jueves, 10 de agosto de 2017

No hay dos sin tres

Este verano no ganamos para sustos

 Seguimos con la biografía de Mies a cargo de Schulze y Windhorst. Te cuento. Estamos en la Alemania prenazi y Mies las está pasando canutas. Los alemanes más rancios ven con malos ojos el nuevo lenguaje arquitectónico moderno, no soportan sin ir más lejos los techos planos por considerarlos undeutsch. La colonia Weissenhof de Stuttgart, que Mies diseñó allá por 1927 junto a otros firmes seguidores del Movimiento Moderno como Le Corbusier y otros que no tanto (como su admirado Berlage) a los que precisamente se les dio como único requisito poner cubiertas planas y pintar los exteriores de blanco riguroso, fue ridiculizada y comparada con un barrio de Jerusalén, incluso con fotos trucadas en las que se puede ver el flamante complejo transitado por camellos y árabes con chilaba. Como oposición a los progresistas (que habían formado una asociación llamada Der Ring), los clasicistas crearon un grupo opositor (Der Block), y levantaron, no muy lejos de la colonia de Mies, una agrupación de viviendas con cubiertas inclinadas, que eran más “culturalmente alemanas” (los nazis, tan neoclásicos, y tan diferentes aquí de los fascistas italianos, echarían también pestes del edificio de la Bauhaus de Gropius llegando al extremo de añadir una cubierta inclinada sobre el ala de los talleres). Si hubieran visto más allá de la retórica nacionalista, los tradicionalistas podrían haber atacado la colonia Weissenhof por un hecho mucho más prosaico (y grave): a los dos años buena parte de los edificios estaban penosamente deteriorados. Más tarde, en 1935 ya, los nazis tumbaron igualmente un proyecto de Mies para edificar una casa para la familia Lange en Krefeld en virtud de una “ley de fealdad” usada para bloquear obras modernas. Los Lange, utilizando sus influencias, consiguieron finalmente la aprobación de las autoridades a condición de que la casa se ocultara tras un talud de tierra. Mies rehusó. Un último ejemplo: ese mismo año (1935) trabajó en un proyecto de pabellón que representara a Alemania en la exposición universal de Bruselas para el que diseñó una versión gigante del mítico de Barcelona. Hitler en persona, seguramente junto a Speer, revisó todos los proyectos y rechazó airadamente el suyo, que al parecer acabó literalmente por los suelos.

Y es que en aquellos años extremos y extraños Mies, aparentemente sin ideas políticas definidas, tuvo que hacer malabares ideológicos para sobrevivir. En 1926 le vemos por ejemplo haciendo un monumento al levantamiento izquierdista de 1919 en Berlín y a sus dos héroes ajusticiados, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, en el que propone un potente muro de ladrillo con prismas escalonados (simulando un paredón de ejecuciones) donde ajusta un mástil y una enorme estrella de acero y dos metros de diámetro con la hoz y el martillo que dio no pocos problemas (la siderúrgica Krupp se negó a fabricarla por considerarla demasiado radical, así que a Mies se le ocurrió encargar cinco piezas en forma de rombo -a eso Krupp no puso pegas, y es que la pela es la pela- que se montaron en obra). Los nazis se cepillarían el monumento en 1933. Sin embargo, cuando asume la dirección de la Bauhaus (1930), el de Aquisgrán (al que los estudiantes consideran elitista y antidemócrata frente a Hannes Meyer, su anterior director), sufre un monumental motín que acaba con la intervención de la policía, el cierre de la escuela durante varias semanas durante las cuales se elaboran nuevos estatutos y la expulsión de sus 170 estudiantes. Mies, que mucha cintura -metafórica- no parece tener, se defiende: “Hannes Meyer (…) quería hacer la escuela políticamente comunista. Yo no estoy en absoluto a favor de eso. No soy alguien que pretenda mejorar el mundo; nunca he querido serlo. Soy arquitecto, me interesa la construcción y los problemas de la forma”. Su equidistancia ideológica -extrema- vuelve a manifestarse cuando no tiene empacho en apuntarse a la Academia Prusiana de Bellas Artes (que por el nombre muy progresista no parece), la que, ya prácticamente en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, organizaría la famosa exposición “Arte degenerado” que condenaba 650 obras de pintura y escultura modernas (de entre otros muchos Paul Klee, que fuera profesor en la Bauhaus). Poco después Mies sale por piernas de Alemania. Tras la visita de dos oficiales de la Gestapo en su casa para interrogarle de muy malas maneras decide salir casi con lo puesto (aunque en Chicago le esperaba una cátedra en el Armour Institute que llevaba un tiempo negociando). Su tren pasa por Aquisgrán, donde su hermano Ewald le deja su pasaporte (el suyo se lo habían quedado los agentes de la Gestapo) con el que consigue cruzar la frontera con Holanda, donde, in extremis, le hacen un nuevo pasaporte en el consulado alemán de La Haya. Se embarca finalmente en el transatlántico de irónico nombre Europa que le deja en Estados Unidos el 29 de agosto de 1938.

Tras tanto vaivén, y estando nuestro protagonista tan poco interesado por las ideologías y los nacionalismos, no es de extrañar (es la idea más interesante de lo que llevo leído del libro) que Mies defendiera el movimiento internacional (que no es otra cosa que la modernidad llevada a sus últimas consecuencias), vocacionalmente apátrida y neutro, frente a los estilos nacionales, actitud que además encajaba como un guante en un mundo ya harto de guerras salvajes, nacionalismos tronados y utopías imposibles: “Mies era partidario de la abstracción, sin ninguna simpatía nacional ni ideología política alguna: un perfecto Prometeo de la nueva modernidad”.  El mismo Mies lo expresará palmariamente en el discurso que pronunció durante la cena de gala para celebrar su nombramiento en el Armour (donde Wright nada menos le presentaría), el 20 de noviembre de 1938: “Mi único objetivo es crear orden en la desesperante confusión de nuestros días”.

¿Y qué fue de Ada? Se quedó en Alemania (Mies huyó como vivió, solo, ni tan siquiera intentó llevarse a su amante de entonces, Lilly Reich, que le visitaría en América pero que finalmente se quedaría en Alemania). Pasó la mayor parte de la guerra en Berlín y escondió a varios judíos en su pequeño apartamento, demostrando una inédita valentía. Moriría en 1951 de cáncer, como una de sus hijas (Waltraut, la única que se fue a vivir a Chicago) en 1959, y el propio Mies diez años después.


A estas alturas te estarás preguntando a qué vienen las fotos que acompañan esta entrada. A nada (o no), aquí ya sabes que nos gusta jugar al despiste. Se trata, como ya habrás adivinado, de Bilbao, la del efecto, en concreto la Plaza del Museo. No, no es el Guggenheim en este caso, sino el de Bellas Artes. Mi señora contraria quería ver la exposición de la colección privada de una de las Koplowitz, una ecléctica (y algo impúdica) exhibición que agavilla desde esculturas griegas a una instalación de Weiwei. Estaba yo cruzando una de las salas acristaladas sobre el patio interior donde destaca una bella escultura modernista que parece estar dándole un síncope ante la visión de la torre Iberdrola cuando me quedé prendido más que prendado de la heteróclita vista que se podía contemplar desde allí y decidí acercarme a la plaza en cuestión, a la que asoman, en pavorosa freak parade, edificios cada uno de su padre y de su señora madre. Veamos. Está la cristalina torre de Pelli, totalmente desproporcionada (con una no menos desproporcionada visera en su entrada), y a sus pies varios bloques de edificios de estética contemporánea que muestran sus angulosas fachadas metálicas justo al lado de lo que me pareció en un primer momento una cuidada rehabilitación pero, cielos, no, es un enorme edificio (ocupa toda una manzana) sin duda de reciente construcción que parece sacado de la Secesión vienesa con dos torreones culminados por bóvedas bulbosas en brillantes colores (una de ellas circundada por un lema en euskera, que bien podría ser la famosa frase de Venturi “Menos es un peñazo”), por no hablar de unas esculturas amorfas, unos recios miradores más propios de Cantabria que de aquí y hasta gárgolas y todo, vamos, que no le falta de nada. Contrastando con esta folie decimonónica está el propio museo, en ladrillo y de una bella sobriedad (la ampliación, toda vidrio y cristal, le sienta como a un Cristo dos pistolas). Al otro lado de la plaza, dos edificios de, calculo, los años 50, uno, con un exiguo chaflán, parece imitar al Flatiron, el otro, de amenazante presencia, está coronado por un monumental tejado con dos enormes terminaciones en forma de antenas gemelas. En fin, todo un muestrario arquitectónico de estilos variopintos (como la exposición de Koplowitz) que (obviamente en mi opinión) no hay por dónde cogerlo. Vuelve Mies.




martes, 1 de agosto de 2017

Sustos extremos (2)




Arrea, ¿a qué me recuerda esto?

Seguimos con más sustos extremeños, no por más programados que el anterior, menos impactantes. Fíjate lo que SelgasCano nos ha dejado en Plasencia. De gestación compleja, fue este extraño auditorio víctima de la crisis, padeciendo crudas críticas de los que veían en este tipo de intervenciones arquitectónicas un despilfarro inútil. Tras varios parones, diez largos años y 21 millones de euros, la enorme crisálida ha visto al fin la luz hace poco más de un mes, aunque el edificio llevaba ya un tiempo acabado y había sido noticia en no pocas revistas de arquitectura. No tenía muchas esperanzas de encontrarlo abierto, pero al acercarme a la puerta vi que no estaba cerrada con llave. Entré y de inmediato vino a mi encuentro una simpática joven que andaba por allí, única moradora del edificio, que, tras presentarse como Cristina, directora del complejo, nos dijo que, efectivamente, no estaba abierto al público. Ahí puse yo en marcha todos mis maduros encantos, diciéndole que había venido expresamente de Madrid para ver el edificio (si has leído la entrada anterior sabrás que no es del todo así, pero es que me estoy volviendo un bloguero sin escrúpulos). Viendo a mi encantadora familia (cuántas puertas me han abierto mis tiernos infantes), y adulada por mis comentarios (yo seguía dorando la píldora al edificio non-stop), se ablandó y nos hizo un pase privado por buena parte del cascarón sintético. Solo me faltó levitar. 

Soy fan de SelgasCano, ambos de mi quinta, especialmente de sus auditorios de Badajoz y Cartagena que, sobre todo el último, conozco bien (en el lateral, muy abajo, tienes fotos). De hecho, el único El Croquis que tengo en casa es un monográfico del estudio madrileño con portada dedicada precisamente al auditorio de Plasencia y fotos alucinantes de Hisao Suzuki (como esta). Únicos españoles que han realizado hasta el momento uno de los pabellones efímeros  que cada año arquitectos de prestigio diseñan para la Serpentine Gallery londinense, José Selgas y Lucía Cano se lían la manta a la cabeza en Plasencia y levantan una extraña estructura que dialoga con su entorno de manera tan fluida a como lo haría un platillo volante. La visión, para mí al menos, es de difícil digestión en vivo y en directo, por más que en fotografía (especialmente si es de Suzuki) resulte realmente atractiva. En El Croquis explican su proyecto, pero la verdad, no me aclaran mucho. Es cierto que el terreno donde se asienta el auditorio es que no hay por donde cogerlo: un terraplén extremo en el límite entre la ciudad y el puro campo, entre "lo tristemente artificial y lo natural. Campo extremeño que cualquiera puede entender como equivalente del mar" (¿otro barco pues?).  "Lo artificial era tan agresivo que había formado un talud de 17 metros de altura sin el más mínimo respeto a la orografía natural, que permanece enterrada debajo. Por contra, en nuestra propuesta, y como reacción a lo que supone un imparable arrollamiento, decidimos respetar al máximo el terreno en que nos apoyamos, ocupando la menor superficie de parcela posible" (ante lo artificial, hagamos algo aún más artificial y alienígena). El edificio se plantea como "pieza de presencia inmediata", una "señal nítida para el pasajero" que lo observa desde la carretera de Salamanca (prueba conseguida). Los madrileños hablan también de una "arquitectura tendente a un estado estacionario" ("Atenuar la arquitectura" lleva por nombre la entrevista que abre la revista) y, citando a Dostoievski nada menos, defienden alimentarse de la estupidez, que el ruso consideraba sencilla y honrada frente a la esquiva y engañosa inteligencia: "Con esta otra perla de Fiodor enlazamos con una de las herramientas de trabajo que nos parece más necesaria, y que se encuentra bastante marginada hoy en día: el error. Masacrado el error por una falsa necesidad de inútil perfección -que ha copado incluso la arquitectura, disciplina en la que tal perfección no es solo innecesaria sino diluyente de muchos posibles valores que quedan tapados por esa estúpida búsqueda de la perfección, porque lo auténtico solo aparece con lo imperfecto, con lo manual, con lo artesano, con lo inexacto-". Un poco después acuden a Fellini: "Pero nosotros, ante esta inalcanzable y 'determinada realidad', al contrario que frenarnos, hemos conseguido que todo esto sea el detonante para tener algo muy claro: el no tener nada claro. Nos quedamos, por tanto, en ese terreno que define Fellini con la frase "me gustaría nacer todos los días", que él empleaba por dos motivos: por disfrutar de las cosas con ojos limpios, nuevos, por primera vez; y por poder hacer las cosas con ingenuidad, sin ataduras de la memoria y la sociedad". Ryue Nishizawa, la mitad de SANAA, habla también de ellos en la revista: "La arquitectura de SelgasCano tiene sentido de movimiento, sus obras aspiran a una libertad que trascienda sus límites". Mira, tú mismo: 



Aquí, lo último de SelgasCano (fotos de Iwan Baan). 

miércoles, 26 de julio de 2017

Sustos extremos


El 19 de junio de 1924, a eso de las 9 de la mañana, cuatro niños recogen guisantes a las afueras de la ciudad extremeña de Olivenza. De pronto ven venir directa hacia ellos una enorme masa "que ardía como una estrella, envuelta en humo blanco". Por fortuna para los chavales la aparición hace un inesperado giro que les salva la vida ya que apenas a diez metros impacta contra el suelo y explota, según narra José Antonio Carnerero. Es un meteorito, de unos 150 kilos, probablemente el mayor caído sobre España a día de hoy. Al precipitarse contra el suelo se seccionó en varios fragmentos, el mayor de los cuales (de unos 40 kilos) se conserva en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. Hay muestras repartidas por todo el mundo (entre otros, alojan fragmentos museos e instituciones de Lisboa, Coimbra, París, Nueva York, Washington, Ottawa, Londres y hasta el Vaticano). Menudo susto.

No sabemos si GAP, los arquitectos locales que han diseñado el Centro Integral de Desarrollo de Olivenza, se han inspirado en este acontecimiento para levantar su masivo y negro edificio que, contrastando brutalmente con el entorno de casas blancas y bajas del barrio de la Picuriña, parece un pedrusco extraterrestre que hubiera caído del cielo de pronto, pero lo cierto es que en la descripción del mismo hablan de "un contorno ciego, un edificio como una roca que se horada y se abre al exterior de forma controlada y útil, aunque no sin cierto ensimismamiento que denota concentración y trabajo". El susto que te llevas cuando ves este cíclope ensimismado es sólo comparable al que se llevaron los cuatro jóvenes oliventinos, a años luz (siempre en mi opinión) de las "sensaciones agradables, propositivas y germinales" que según los arquitectos genera su edificio: "un trozo de atmósfera vital y efervescente comprometido con el lugar". En fin, un edificio que, si juzgamos aislado, es indudablemente ambicioso, espectacular y potente, pero que en el amable barrio en el que se asienta, resulta amenazador y ajeno. Difícil de notar ese "compromiso con el lugar".

Y sin embargo, si te diriges al centro de la ciudad y observas la desproporcionada mole de la "Torre del Rey" (de unos contundentes 36 metros), tan maciza y masiva como el edificio de GAP, ves que puede muy bien ser un intento de replicar esta no menos brutal torre del homenaje del alcázar templario de la villa, y es que es imposible no hacer referencia a este "ciclópeo prisma de piedra", en palabras ahora del historiador Gregorio Torres Gallego en su Historia de Olivenza, que lleva protegiendo esta ciudad fronteriza desde finales del siglo XV (su silueta resultaba tan amenazante que el rey de Castilla envió al de Portugal protesta formal por erigir semejante fortificación tan cerca de su frontera). Los extremos se tocan. Y es que esta plácida y tranquila villa oculta un intenso pasado guerrero al ser frecuente objeto de pugna entre los reinos de España y Portugal desde su fundación a finales del siglo XII o principios del XIII por leoneses con intervención de caballeros templarios franceses (solo en el siglo XIV cambiaría de manos seis veces nada menos). Finalmente española (pero solo desde 1801), gracias a Godoy, profeta en su tierra (tiene escultura conmemorativa aquí y en Badajoz, no creo que en ningún sitio más de la geografía española) quien, en el contexto de las guerras napoleónicas, se apoderaría de ella con ayuda francesa al término de la Guerra de las Naranjas (el joven primer ministro pacense envió a la reina de regalo unas naranjas recogidas en las cercanías de Elvas, de ahí el curioso nombre). En este punto conviene recordar que Olivenza fue portuguesa desde 1297 nada menos, cuando Dionisio I (Don Dinis) se la arrebatara a un menor de edad Fernando IV de Castilla, aunque con diversos intermedios, el más importante cuando Portugal y España quedaron unidas de 1580 a 1640 al asumir Felipe II el reino luso, pero también poco después, de 1657 a 1668, cuando la ciudad fue tomada por las tropas de Felipe IV. Poca paz tuvo la villa pacense en aquellos tiempos. Y aún podríamos seguir largo y tendido con la enrevesada y apasionante historia de esta sufrida ciudad (en el siglo XIX por ejemplo, con la guerra de Independencia, le dieron también lo suyo entre franceses, ahora enemigos, y nuestros nuevos aliados, los ingleses: Sir William Carr, vizconde de Beresford, liberaría Olivenza a las órdenes de Welllington en 1811 junto con, lo que son las cosas, tropas portuguesas, a las que se les hizo muy cuesta arriba tener que ceder la ciudad a los españoles...), pero has de entender que, de seguir de esta guisa, el ya de por sí denso párrafo acabaría siendo en extremo infumable.

GAP asemeja también su edificio a un "barco varado en el mar asimétrico de tejas prefabricadas de hormigón", y aquí con lógica, no en vano estamos en tierra de Conquistadores. Una importante calle del municipio porta el nombre (todas lucen el nombre español y el original portugués, a menudo distinto, aunque no en este caso) de Vasco de Gama. ¿Es originario de Olivenza el insigne marino portugués? Pues no, se trata de otro, aunque el navegante es familiar lejano. El Vasco de Gama oliventino fue un alcaide das Sacas, una especie de agente aduanero, de finales del s. XV. Ya puestos decir que los Gama, al igual que los Lobo, fueron dos importantes familias rivales cuyas disputas acabaron más de una vez como el Rosario de la Aurora (una suerte de Capuletos y Montescos en versión lusa).

Con semejante vocación mestiza, la ciudad es una fusión única y bellísima de los dos países ibéricos, algo especialmente apreciable en su arquitectura. Si Santa María del Castillo tiene un obvio sabor castellano en su austera sobriedad (aunque incluye azulejos típicamente portugueses), la mucho más exótica Santa María Magdalena, levantada en el famoso estilo manuelino (una desprejuiciada y hermosa mezcla de elementos góticos, árabes y motivos marinos, homenaje a las conquistas lusas de la época de Manuel I), resulta espectacular especialmente en su interior, con sus soberbias columnas torsas que dan una poderosa sensación de movimiento, como si estuviéramos a bordo de una nao rumbo a los mares del Sur. No en vano sería construida a iniciativa de Fray Henrique de Coimbra, que, aparte de misionero en la India y Brasil (celebró la primera misa allí, durante el viaje de Alvares de Cabral en 1500), fue también confesor del rey, embajador ante la Corte de Castilla  y obispo de la sede episcopal de Ceuta (con sede, curiosamente, en Olivenza, por ser la plaza norteafricana conquistada por Portugal en 1415 poco apropiada para tales funciones). Manuelina es también la icónica puerta del ayuntamiento, que incorpora nada menos que tres escudos portugueses y dos esferas armilares (símbolo del país luso) como queriendo dejar constancia clara de la impronta portuguesa de Olivença.

No es de extrañar que esta preciada joya haya sido recordada y reivindicada por los portugueses desde su traumática separación del país vecino, a veces hasta límites extremos: tras el fin de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, cuando las grandes potencias se reunieron para rehacer las fronteras europeas, el país luso intentó colar su reivindicación a pesar de que España no había participado en la contienda. Y uno de sus regimientos de caballería más famosos, los Dragões de Olivença, se mantiene con el mismo nombre, obviamente no allí, sino en la cercana Estremoz (por cierto que su cuartel en la ciudad pacense, que llegó a albergar a 1.500 hombres y 400 caballos nada menos, es de una belleza casi miesiana). Bien puede decirse que Olivenza es para los portugueses como para nosotros Gibraltar. De hecho la mismísima CIA (por si quedaba alguna nacionalidad, también los americanos se metieron en el embrollo oliventino, por cierto, se me olvidaba, su muralla abaluartada al estilo Vauban fue diseñada por ingenieros holandeses) hace algunos años incluyó la ciudad en su listado de puntos fronterizos en litigio, y al poco aparecería el libro Ceuta, Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España? de Máximo Cajal, que planteaba dotar al territorio oliventino de un estatuto específico. Hoy varios municipios de la zona a uno y otro lado de la Raya en torno al inmenso lago de Alqueva han creado una asociación transfronteriza auspiciada por la Unión Europea. Si alguna vez vienes por aquí, no olvides acercarte al bellísimo Monsaraz, el Ninho das Águias (el nido de las águilas).

Como resulta obvio, mis viajes familiares a la bella y pujante villa (nada que ver con la España vacía de Sergio del Molino) son siempre una fiesta, y sé que hasta sus sustos brutalistas me acabarán gustando. Tiempo al tiempo. Olivenza sabe mucho de eso.


lunes, 17 de julio de 2017

Centro Botín (Renzo Piano)



Pues sí, era el Centro Botín de Piano en Santander (informábamos de él en su día). Las pistas eran claras:

En la primera mencionábamos su aire retrofuturista, que remite (aunque con formas menos rompedoras) al Pompidou que el arquitecto genovés diseñara junto a Rogers, edificio que quería ser la manifestación arquitectónica del Mayo del 68 y que supuso un verdadero revulsivo cultural que trascendió la propia disciplina. Aquí hablábamos por ejemplo de su conexión con la música. También comparábamos su escamosa piel a este edificio de Future Systems en Birmingham, no en vano los socios fundadores de dicho estudio, Jan Kaplický y David Nixon, habían trabajado para el propio Piano y Rogers. Sus formas redondeadas en voladizo recuerdan también a diseños futuristas de los 60 como la Sculptured House de Charles Deaton.

En la segunda pista comentábamos el parecido gracias a sus numerosas pasarelas aéreas con otro edificio de Piano, que no es otro que el nuevo museo Whitney en Nueva York, donde el arquitecto parecía querer continuar el paseo elevado de la cercana High Line. En Santander el arquitecto crea un fantástico mirador (que también podría considerarse una continuación de los jardines de Pereda), cuyos juegos panópticos y maravillosas vistas compiten, como en Nueva York, con las exposiciones de su interior (al precio salvaje de 8 euros la entrada, por cierto).

En la cuarta pista lo comparábamos también con otro edificio, esta vez en el mismo Santander. Se trata del Palacio de Congresos de Sáenz de Oiza, prodigio postmoderno (a lo Stirling en Stuttgart) que a pesar de su amenazante exterior escondía, como decíamos, rincones muy juguetones.

Subo fotos:


domingo, 9 de julio de 2017

Juegos arquitectónicos


Hoy toca entrada de las de atención pregunta. Ya me vas diciendo, tú que sabes tantísimo, a qué edificio pertenece este voladizo vítreo. ¿Cómo? ¿Que esto es de juzgado de guardia de difícil? ¿Que raya el maltrato psicológico? Por favor qué carácter. Bueno, va, te voy a dar pistas, pero por ser tú.

1. Este edificio me recordó de golpe a la Walking City de Archigram. Y sus jugueteos espaciales, que te permiten volver a ser consciente del otro y de ti mismo (tan abotargados como estamos por culpa de internet), a los Swinging Sixties. Y su piel, a un edificio de Future Systems. Y es que los viejos rockeros nunca mueren (o el que tuvo retuvo).

2. Tiene el arquitecto que lo ha hecho otro edificio reciente con profusión, tal como este, de pasarelas aéreas (verdaderas skyways como las que ingeniaron, en hormigón, los brutalistas británicos). Pero si en aquel las formas del edificio son angulosas reflejando el origen industrial del entorno, aquí son redondeadas cual casco de barco, también replicando su contexto.

3. Kenneth Frampton dijo en 2009 del autor de este edificio que es probablemente el arquitecto más completo hoy en día. Y añadía: "Es un verdadero virtuoso de los espacios, formas, materiales y detalles bellos y sensuales" (en Conversations with architects de Vladimir Belogolovsky).

4. En la hermosa ciudad donde se halla el edificio que nos ocupa se encuentra no muy lejos un edificio de rompe y rasga con el que contrasta vivamente. Si el recién llegado es icónico a su pesar el veterano sí que muestra una vocación clara de reclamar nuestra atención. Si el primero, ligero y tímido, apenas se asienta en la ciudad, como si en cualquier momento quisiera como decíamos ponerse a andar y hacer mutis por el foro, el otro se afianza soberbio a la tierra marcando su poderío tectónico. Este, opaco y mayestático, tiende a la verticalidad; aquel, cristalino y cercano, está cómodo en la horizontal. Eso sí, ambos son muy, pero que muy juguetones.

5. Y otra foto, de un poco más lejos para que cojas perspectiva:




Así cualquiera.

domingo, 2 de julio de 2017

Ada



Mi contraria y yo andamos huérfanos de series desde que terminamos Billions. Llevamos ya tres o cuatro intentos de engancharnos a otra pero es inútil. Y es que esta magnífica producción de Showtime es una de las mejores series que he visto (y eso que ya llevo unas cuantas). El tema no nos atraía lo más mínimo (la trastienda de Wall Street), pero desde el primer momento las potentes interpretaciones de Paul Giamatti en el papel de implacable fiscal anticorrupción y Damian Lewis en el de codicioso tiburón financiero, antagonistas idénticos en su salvaje adicción al poder, nos dejaron taladrados al sofá. En la escena clave que culmina la segunda (y por ahora última, pero ya está en preparación la tercera) temporada, localizada en la zona cero de Nueva York, podemos contemplar el triste espectáculo de la soberbia estación intermodal de Calatrava interactuando como elefante en cacharrería con los sobrecogedores estanques de Michael Arad. No era consciente de lo poco que pega en semejante contexto el artefacto fallero del valenciano. En fin.

Esta semana se han inaugurado dos edificios inevitablemente icónicos pero tan antagónicos como los protagonistas de Billions. El centro Botín en Santander de Renzo Piano (su primera obra en España) y la ampliación del Victoria and Albert Museum en Londres a cargo de AL_A (Amanda Levete). El primero, en palabras del propio arquitecto, quiere volar alzándose cual correlimos sobre finas patas para no obstaculizar la visión de la extensa bahía desde el emblemático Paseo de Pereda, área que queda ampliada al soterrar la calle que lo partía en dos. El otro, de la autora del MAAT lisboeta, se hunde por contra con ahínco en el subsuelo para crear una enorme cueva metafísica de más de 1.000 metros cuadrados sin una sola columna y con un espectacular techo de formas escultóricas iluminado por un enorme tragaluz. Al exterior, único signo visible de la intervención, un edificio que recuerda a Hadid dialoga a palos con el victoriano entorno.

Hace justo un mes que Foster abrió su Fundación de Madrid al público. O algo así, hay que pedir cita. Yo lo hice (el mismo día 1), y aún estoy a verlas venir (y lo que me queda).

Como creo que ya te dije estoy leyendo la biografía crítica de Mies a cargo de Schulze y Windhorst con una excelente traducción de Jorge Sainz (también arquitecto). Apenas estoy empezando este denso y enjundioso libro, pero ya me ha llamado poderosamente la atención la fantástica capacidad de seducción del arquitecto del menos es más (la frase se la birló a Behrens, por cierto, el de la mítica fábrica de AEG, esa acrópolis moderna en la que resulta que Mies también participó mientras trabajaba para él). Sorprende cómo el hijo de un modesto cantero (al que Mies ayudaba a rotular las lápidas), del que por cierto seguramente aprendería aquella otra frase fetiche según la cual Dios estaría en los detalles ("¿Conocéis el pináculo que remata la aguja de la catedral de Colonia?", les decía a Ludwig y su hermano Ewald, que diseñaba las lápidas, "Pues bien, no se puede trepar hasta allí y verlo con cuidado, pero está labrado como si se pudiese. Está hecho para Dios"), sorprende como digo que a pesar de su humilde formación en escuelas taller llegara bien pronto a codearse con clientes de altos vuelos que no sólo le encargarían sus casas sino que le incluirían en sus círculos de amistades e incluso, como en el caso de los Riehl (para los que hizo su opera prima, un caserón con tejado en doble vertiente en las antípodas de su obra posterior), le pagarían un viaje formativo de seis semanas a Italia allá por 1908. Pero lo de su relación con Ada, su primera y única esposa, es de traca. Ada era la hija de un adinerado empresario, lo que permitió a Mies vivir cómodamente, y le dio tres hijos en tres años, lo que, unido a un carácter propenso a la melancolía, dejaría a la buena señora mirando a Cuenca (bueno, digamos Königsberg). Tanta distracción era demasiado para un espíritu libre como Mies, que, tras ponerle los cuernos a troche y moche, dicho sea de paso, decidió dejarla. No me resisto a citar la carta en la que le da boleto: "De todas las personas, tú eres la más querida para mí. Pero no vincules tu vida a la mía. Sé lo bastante fuerte como para no necesitarme. Entonces tendremos una libertad compartida; entonces nos tendremos el uno al otro. Sin coacción, sin retribución, no ligados por nada".  Qué arteni Jane Austen. Subyugada por el pico (pluma) de oro de su marido, Ada le contesta: "Si no puedo volar contigo, no puedo hacer de mi amor una servidumbre para ti, y no colgaré como un plomo de tus pies. (...) Tú tendrás el camino libre, y yo seré un remanso al que puedas volver en cualquier momento. Ayúdame con amor a hacerlo realidad". Ya no quedan mujeres como Ada. Afortunadamente.

¿Cómo? ¿Que esto parece Sálvame? ¿Que así es como quiero que acepten mi solicitud para visitar la Fundación Foster? Mira, si quieres un blog serio y de calidad (cuya última entrada, por cierto, va de Mies), vete por aquí. Esto ya no sé muy bien lo que es (ahora parece que ha devenido una suerte de diario por voluntad propia -del propio blog-, uno ya no controla ni lo que escribe). Pues eso, buena semana.

domingo, 25 de junio de 2017

Varios (2)

 Si Mies levantara la cabeza...
Pues que me ha gustado el concepto de soltar planteamientos inconexos, allá van unos cuantos más.

Paseaba la otra tórrida tarde por la calle, y de pronto me sentí impregnado de un frescor inaudito que emanaba de un cortinglés aledaño. Arrastrado sin remedio por mis abotargados sentidos, entré en el gran almacén aunque nada tenía que comprar. No hay experiencia fenomenológica comparable a sentir cómo la temperatura baja diez grados en un santiamén. Sin saber muy bien qué hacer me encaminé a la sección de discos guiado por un atávico impulso (hace ya lustros que, gracias a internet, no tiene sentido), mas mira tú por dónde esta vez iba a hallar una preciada joya que no me esperaba. Ni más ni menos que el vídeo de la gira de conciertos 3D que Kraftwerk hiciera hace un par de años y para los que eligió venues arquitectónicos de primer orden, entre otros el MoMA, el Tate Modern londinense, la Opera de Sídney y la de Oslo, el auditorio Walt Disney de Los Ángeles, la fundación Louis Vuitton de París, el Guggenheim de Bilbao (y con este van tres gehrys), y por supuesto, la Neue Nationalgalerie de Berlín de Mies. Ya comentábamos en su momento sobre este mismo concierto la conexión entre el arquitecto de Aquisgrán y el grupo de Düsseldorf: "sobriedad germánica, mundos artificiales, pureza formal..." (no olvidemos además la coincidencia de fechas: Mies acabaría su obra en 1968, justo el año en el que se conocerían Ralf Hütter y Florian Schneider, fundadores dos años más tarde de Kraftwerk). De hecho la única foto que ilustra la carátula del video es de dicho edificio. Esperaba encontrarme en el vídeo referencias a dichos lugares pero lo cierto es que sólo incluye cuidados videoclips con los cuatro componentes del grupo en su tradicional pose maquinista, cual robots ya ligeramente geriátricos (Hütter, único de los fundadores que sigue en la brecha, tiene ya 71 años), eso sí, los temas han recibido al menos nuevos arreglos que los han actualizado acertadamente e incluso se han introducido cambios en la letra (por ejemplo menciones a Fukushima, Chernóbil o Harrisburg en su mítico tema Radioactivity). 

El sueño de la razón produce monstruos, y el de la modernidad también. Oliver Wainwright nos traía esta semana un curioso edificio que acaba de recibir protección patrimonial en Inglaterra, y que no es otro que el que ilustra la entrada de hoy. Es una estación de bombeo en Londres que parece sacada de Bob Esponja. Perpetrada por un tal John Outram en los 80, el crítico de The Guardian le reivindica como el arquitecto que trajo la diversión de vuelta a la arquitectura. Yo con el posmodernismo es que no puedo, pero hay que reconocer que tras 40 largos años de austeridad formal, blanco nuclear y ángulos rectos impuestos dogmáticamente a sangre y fuego, la verdad es que es lógico que la arquitectura explosionara en violenta deflagración cromática y formal. Wainwright añade también una intencionalidad política en Outram: sería también una puya, en plan tongue-in-cheek que se dice allí, al gobierno de Thatcher, que había decretado que todos los desarrollos urbanísticos en la zona de los docklands fueran llevados a cabo por empresas privadas (más serias se supone) con una excepción: los edificios de servicios públicos. Pues taza y media entonces. Me pregunto por qué en España, salvo una par de ocurrencias de Oiza, no se ha prodigado el posmodernismo.  Quizá porque para ese desfogue formal ya teníamos las Fallas.

Seguimos con el surrealismo, que tantos buenos ratos nos reporta. He flipado en colores con el artículo que cierra el último número de Arquitectura Viva (196) con el título La ingeniería humana. Lo firma Luis Fernández-Galiano nada menos, director de la revista, y en él hace referencia a un libro editado por el BBVA (El próximo paso: la vida exponencial) en el que una veintena de eminencias en el campo de la biocencia lanzan peregrinas teorías sobre el futuro de la humanidad. Cito: "Si algunos autores transitan por territorios familiares (...), otros exploran campos más insólitos: los viajes posthumanos, la hiperhistoria y los sistemas multiagente (que organizan el mundo postwesfaliano donde los humanos ya no ocupan el centro de la infoesfera), y last but not least, el uso de la ingeniería humana para frenar el cambio climático". Hombre, ya puestos, hubiéramos agradecido a don Luis que se hubiera demorado en algunos de los conceptos que menciona, y que nos mantendrán insomnes sin remedio: ¿qué será la hiperhistoria? Conocíamos la historia virtual de Ferguson, pero semejante prefijo aplicado a la historia ¿tendrá que ver con una historia enriquecida, mutante, revertida quizá gracias a los viajes en el tiempo como postula la no menos surrealista El Ministerio del Tiempo? ¿Y qué será lo de los viajes posthumanos? Conocíamos lo de la postverdad, repetido ad nauseam por cualquier columnista que se precie, pero lo de la posthumanidad nos supera. ¿Y lo de los sistemas multiagente?  El colmo es la teoría de un tal S. Matthew Liao, director del Centro de Bioética de la universidad de Nueva York, que propone mejorar al ser humano chutándole drogas de diseño que lo conviertan en vegetariano, altruista o empático (por lo visto el tal Matthew da por hecho que padres y educadores somos unos inútiles), "limitando la natalidad con potenciadores de inteligencia" (o sea que tener hijos es de gilipuertas) e incluso "reduciendo el tamaño de los seres humanos" con tratamientos de choque genéticos (era cuestión de tiempo que el concepto flatpack de Ikea llegara a la genética)No sé si reír o llorar. A este señor le mandaba yo una copia de Los Viajes de Gulliver para que se centrara en el tercer viaje, el que lleva al protagonista a Laputa (el nombre no es casual), esa isla flotante en la que académicos y científicos, completamente aislados del mundo real, desarrollan teorías a cual más absurda, como esos profesores de lenguas que tratan de eliminar el lenguaje hablado para no desgastar los pulmones (en lugar de designar las cosas con palabras, la comunicación se establecería mediante muestrarios de objetos que se enseñarían en silencio unos a otros, muy práctico), o un profesor de matemáticas que hace comer a sus alumnos barquillos con fórmulas escritas con una tinta especial que el cerebro supuestamente absorbería, consiguiendo así que los estudiantes resolvieran problemas sin estudiar (también hay betún para los arquitectos: en Laputa las casas se construyen empezando por el tejado siguiendo el ejemplo de la araña y la abeja, por cierto como Lamela en las Torres de Colón, y se huye del ángulo recto porque se desprecia la geometría). Tengo yo que conseguir el libro del BBVA (anda, si se puede descargar).

En fin, ya hemos desbarrado bastante por hoy. Te dejo con el tema The Robots de Kraftwerk (versión 2016), con unos seres posthumanos que parecen bailar una hipersevillana. Buena semana.

domingo, 18 de junio de 2017

Varios



No esperarás que con esta caló hile algo fino. Ahí van pensamientos varios:

La noticia arquitectónica de la semana ha sido sin duda el incendio de la torre Grenfell en Londres, que ya va por 58 muertos. De los muchos comentarios que he leído (aún hay gente que echa pestes de las torres de viviendas, cuando es obvio que, con sus pegas, el verdadero problema es el mantenimiento), me quedo con el de una vecina hablando sobre el recubrimiento de la torre, una de las causas de que la simple explosión de una nevera haya acabado destruyéndola por completo: "Eligieron ese material para que luciera más bonita para los ricos, y ahora ese material ha matado a los pobres" (en El País de hoy). Notting Hill, donde se ubicaba la torre, sufre una galopante gentrificación. El verano pasado la torre había sido restaurada (en una operación que costó 8,6 millones de libras), pero al parecer la empresa decidió ahorrarse un miserable pico (poco más de 6.000 libras) en el revestimiento, que eso sí, daba el pego. Es el signo de los tiempos: eliminar todo lo feo para crear ciudades bonitas, museificadas, puro atrezzo, para que no cese el maná del sacrosanto turista. Ornamento y delito... Un junio chungo para May.

Hemos hablado a menudo de la conexión entre automóvil y arquitectura, especialmente obvia en la publicidad. El penúltimo ejemplo lo protagoniza este video del nuevo C3 Aircross (a la venta a finales de año) ambientado en Tenerife en el que aparecen cameos arquitectónicos del auditorio de Calatrava (un fijo en los anuncios de coches) y, menos conocida (he tenido que navegar un buen rato para descubrirlo), la facultad de Bellas Artes de la universidad de la Laguna a cargo del estudio local GPY; cuánto me recuerda, por cierto, a Fernando Higueras.

Traigo ahora dos casas que me han llamado la atención esta semana, la primera, en Chile, en la que Felipe Assadi y Francisca Pulido juegan con Mies (no te pierdas las fantásticas fotos de Fernando Alda) y otra en la campiña de Kent (de James Macdonald Wright y Niall Maxwell), que Rowan Moore comenta en The Guardian, una casa rabiosamente moderna que en realidad imita a los típicos secaderos de lúpulo de la zona (hace bastantes años pasé una noche en uno, toda una experiencia, la dueña pagaba la rehabilitación ofreciendo alojamiento en plan Bed and Breakfast), de todas formas la angulosa vivienda casi recuerda más a la Casa das Histórias Paula Rego de Souto de Moura en Cascais o a Rossi.

Y hablando de Mies (estoy atacando la reedición de la biografía de Schulze, mucho arroz...), te dejo con este artículo de Manuel Vicent. Buena semana.




domingo, 11 de junio de 2017

Mirar de otra manera

Momento premium
Siempre pensé que Cosentino era una marca italiana. La fonética del nombre y esa persistente voluntad de excelencia no parecían pertenecernos. Y resulta que no, que es completamente española. Empezó a darse a conocer por sus encimeras de cocina, de las que Arguiñano hacía gala en sus programas televisivos, pero ha ido a más, saltando primero a suelos y finalmente a las fachadas gracias a un trabajo de experimentación que ha permitido a la empresa crear bellos materiales sintéticos con apariencia de naturales pero más resistentes. Es por tanto lógico que la firma, radicada en Almería y activa ya en 28 países, haya buscado complicidades en el mundo arquitectónico. Años ha descubríamos con asombro cómo habían echado los tejos a Libeskind nada menos, quien crearía para ellos una escultura recubierta de uno de sus materiales (Dekton), y cuya esforzada explicación en la propia web de la compañía nos dejaba exhaustos tal y como reflejábamos en una entrada surreal que, tras releerla, me dan ganas de eliminar (como tantas otras). De todas formas, tras pensarlo un ratico, llego a la conclusión de que esa retranca pachanguero-cross curricular es nuestra gran aportación a la blogosfera arquitectónica, nuestro, podríamos decir, valor añadido, así que ahí se queda (si además no me lee ni el tato, que más da), y lo que es más, te voy a dar el enlace para que la disfrutes en su plenitud toda.

Pues en estas estábamos cuando, hace unas semanas, resulta que por Arquitectura Viva.com me entero de que Cosentino iba a inaugurar una flagship store en La Castellana madrileña con la asistencia de Luis Fernández-Galiano, Emilio Tuñón y Patxi Mangado nada menos, así que, ni corto ni perezoso, aun a riesgo de sentirme cual cefalópodo en garaje, allí que me fui a ver qué se cocía. Aparte de la presentación del cuidado local el evento también buscaba dar a conocer la revista corporativa de la firma que, de nombre C / Magaceen, se centra en el mundo arquitectónico y está realizada por la escudería de Arquitectura Viva, con José Yuste como director adjunto y Miguel Fernández-Galiano, hijo de don Luis, como director de arte (estuvo también presente en el acto). Aunque no la conocía, trasteando por internet ya me había topado con alguna de sus entrevistas -seguramente el apartado más interesante- en las que se emparejan con tino entrevistadores y entrevistados de potente calado (Ingersoll y Koolhaas, Nieto-Sobejano y Libeskind, Tuñón y Herzog, Fernández-Galiano y Foster, Mangado y Perrault, Curtis y Navarro-Baldeweg, Verdú y Siza o Souto de Moura y Pallasmaa), las tienes en la versión digital, tan cuidada como la revista en papel, y donde destacan las fotografías (como la de la página de inicio ¿del taller de Assemble?), muchas de Fernández-Galiano hijo.

Tras la mini-presentación (lo mejor del acto), en la que los arquitectos presentes, en animado trío, desgranaron amenos detalles sobre las entrevistas realizadas para la revista (ojalá hubiera durado más), fuimos invitados a la degustación de los exquisitos bocados que nos habían preparado. Es de agradecer que nuestras anodinas vidas sean sazonadas de vez en cuando con estos momentos premium. El cóctel me permitió descubrir (aunque ya la conocía) de primera mano la otra cara de la profesión, mucho menos glamurosa que la que acababa de presenciar. Entablé conversación con una desencantada pareja, calculo que bien entrada en la treintena. Él, tras estudiar la carrera y empezar a trabajar en un despacho haciendo anónimos proyectos de viviendas había decidido colgar los hábitos y trabajaba en un concesionario de automóviles, y ella, tras una experiencia similar, se dedicaba al paisajismo. A poco de empezar a hablar me espetaba ella (la más crítica), que apostaba a que la gran mayoría de los presentes allí (había un buen número de jóvenes de su edad), no llegaba ni a los mil euros de sueldo, lo cual es especialmente triste teniendo en cuenta los largos y duros años de una carrera particularmente dura. Todos sabemos que la crisis se ha cebado especialmente con los arquitectos y otros profesionales asociados a la construcción, que no solo han perdido poder adquisitivo como ninguna otra profesión liberal sino que encima se les ha culpabilizado injustamente por todo este sindiós. Para qué tanto estudiar, apuntaban, si al final lo único que importa a la constructora de rigor es abaratar costes. Abrumado, apenas era capaz de reaccionar ante la triste visión de dos chavales frustrados que en plena juventud parecían haber tirado ya la toalla en cuanto a sus expectativas laborales. Intenté hacerles ver que en todas partes cuecen habas, y que para todos es duro el ajuste tras salir de la universidad en la que idealizas sin remedio un trabajo que poco tiene que ver con la cruda realidad. Que la vocación no dura para siempre, que llega un momento en el que hay que asumir que lo que haces es ya solo un trabajo que paga facturas, y toca reinventarse o fingir. Que no podemos esperar a que los demás nos valoren (algo muy inusual por cierto) para sentirnos satisfechos con lo que hacemos, que dicha satisfacción solo puede partir de nuestro propio convencimiento de que hacemos lo correcto. Alabé su valentía al haber reconducido sus vidas (aunque en mi fuero interno pensaba que yo habría perseverado quizá un poco más), y les dije que eran muy afortunados por haber tenido la oportunidad de haber estudiado una carrera tan bella. Ahí debí tocar la fibra de la arquitecta, porque por primera y última vez dijo algo positivo: la carrera me ha ayudado a aprender a mirar de otra manera. Con eso me quedo.

A veces los árboles no nos dejan ver el bosque