que lo quería comprar. El rumor se haría realidad en la cercana finca sobre el Pico del Loro, donde la reina, ya viuda, construiría una (ahora sí) real residencia para el verano en 1893 (el Palacio de Miramar).

En 1889 otra personalidad real se pasaría por Ayete. La reina Victoria nada menos, soberana del Reino Unido y emperatriz de la India, a la sazón con 70 años y 52 de reinado. Veraneaba la reina en Biarritz y quiso pasarse por la vecina Donosti, por entonces en plena expansión. El ayuntamiento echó el resto con todo tipo de ornamentos, incluyendo "un millón de violetas venidas de Niza" según cuentan las imaginativas crónicas y la reina regente Maria Cristina de Habsburgo, ya viuda, vino a la ciudad a recibirla. Se preparó un frugal almuerzo en Ayete al que asistieron las dos reinas viudas y los príncipes de Battenberg (Beatriz, la menor de los nueve hijos de Victoria, y su marido Enrique). En un dibujo de la época representando el ágape (recogido en el mencionado libro Villas de San Sebastián II) aparecen ambas reinas, los príncipes, varios sirvientes con librea y, justo a la vera de Victoria (de riguroso luto tras la muerte casi 40 años atrás de su idolatrado esposo el príncipe Alberto), un mayordomo con turbante, que probablemente se trate de Abdul Karim (el Munshi, "maestro" en hindi). Por aquel entonces Victoria, subyugada por la India, tenía a su servicio a este asistente hindú al que tomó gran aprecio y no abandonaba ni a sol ni a sombra, para desmayo de su familia que debía soportar los frecuentes comentarios maliciosos en la prensa sobre dicha relación (los mismos que se habían originado por su también estrecha relación con otro sirviente ya fallecido para entonces, el escocés John Brown, para el que la propia reina escribió una extensa necrológica para el Times, hubo no pocos que apodaron a Victoria Mrs Brown, hay película con Judi Dench como reina). Pero volvamos raudos al almuerzo en Ayete. Correteaban por allí, quizá jugando entre las esculturas de sendos perros molosos (copias de un original griego del s. III a.C.) que guardan la entrada del palacio, los hijos de María Cristina (entre ellos el rey Alfonso XIII de tres tiernos años por aquel entonces) y de la princesa Beatriz (entre ellos Victoria Eugenia, de 2 añitos). Quiso el destino que diecisiete años más tarde ambos se casaran e iniciaran un incierto reinado marcado por atentados (el mismo día de su boda), guerras y exilios (doble en el caso de la desdichada Victoria Eugenia: hubo de huir de España cuando se proclamó la República y de su país natal también fue expulsada debido a sus orígenes alemanes cuando se declaró la Segunda Guerra Mundial). Regresaría a España tan solo en una ocasión (1968) para el bautizo de nuestro actual rey, Felipe VI.

Hasta bancos de Mansilla y Tuñón hay aquí. 
Sigamos un poco más con la historia de nuestro singular palacio. En 1912 sería adquirido por nuevos moradores, también de rancio abolengo como los duques de Bailén: los condes de Casa Valencia, Emilio Alcalá Galiano, embajador, ministro, senador y académico de la Lengua, y su esposa Ana de Osma, hija del embajador del Perú. Los condes residían en Madrid, en un palacio, cómo no, del Paseo de la Castellana que milagrosamente aún se conserva (es el actual Ministerio de Interior). Con ellos se amplió Ayete, al que se añaden dos cuerpos laterales según planos del arquitecto donostiarra Juan José Gurruchaga (en la fachada principal están pintados en blanco). Fueron famosas las fiestas que organizaban (tanto en Madrid como aquí), con asistencia por supuesto de la reina María Cristina. Emilio ya había tenido trato real ya que se marcó con Isabel II, cuando ambos contaban apenas 20 años, un schotisch (que no es otra cosa que el famoso chotis que entonces empezaba a popularizarse, con semejante nombre ¿tendrá origen escocés?) en el Palacio Real madrileño que registró la prensa rosa del momento.

Pero quedaba ya poco para que las díscolas fiestas de los Alcalá Galiano llegaran a abrupto término. El siglo XX será duro con Ayete. Pero casi que lo dejamos para una futura entrada, que te veo ya fatigado.

¿Otra gruta artificial?


domingo, 31 de diciembre de 2017

Equilibristas


"Bajo el placer generado por la yuxtaposición de orden y complejidad, podemos identificar la virtud arquitectónica complementaria del equilibrio. La belleza es el resultado más probable cuando los arquitectos median con habilidad entre una serie de opuestos tales como lo viejo y lo nuevo, lo natural y lo artificial, lo lujoso y lo modesto y lo masculino y lo femenino". (Alain de Botton, La arquitectura de la felicidad).


sábado, 23 de diciembre de 2017

Los ausentes


Ante entradas como esta a uno solo le queda enlazar y hacer mutis por el foro discretamente. Feliz Navidad y eso.


(¿Las fotos? La primera es de un fuerte en Elvas y está cogida de Ruin' Arte, el magnífico blog de Gastão de Brito e Silva; la segunda es una obra de Olafur Eliasson en Múnich de nombre Umschreibung, Paráfrasis).

domingo, 17 de diciembre de 2017

El bueno, el feo y el malo


Pues hoy vamos a hacer honor a nuestro nombre y vamos a traer tres ultimísimos proyectos para tu valoración. El primero es el Palacio de Justicia de París, de Renzo Piano, autor de nuestro Centro Botín o The Shard, quizá el rascacielos más bello del mundo. Piano vuelve de nuevo al lugar del crimen (el Pompidou) y no para un proyecto experimental y semioculto como la Fundación Pathé (lo que le permitió irse de madre que lo flipas), sino para levantar el edificio que aglutinará todos los equipamientos judiciales que hasta el momento estaban desperdigados por la capital del Sena. Sorprende la elección de arquitecto tan díscolo para un edificio tan serio, pero lo cierto es que el italiano ha sabido diseñar un edificio sobrio y de una gran presencia institucional a base de (quién lo iba a decir) la adición de desangelados paralelepípedos miesianos, uno sobre otro, que van decreciendo en tamaño. Otro que sabe unir contrarios como quien no quiere la cosa: se aferra a su conocido axioma de que París es una ciudad a la que hay que aligerar de su exceso de memoria levantando un edificio neutro de resonancias modernas (qué hay más desprovisto de memoria que un paralelepípedo), pero mantiene su carácter juguetón marca de la casa al superponerlos en lugar de colocarlos uno al lado de otro (como Chipperfield en, precisamente, la ciudad de la justicia de Barcelona, que vaya aburrimiento). El edificio lo tiene todo: es serio como corresponde a su función (qué lejos de los tribunales de Burdeos de Rogers, coautor del Pompidou, un edificio sorprendente cuyas despendoladas formas chocan estrepitosamente con su función como representante de la ley y el orden), pero tiene un puntito transgresor -y por tanto contradictorio aquí- que mira, se agradece. Más información y fotos aquí.

En la segunda foto nos topamos, en plena primera línea de playa de Manhattan, con este edificio del estudio local SHoP. Dos torpes torres (aunque para gustos los colores) que parecen estar como queriéndose mucho. El burdo empalme que las conecta (¿quieres verlo más de cerca? no te lo recomiendo, pero tú mismo) aloja diferentes amenities como piscina, gimnasio y hasta un rocódromo. Eso sí, debe ser un puntazo hacer cardio desde semejante altura y con semejantes vistas. Por cierto, echa un vistazo al edificio que acaban de diseñar para Brooklyn, seguro que te suena.

¿Recuerdas cuando comentábamos que Foster estuvo a punto de construir un edificio en la City londinense al que se dio el apodo de El casco de Darth Vader? Parece que MAD, el estudio chino liderado por Ma Yansong, recogió el testigo y fíjate la que ha montado en Pekín. Pero si es hasta negro (que conste que ellos alegan que está inspirado en las típicas acuarelas chinas de paisajes). En todo caso el contraste entre los bloques ortogonales de la ciudad y el Chaoyang Park Plaza, que así se llama el complejo, es total. Ma Yansong es también famoso por diseñar una pecera. Como lo oyes.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Ser y no ser

Maestros del oxímoron frente a frente

Llegó al fin la nieve, acaso la forgetful snow de T.S.Eliot en La tierra baldía de 1922 (el mismo año en el que Mies abraza la modernidad con su gélida torre cristalina de oficinas para la Friedrichstrasse de Berlín, proyecto considerado el equivalente arquitectónico de las Señoritas de Aviñón de Picasso), poema que al punto de iniciarse nos sorprende con una poderosa andanada de oxímoron: "Abril es el más cruel de los meses, pues engendra / lilas en el campo muerto, confunde / memoria y deseo, revive / yertas raíces con lluvia de primavera./ El invierno nos dio calor, / cubriendo la tierra con nieve sin memoria..." según la traducción de 2015 a cargo de Andreu Jaume (forgetful snow es nieve olvidadiza en la de Juan Malpartida de 2001 y Juan Bartres de 1977). Puente pedante tenemos, me dirás. Pues sí, mon semblable, qué le vamos a hacer. Para oxímoron arquitectónicos los de Jacques Herzog, el arquitecto del Caixaforum madrileño, que visitó la Juan March para una conversación sobre su obra junto a Luis Fernández-Galiano hará unas semanas (video aquí).

Señala por ejemplo Herzog en un sorprendente español aprendido en Canarias, donde tiene obra y casa, con ese dulce acento de los suizos cuando hablan nuestro idioma (y que vivamente contrasta con su cara de estibador victoriano, ya tenemos aquí el primer oxímoron), que "nunca le ha interesado lo narrativo" y que lo suyo es el minimalismo, para a continuación tildar sin empacho la actitud de Loos de racismo (antiornamental) por defender la ausencia total de decoración en la arquitectura. Y es que al final Herzog sí cree en un cierto ornato (lo vemos en las pieles tatuadas de no pocos de sus edificios), y no hace mucho elegía como su edificio favorito nada menos que la mezquita de Córdoba, que muy minimalista no parece. Habla también de una defensa de las "tipologías eternas" como las llamaba su maestro Aldo Rossi, con formas inocentes (como en la casa Rudin) pero cuidado,  que también señala que hay en su arquitectura una búsqueda de la modernidad entreverada con esas "formas arcaicas" y la contrapone a Hadid o Gehry, que hacen una arquitectura sin referentes, completamente novedosa. Seguimos nadando y guardando la ropa. Es un fan de las cajas modernas sin memoria (o lo fue), pero en Transparencias engañosas se muestra desencantado ante la casa Farnsworth, el gran manifiesto minimalista de Mies, defendiendo frente a ella un "retorno al triángulo fundamental de gente-naturaleza-arquitectura, en cuyos campos de fuerza debemos movernos para reemplazar el "arte puro" por el flujo impredecible de la vida". Y así todo.

Su interlocutor en esa conversación (más monólogo inducido) en la March fue como decimos Fernández-Galiano, otro experto en oxímoron. Y le ha dedicado no pocos a la obra de H&dM como podemos ver en los artículos recopilados para la última monografía de AV  dedicada a los de Basilea (y van cuatro), publicada este mismo año. Así, describiendo su proyecto para la Ciudad del Flamenco en Jerez (anda que no tiene guasa oximorónica que unos suizos sean los que ganaran semejante concurso; Cruz y Ortiz, los sevillanos de la Peineta/Wanda también participaban...), hoy penosamente congelado sine die, el catedrático, miembro del jurado que la eligió, señala: "Tapia y tapiz, la pared luminosa del recinto jerezano es pétrea y textil, grave y delicada, intemporal y juvenil". Al describir las bodegas Dominus en California, cubiertas por una fachada de rocas insertas en una malla metálica, vuelve a la carga: "Ligero en las geometrías que dibujan en el espacio las cestas de alambre, y grávido en la presencia táctil de las rocas de basalto, (...) es a la vez contemporáneo y arcaico", al igual que en la casa de Tavole, donde los suizos domestican "la sensualidad táctil del aparejo pétreo con la disciplina intelectual de la geometría resistente, en un oximoron visual que produce un placer casi doloroso". Y del Caixaforum madrileño comenta su "gravitas oximorónica", que es "ligera y pesada" (en la línea de la "violencia refinada" del museo Küppersmühle de Duisburg cuya espectacular escalera, que parece como sacada de El Gabinete del Doctor Caligari, también recuerda a la de Madrid) consiguiendo ese desconcertante efecto al despojar a la antigua central eléctrica de su base para crear una plaza-gruta y hacerla así flotar como por arte de magia.

Y es que precisamente la genialidad de H&dM está en esa pasmosa capacidad para aunar contrarios sin aparente contradicción. Ya hablábamos del Sol y Sombra de Marcel Breuer precisamente para referirnos a la Switch House londinense (tan oximorónica también), que hoy procede citar más que nunca: "El verdadero impacto de cualquier obra reside en su capacidad de unificar ideas contrapuestas, es decir, un punto de vista y su contrario. Y digo "unificar" y no "llegar a un compromiso". Esto es lo que los españoles dan a entender con una expresión procedente de las corridas de toros: "sol y sombra". La mitad de los asientos de los cosos taurinos están al sol, y la otra mitad a la sombra. Han hecho de "sol y sombra" casi un proverbio, pero nunca dicen "sol o sombra". Para ellos, toda la vida -con sus contrastes, sus tensiones, su agitación y su belleza- está contenida en ese proverbio: "sol y sombra". Así acaba Breuer su ensayo: "Ni la simplificación excesiva y unilateral ni el compromiso poco afinado ofrecen una solución. La búsqueda de una respuesta clara y firme que satisfaga necesidades y propósitos opuestos es lo que saca a la arquitectura del reino de la abstracción y le da vida, y arte". 

Acabo ya con una última cita del propio Herzog entrevistado estos días en El Mundo
"-Entonces, ¿qué debemos exigir a nuestros arquitectos?
-Lo mismo que a los médicos, a los abogados o a los profesores. Que hagan bien su trabajo. Y, si pueden, que vayan más allá". 


domingo, 3 de diciembre de 2017

Caparazones



"Los edificios son una extensión de nuestra persona, como corazas que nos protegen, como caparazones en los que vivimos y de los que pasamos indefectiblemente a formar parte, hasta el punto de llegar a pensar que pertenecemos a ellos". (Rafael Moneo, La vida de los edificios, libro que acaba de publicar. Aquí tienes una muestra del capítulo que trata de la mezquita de Córdoba. En la foto, la biblioteca de la universidad de Deusto en Bilbao).

domingo, 26 de noviembre de 2017

Freespace


Acabábamos la entrada anterior hablando de vástagos prodigio, vestigios que aunque cada vez más denostados siguen apareciendo aquí y allá (más allá que acá ciertamente, que por aquí ya estamos servidos: en el top-ten de white elephants mundiales que acaba de elaborar The Guardian tres son españoles). Vamos a retomarla hablando por ejemplo de dos edificios (?) que paradójicamente aparecen reseñados por Kosme de Barañano en el último número de Arquitectura Viva dedicado, como decíamos, al Back to Basics: poco básico desde luego nos parece esa especie de enorme cobertizo móvil (The Shed) que Diller Scofidio + Renfro está ultimando en Nueva York, y que gracias a unas ruedas del tamaño de una persona podrá mover sus 4.000 toneladas para, en tan solo cinco minutos, desplegarse y dar cobijo a 2.700 asistentes. Siguiendo con las referencias a la ciencia ficción con las que también acabábamos la última entrada, The Shed nos recuerda a esos terribles arácnidos de Starship Troopers, película de ese provocador profesional que es Paul Verhoeven, autor de varias cintas del género (como Robocop o Desafío Total) que si no harán historia sí al menos molan (para un ratico) gracias a ese punto irónico, testosterónico y macarra que las permea (¿te apetece ver el tráiler?). Pensarás que ya me vale de comparar la arquitectura más actual con la ciencia ficción, pero que conste que esto lo hace también (y obviamente mucho mejor) David Rivera (profesor de la ETSAM que acaba de publicar La otra arquitectura moderna) en el número 4 de su revista Teatro Marittimo (que ya hemos citado aquí antes), en un magnífico artículo que se llama El monumento que cayó del cielo, Arquitectura-espectáculo y colisiones urbanas a principios del siglo XXI, título que casi ya por si solo merece un Pulitzer. El artículo se inicia con una cita de Edmund Burke: "Todo lo que tiende a elevar al hombre en la opinión acerca de sí mismo produce una especie de hinchazón o de triunfo que es extremadamente agradable para la mente humana; y esta hinchazón nunca se percibe tanto, ni opera con más fuerza, como cuando estamos en relación con objetos terribles sin peligro, ya que la mente reclama siempre para sí parte parte de la dignidad e importancia de las cosas que contempla". Pero volvamos ahora al artículo de Barañano, que reseña igualmente otra folie de Heatherwick (The Vessel), también en Nueva York, escalera a ninguna parte o "menhir contemporáneo" más cerca de la escultura que de la arquitectura ¿Será aquí donde Koolhaas amenaza con hacer una exposición en 2018 sobre todo lo que no es ciudad -habla de montarla en una "major -spiral shaped- venue in Manhattan" en un reciente artículo para The Economist en el que preconiza una vuelta al campo (!!)? En esta misma línea de objetos terribles estarían la franquicia del Louvre para Abu-Dhabi a cargo de Nouvel o el monumento  al Holocausto en Ottawa de Libeskind (que abre la entrada de hoy), preñado, como todos sus edificios, de aristas cortantes, quizá sea la razón por la que el arquitecto estadounidense lleva ya, si mal no recuerdo, tres edificios con este dedicados al holocausto judío: la forma sigue a la función (reflejar el dolor).

Frente a tanto prodigio atormentado volvemos a nuestro pier de Hastings, insospechado premio Stirling. Los arquitectos (dRMM) se guardan su vanidad (la hinchazón que dice Burke) y hacen un somero muelle sin el más mínimo aspaviento dejando un espacio abierto al servicio de la comunidad, en línea con el tema de la próxima bienal de arquitectura de Venecia del año próximo,  Freespacedirigida por Grafton Architects. Así lo explican las arquitectas irlandesas: "Freespace se centra en la capacidad de la arquitectura para proporcionar regalos espaciales gratuitos y adicionales para aquellos que los usan. (...) Freespace puede ser un espacio de oportunidad, un espacio democrático, no programado y libre para usos aún no concebidos. (...) Freespace abarca la libertad de imaginar el espacio libre del tiempo y la memoria, uniendo el pasado, el presente y el futuro juntos, construyendo sobre capas culturales heredadas, tejiendo lo arcaico con lo contemporáneo". Amén. 




domingo, 19 de noviembre de 2017

El fill pròdig





Pues sí, hoy tengo el día victoriano. Nos vamos a 1872 y a Hastings, sureste de Inglaterra. ¿Cómo? ¿Que qué tiene de último esto? Ya tenemos a la mosca disruptiva de rigor. Pues mira, ahora me voy 800 años más atrás y te digo que en esta localidad costera, en el 1066 nada menos, se libró la batalla clave que permitió a Guillermo el Conquistador arrebatar las islas a los sajones (la conocida como Conquista Normanda). Eso por hablar. En fin, me vuelvo a 1872 con la venia. Hastings era para entonces un enclave turístico gracias a las tímidas mejoras laborales que acababan de introducir por ejemplo los Bank Mondays (cuatro días de fiesta al año), que empujaron a no pocos londinenses a chapotear en su playa, con ayuda del tren que en la década de 1840 la conectó con la red ferroviaria británica (por aquí pasó algo parecido poco después cuando se unió por vía férrea Madrid y Aranjuez, aunque hay que reconocer que los pioneros en este tema son los británicos: la primera locomotora de vapor se inventó allí nada menos que en 1812 y se llamó Salamanca, como lo oyes, y es que el duque de Wellington libró en la ciudad universitaria una victoriosa contienda -la batalla de Arapiles- en el marco de la Guerra de la Independencia). Volviendo a Hastings decir que la localidad decidió entonces invertir en un poderoso pier (muelle), que, a diferencia del resto de los que festoneaban las costas aledañas dispusiera de un edificio icónico. Lo diseñó Eugenius Birch, un ingeniero que se inspiró en la arquitectura india que tanto le impactara mientras trabajaba, precisamente, en la creación de las líneas férreas del país asiático. No se andaron por las ramas: su presencia como puedes ver en las añejas fotos impresiona y su aforo alcanzaba las 2.000 personas. 

Hagamos ahora un periplo espacio-temporal, porque me sale, y veamos cómo era un día cualquiera en la vida del recién inaugurado pier. Vaya, el día que nos ha tocado está revuelto y hace un viento racheado. Unas pocas familias se aventuran por el muelle. Empieza a caer una pertinaz lluvia, y una banda de niños corretean perseguidos por unas alarmadas madres que enarbolan frágiles paraguas que de poco sirven frente a las impetuosas ráfagas de viento. Un señor con bombín se intenta guarecer con una copia de All the Year Round, la revista literaria de Dickens donde se publicaron por entregas no pocas novelas (algunas de las suyas sin ir más lejos), mas el periódico, impetuoso, se le escapa de las manos y va a parar al inclemente mar. Al poco ya no queda nadie. Bueno no, aguarda, hay una figura espectral que parece extrañamente parada en mitad del malecón. Acerquémonos. Es un hombre alto y fornido que lleva una gorra de marino holandés calada hasta las orejas. Frisa acaso la cincuentena. Bajo su hirsuto bigote (hirsuto es una palabra fea de narices, lo sé, suena como a insulto japonés, pero me parece muy decimonónica) surge una prominente cachimba ya apagada por la lluvia pero aún humeante. Su tez, bruñida por el sol y el viento, le delata como marino, quizá por los Mares del Sur. Algunas de las gotas que resbalan por su cara acaso no sean de lluvia. Todos los días viene al pier y mira como allende el mar, por donde hará un año su hijo marchó para probar fortuna. Narcisista, soberbio, egocéntrico, mimado sin remedio, al rey del mambo de Hastings el pueblo se le quedaba pequeño. El padre, hombre de pocas luces, intentó sin éxito retenerlo, hasta llegar a las manos una tarde aciaga en una taberna portuaria. Al marino ahora le llegan noticias de que su hijo las está pasando canutas de estibador en Amberes, que apenas tiene donde caerse muerto, que su vida es un desastre, que quiere volver pero su orgullo se lo impide. ¿Habrá aprendido la lección? Llora al cabo el padre por no haber sabido retenerle, por el caos que ha devenido su vida y por el incierto futuro si regresa. ¿Sabrá a su vuelta dar la justa dosis de cal y arena o lo perderá para siempre?

Hoy ya el pabellón de Birch solo se puede ver en foto. Un incendio en 1917 se lo llevó para siempre, y en su lugar se levantó un edificio mucho más sencillo (estamos en plena Primera Guerra Mundial) que fue desde el primer momento objeto de crítica por los vecinos, que lo llamaban despectivamente "el granero". En 1930 se le puso una bella fachada art decó. Poco a poco el muelle se fue llenando de construcciones mientras devenía una suerte de abigarrada feria permanente. Sufrió tormentas y huracanes que lo dejaron tocado, y allí tocarían ya en los 60 artistas hoy globales como los Rolling Stones, Jimi Hendrix, Tom Jones, The Who o Pink Floyd. En 2010 finalmente sucumbió a un incendio. 


El estudio de arquitectura londinenese dRMM fue elegido para la tarea de devolver a la vida al chamuscado muelle. Y el resultado, anodino de entrada, le ha ganado el premio Stirling de este año (competía con rivales de perfil bajo, inexplicablemente por ejemplo no estaba la Switch House de Herzog y de Meuron, quizá por no dar protagonismo a los grandes, aunque sí estaba en la lista final de candidatos una intervención de Rogers en el British Museum que de todas formas ha pasado bastante desapercibida). Según el jurado, la victoria se la merece por haber sabido ir más allá de la labor de un arquitecto buscando financiación para el proyecto (consiguieron mediante crowfunding la cantidad de casi 600.000 libras) e involucrando en él a la comunidad en un largo y complejo proceso que ha durado siete años. Oliver Wainwright destaca también el acierto de poner el inevitable pabellón no al final del muelle, como había hecho Birch, sino al principio, dejando un impresionante plataforma vacía al final (que contrasta con el atestado batiburrillo de construcciones del antiguo pier), dispuesta a recibir las instalaciones y eventos temporales que sin duda la llenarán pronto. El crítico de The Guardian señala también el parecido del pequeño pero elegante pabellón de dRMM con nada menos que la Casa Malaparte (aquí hablábamos de ella). 





Necesitamos el pasado como soporte nutricio del presente (nutricio también es una palabra de fonética chunga, por cierto), que dice Fernández-Galiano en el último Arquitectura Viva, precisamente dedicado al regreso arquitectónico a lo básico (Back to Basics: Building Before Bling es su aliterativo subtítulo), y que protagoniza una "Joven Cataluña" de la que se traen varios ejemplos que, como el muelle de dRMM, restauran con tino preexistencias (destaco el Centro Cívico 1015 de H Arquitectes). La arquitectura transita del destello a la desnudez, sigue diciéndonos nuestro Zeitgeist whisperer. No para todos. Aún sigue habiendo destellos galácticos (algunos casi abochornantes), como este presunto guiño a Star Wars en la Biblioteca Nacional de Qatar a cargo de Koolhaas (¿no te recuerda a una nave imperial?), no sería la primera vez...


sábado, 4 de noviembre de 2017

Xocs



Volvemos a la City, enclave londinense al que ya hemos dedicado unas cuantas entradas. Verdadero xoc de trens arquitectónico (como puedes observar en la foto), unos cuantos grandes de la arquitectura han dejado aquí su huella (o al menos lo han intentado). El mismísimo Mies proyectó para esta zona una torre que finalmente no cuajó, en su lugar Stirling acabaría levantando un estridente edificio (lee la historia completa aquí). También muy cerca Koolhaas hizo para Rotschild una sobria y elegante torre inmaculadamente rectilínea, quién sabe si queriendo recordar en plan fantasma del padre hamletiano el proyecto del arquitecto alemán, que el holandés tiene mucha retranca. Foster acaba de inaugurar aquí la sede europea de Bloomberg, con la que nos meteremos en el segundo párrafo, aunque el de Mánchester ya tenía justo al lado un galáctico edificio de oficinas en forma de armadillo, el Walbrook. Hay también obras clásicas, como el Banco de Inglaterra de Soane, un banco de Lutyens reconvertido en hotel con un restaurante diseño de Terence Conran nada menos o la pequeña iglesia de San Esteban Walbrook, encapsulada hoy entre grandes construcciones modernas (en esta foto la puedes ver entre la torre de Koolhaas y The Walbrook de Foster), construida poco después del famoso incendio de 1666 por Christopher Wren. Como ves, el nombre Walbrook se repite mucho por aquí, se trata de un río que cruzaba esta zona (hoy ya cubierto), y que resultó crucial en la fundación del Londinium romano allá por el 40 d.C. O sea, que 2.000 años nos contemplan.

Pues como digo el último en construir en tan sensible ubicación ha sido nuestro Norman Foster, que ha levantado para el antiguo alcalde de Nueva York (Bloomberg estuvo presente por cierto en el foro que Foster organizó en el Teatro Real de Madrid hace unos meses coincidiendo con la inauguración de su fundación), una sede que en la foto de arriba aparece detrás del edificio triangular que está justo en el centro de la imagen. Nosotros también hablábamos de esta sede hace ya algunos años, y citábamos al propio arquitecto, que definía su proyecto como una construcción nada tímida. Lo que son las cosas, cuatro años después justamente se la pone a caldo por serlo en exceso: ahí tenemos la cañera crítica de Oliver Wainwright, que sin cortarse un pelo asemeja el edificio (en el mismo titular) a un cortinglés de provincias que encima ha costado la friolera de 1.000 millones de libras. Para mí que los sufridos londinenses están ya tan acostumbrados al desaforado skyline de la ciudad que la sobriedad se les antoja un peñazo. Por cierto que el mismo Foster junto a Nouvel estuvo a punto de construir en este mismo solar hará unos años un edificio mucho más a tono con sus pavorosos vecinos para el que la española Metrovacesa había comprometido 600 millones de libras. Al final la crisis se lo llevó por delante (no hay mal que por bien no venga), aunque ya se le había asignado mote: el casco de Darth Vader, sí, tal y como lo oyes. No veas el cachondeíllo de la prensa británica cuando el proyecto se vino abajo: que si la fuerza no les acompañó, que si Foster y Nouvel sintieron la fuerza de la recesión, y tal. Frente a semejante despropósito el nuevo edificio de Bloomberg mantiene un perfil bajo, que para aspavientos y xocs ya tenemos a Viñoly (la foto de arriba, de Foster+Partners, no es nada inocente), y busca transmitir confianza y estabilidad siendo casi su única "nota de color" unas pantallas móviles de bronce en la fachada para regular la entrada de luz (Foster las llama branquias -gills-) y la instalación de Cristina Iglesias Arroyos olvidados, muy apropiada para el lugar aunque habría que señalar que la artista donostiarra ya lleva años trabajando en este tema y para el Centro Botín ha hecho algo parecido (Wainwright, demoledor de nuevo, señala que quizá la instalación, que le recuerda a una "fétida ciénaga", sea una metáfora de los oscuros manejos de las empresas de servicios financieros...). Rowan Moore, crítico de The Observer mucho más benévolo con la sede, resalta sus impresionantes logros en términos de sostenibilidad, el edificio gastaría un 70% menos de agua (los inodoros funcionan con un sistema de vacío) y un 40% menos de electricidad que la media, Wainwright también lo señala pero lo contrapone a la enorme energía embebida, que diría Fernández-Galianoque suponen los exóticos materiales que se han utilizado en su construcción: 600 toneladas de bronce traídas de Japón y grandes cantidades de granito indio. Moore destaca también su osado diseño interior con una espectacular escalera helicoidal que asemeja a las esculturas de Serra (quizá para compensar el discreto exterior, un patrón típico de los edificios de la City), junto con una voluntad de diseñar un entorno amigable para los más de 4.000 empleados de la empresa de información digital, destacando por ejemplo el espacio llamado La Despensa (donde obviamente se sitúa el comedor para los empleados), junto al que se ubican colmenas de verdad, un gran acuario y un invernadero combinando sin prejuicios tradición y modernidad, lo digital y lo analógico o lo virtual y lo háptico, que diría Pallasmaa. Por cierto que como no hay dos sin tres, otro de los grandes de la crítica arquitectónica inglesa, Jonathan Glancey, que escribió en The Guardian de 1997 a 2012 y es autor, junto con otros libros, de una recomendable Historia de la Arquitectura (aunque en mi opinión muy sesgada hacia mundo anglosajón), también ha dado su versión de la sede de Bloomberg en el último AV Monografías (200) dedicado a Foster y en el que participan otros señeros críticos de la altura de Goldberger, Jencks, Negroponte, Sudjic o Zugaza, antiguo director del Prado que reseña, claro está, el proyecto de la rehabilitación del Salón de Reinos. Glancey habla del edificio como un "vecino respetuoso" que resulta "incluso discreto" en su exterior, y que muestra "que la nueva arquitectura de la City (y de Londres en su conjunto) puede ser a la vez antigua y moderna sin caer en la trampa del historicismo" destacando su carácter cívico también por haber realizado el enorme esfuerzo (reconocido sin ambages por Wainwright y Moore) de alojar en sus entrañas el templo romano de Mitra del s. III, descubierto en 1954 y que se había movido de su emplazamiento original poco después para construir un edificio. Ahora se ha realojado, junto con 14.000 piezas (entre ellas unas tablillas con los primeros documentos escritos a mano encontrados en Gran Bretaña), en un museo situado en el sótano del Bloomberg, justo en el lugar donde fue hallado.

Acabamos ya esta densa entrada, tan abigarrada como la propia City. Buena semana.






domingo, 29 de octubre de 2017

Artquitectos

La Fundación Norman Foster en Madrid

"-¿Es usted un socialista?
-Soy un humanista.(...) La clave de mi trabajo es la creencia de que la arquitectura es importante; la calidad de lo que nos rodea, de cómo está diseñado, desde una estación al pomo de una puerta, influye en nuestra vida". (Norman Foster, entrevistado en EPS, Norman Foster, el zurdo tenaz).

-"¿Quiere ser el mejor arquitecto? 
-Quiero ser yo. Creo que la arquitectura necesita entender la creatividad de otra manera, no solo formalmente. Steve Jobs dijo que de cada 20 ingenieros uno es un artista y el resto son ingenieros. Creo que eso se puede aplicar a la arquitectura, al balonmano y a la enseñanza. Un maestro que es un artista puede cambiar a la gente.
-¿Se ve como un artista?
-Me veo como alguien capaz de cambiar las cosas. Alguien dispuesto a ese esfuerzo. La arquitectura puede ser un arte, pero el arte actual debe ser transformador".(Bjarke Ingels, entrevistado en EPS. Bjarke Ingels, "El buen salvaje tiene siempre otro punto de vista".)

El Via 57 West de Ingels en Manhattan