domingo, 21 de mayo de 2017

El arquitecto guitarrista

Atención pregunta

Pues sí, al autor de este edificio el mismísimo Andrés Segovia le animó a dejar la arquitectura por la guitarra. ¿De quién se trata? ¿Dónde está el edificio?

sábado, 13 de mayo de 2017

Arquitectura en democracia (y 3)

¿Nosferatu? No, Calatrava

Pues vamos con la tercera sesión sobre la arquitectura durante la joven democracia española que Luis Fernández-Galiano (en la foto dando incautamente la espalda a un vampírico Calatrava que posa junto a su estación neoyorquina) dio allá por abril en la madrileña Fundación Juan March. Esta conferencia, la única a la que pude asistir, se centraría en las dos legislaturas de Aznar (1996-2004). Antes de entrar en materia comentar, una vez más, el tirón del catedrático de proyectos de la ETSAM y editor de Arquitectura Viva: una hora antes de que empezara la conferencia ya había más de 100 personas haciendo cola, y el lleno en el auditorio de la Fundación era absoluto. Y lo que es más, algo inaudito en un contexto tan académico, fui testigo del requiebro de una señora del público cuando al proyectar don Luis el plano de la sección del Museo de Bellas Artes de Castellón de Mansilla y Tuñón (donde se aprecia la caída en cascada de las diferentes salas) LFG pidió perdón por aburrirnos en una conferencia al fin y al cabo mainstream (esto es mío). Ni corta ni perezosa soltó la buena señora a voz en grito que era su conferencia muy interesante, vamos como si estuviéramos en un concierto de Bisbal.

Todos esperábamos que Fernández-Galiano entrara a degüello sobre la figura de Calatrava, devenido chivo expiatorio de la arquitectura espectáculo, pero hizo bien el catedrático en recordarnos que por aquel entonces, ebrios de poder gracias a una pujante economía que nos llevaría a instalarnos en un orgiástico desenfreno como si no hubiera mañana, tal desatino colectivo buscaría su trasunto en las escultóricas arquitecturas del valenciano, esos blancos exoesqueletos desprovistos, cual brutales saurios extraterrestres (¿se me nota que estoy deseando ver Alien Covenant?), de músculo o piel. Y es que, como reza el título del reciente libro de Llàtzer Moix, todos queríamos un Calatrava (que recuerda al ponga un Foster en su vida de Juli Capella), el valenciano era por aquel entonces requerido por doquiera para levantar su gótico-ficción: LFG mostró varios ejemplos de cómo muchos de sus edificios ingresaron en el "inconsciente colectivo" de la publicidad, como también lo hizo el impepinable Guggenheim de Bilbao, que cambiaría la historia de la arquitectura animando a los arquitectos a "soltarse el pelo" (hasta Moneo se animaría por aquel entonces a hacer el Kursaal donostiarra, su edificio más icónico).  El NYT nada menos hablaría del milagro bilbaino, historia que conocemos bien (el propio LFG dio una conferencia sobre el edificio también en la March hace un año). Desgrana en este punto nuestro conferenciante un largo listado de edificios e infraestructuras que llevarían al arquitecto a convertirse en divino starchitect: el metro de Bilbao de Foster y sus fosteritos, el TEA de Herzog y de Meurion en Tenerife, la "polémica" Ciudad de la Cultura de Santiago de Eisenman, la torre Agbar de Nouvel, "rascacielos mediterráneo" que evoca las formas redondeadas de la Sagrada Familia, el edificio Mirador de MVRDV, donde se utiliza la vivienda para hacer un icono, algo que le "rechina" a don Luis, la T4 madrileña de Rogers y Lamela (recientemente fallecido), con sus bellísimas cubiertas alabeadas que lleva al extremo el invento de Foster en Stansted (alojar toda la maquinaria del edificio abajo y dejar las cubiertas ligeras), la monumental Caja de Granada de Campo Baeza, en cuyo atrio cabría la catedral granadina ("las cajas de ahorros como catedrales", apunta LFG, que nos llevarían al caos y posterior rescate bancario), el Museo de Bellas Artes de Castellón de Mansilla y Tuñón, en el que el propio traslado de las enormes letras que adornarían su entrada se convirtió en una suerte de performance artística, el Museo de Arte Contemporáneo de León de los mismos autores, el Baluarte de Mangado y su rotunda presencia física que nos atrapa con su potente gravedad, algo que también puede decirse de la arquitectura de AMP o García-Abril (el señor de las vigas), la Biblioteca de Usera de Ábalos y Herreros y en fin obras varias de RCR (los nuevos Pritzker que ya empezaban a llamar la atención por aquel entonces), Navarro-Baldeweg, Miralles o Ferrater.

Mientras tanto los arquitectos españoles empezaban también a exportar al exterior sus prodigiosas creaciones: así, Zaera con su topográfica terminal de Yokohama, EMTB con el complejo (y polémico) edificio para el Parlamento escocés o Moneo ("testarudamente presente" en esta serie de conferencias) con su catedral de Los Ángeles (cuya inauguración el mismo LFG retransmitiría en la televisión española como si de un partido de la Champions se tratara), un edificio grávido que choca con las típicas construcciones livianas californianas (don Luis nos cuenta el chiste local según el cual si un coche choca con un edificio allí el que se lleva la peor parte es el edificio).

Capítulo aparte merece el 11-S, que para Fernández-Galiano es también un acontecimiento arquitectónico, y así lo reflejó convirtiendo las estalladas torres en portada de un Arquitectura Viva. LFG nos recuerda que el líder de los terroristas era un arquitecto egipcio que se doctoró en Hamburgo con una tesis sobre arquitectura tradicional. Aparte de las motivaciones que todos conocemos habría por tanto según don Luis una voluntad de hacer desaparecer un icono de la arquitectura moderna. Mientras tanto, en España se vivía una envidiable situación económica que maravillaba al mundo. Dos portadas de la misma semana del Time y Newsweek reflejaban dicha admiración: The Spanish Way, como modelo de crecimiento exportable al mundo, apuntaba la primera; Spain Rocks, la segunda. Y en esto llega el 11-M, que acabaría brutalmente con el gobierno de Aznar. Don Luis culmina como empiezó, con una referencia a Calatrava, portada con su Ciudad de las Artes y las Ciencias (elegida como símbolo arquitectónico de este periodo por nuestro conferenciante) en The Economist y su fastuoso proyecto para los Juegos Olímpicos de Atenas. No mucho después caería Grecia, devenido enfermo crónico de Europa, como le sucedería a la arquitectura espectáculo empezando por el propio Calatrava, sus edificios, con ese cainismo que nos caracteriza, tildados de poco más que fallas fallidas. Sic transit...


La Fundación Juan March, de José Luis Picardo

Pues iba ya a cerrar y me he dicho, venga, vamos a por la cuarta y última conferencia, que estoy en racha y al fin y al cabo es el periodo (los últimos diez años) que mejor nos sabemos, así que puedo pasar por él raudo. Es la época marcada por la crisis financiera y social más virulenta que se ha conocido en décadas, que obligará a repensarlo todo, la arquitectura también, por supuesto. Hasta que llega ese momento (a partir de 2008), España entonó el canto de cisne con tres acontecimientos que tuvieron a la arquitectura como eje: el Fórum de las Culturas de Barcelona, que revitalizó urbanísticamente la zona norte de la capital condal utilizando "piezas arquitectónicas sueltas" de gran gancho mediático y fotogénico (el triángulo suspendido de H&dM, la pérgola fotovoltaica de Elías y Torres), la copa América en Valencia (con el Palacio de las Artes de Calatrava y el Veles y Vents de Chipperfield como estandartes) y la Expo de Zaragoza de 2008 emplazada en un meandro del Ebro y dedicada precisamente al agua, cómo no (casi una seña identitaria de los aragoneses) con sus inevitables pabellones (destacando el de España a cargo de Mangado, inspirado en el bosque de las Landas que debía atravesar para ir a Burdeos, donde el arquitecto navarro realizaba una intervención similar a la de la Plaza de Felipe II en Madrid, o el espectacular pabellón-puente de Hadid, un alarde de ingeniería tan brillante como inútil).

En Madrid los arquitectos siguen trabajando a destajo en esos años de negros nubarrones en los que la tormenta aún se resistía a descargar. Ahí tenemos la nueva sede de Telefónica de de la-Hoz, el BBVA de H&dM, el Caixaforum madrileño, también de los suizos, la ampliación del Reina Sofía de Nouvel o la ampliación del Prado de Moneo, que ha tenido su coda final en la futura rehabilitación del Salón de Reinos a cargo de Foster. Y en esto que, finalmente, estalla la tormenta con el colapso de Lehmann Brothers, que coincide justo con la construcción de las conocidas como Torres del Real Madrid, y aquí nos recuerda don Luis la sistemática correlación entre la culminación de rascacielos icónicos y el inicio de crisis económicas severas (el crack del 29 coincidió igualmente con la terminación del Empire State y la torre Chrysler). Entramos en un tiempo nuevo, una crisis sistémica de la que aún luchamos por zafarnos. Pobres de los edificios-espectáculo a los que la crisis pilló inacabados: sufrirían el escarnio de los mismos que no mucho antes los demandaban con ahínco: ahí están la Ciudad de la Cultura de Galicia, el Metrosol Parasol de Sevilla, la Caja Mágica madrileña, etc.

Fue una época en la que, quizá por la propia inactividad forzada por la crisis, muchos arquitectos se vieron abocados a elucubraciones teóricas que sin duda generaron un fértil debate. Ahí están los cuatro congresos nada menos organizados por la Fundación Arquitectura y Sociedad  (y dirigidos por el propio LFG), o las exposiciones como Spain Mon Amour en el marco de la Bienal de Venecia, que sirvieron para reformular muchos planteamientos. Hay que hacer más con menos, no hay otra. Y en ese difícil contexto surgirían sin embargo obras destacables como el Museo de Bellas Artes de Oviedo, del propio Mangado, el de las Colecciones Reales de Mansilla y Tuñón en Madrid en tajante oxímoron frente a la Almudena, las delicadas intervenciones paisajistas de RCR, el centro cordobés de Nieto-Sobejano o la bibiloteca de Ceuta de Paredes Pedrosa.

Llega 2011, un año de cambios importantes: cae Zapatero, sube Rajoy y Juan Carlos I abdica en su hijo Felipe VI. Don Luis relaciona la necesidad del recambio en instituciones y dirigentes con la necesidad de un recambio también en los postulados arquitectónicos. Es la época del Ferrater del paseo marítimo de Benidorm, donde se recupera lo cromático tras ser amputado por el Movimiento Moderno y su blanco preceptivo, el mercado de Santa Caterina de EMBT en Barcelona o el Caixafórum de Zaragoza de Pinós. Jóvenes y brillantes arquitectos entran con fuerza en el panorama arquitectónico español: José María Sanchez, Ecosistema Urbano, Gironés, Harquitectes, Ruiz-Geli..., y a pesar de todo hasta se consigue exportar nuestras arquitecturas: ahí están Barozzi-Veiga y su Filarmónica de Szczezin, Nieto y Sobejano con sus intervenciones en Alemania, Cruz y Ortiz, los del Rijks (la intervención más destacada en el extranjero de un equipo español con diferencia) o RCR y su Museo Soulages en Rodez, sin olvidar los pabellones efímeros, menos importantes pero con tanta (o mayor) visibilidad que las obras citadas, que Selgas-Cano o Chinchilla levantarían para la Serpentine londinense o el Central Park neoyorquino respectivamente, ambos con un inusitado mensaje de optimismo en momentos muy difíciles para los arquitectos.

Don Luis ha elegido como representante arquitectónico de esta época de incertidumbre el Matadero Madrid de una pléyade de jóvenes arquitectos como Franco, Carnicero, García-Abril, Jaque o Langarita-Navarro entre otros en el que se resume el nuevo espíritu de estos tiempos mutantes: el respeto a lo preexistente sin renunciar a una sorprendente innovación realizada con presupuestos ajustados. Acaba nuestro profesor con el premio recibido en la Bienal de Venecia de 2016 (el León de Oro) por el Pabellón español, donde precisamente se presentaban de una manera enfáticamente austera no pocos de los proyectos que citamos y que lanzaba de nuevo un mensaje de optimismo razonable: "podemos enfrentarnos a la crisis con éxito si lo hacemos con humildad, talento y esfuerzo". Así sea.

domingo, 7 de mayo de 2017

Acelerados






"Me parece que la velocidad cambió todo. Se hizo un progreso del orden de la velocidad en todos los niveles. En todos los niveles: no solamente el cálculo, el conocimiento, la transmisión, sino el transporte, etc. Y eso es lo que hace explotar el núcleo filofísico. Es más: la velocidad es la vejez del mundo. La velocidad agota al mundo. (...) Volvemos al enclaustramiento. Y por consiguiente, volvemos al encierro y al encarcelamiento. Y por ende, también a la exclusión. De ahí la velocidad de liberación que nos ofrece una salida.  Pero una salida hacia la nada. La salida al vacío y al agujero negro.(...)
Pasamos de la reflexión al reflejo. Cuando se acelera una situación, el hombre ya no reflexiona, actúa según sus reflejos, por puro reflejo. La aceleración y la velocidad, no solamente en el cálculo sino también en la apreciación y la decisión de los actos de una persona, le hacen pasar de la reflexión al reflejo. Y así se pierde lo que es el tiempo propio, el tiempo para la concepción, el tiempo para la reflexión.(...)
Cada vez que cuestionamos la inteligencia artificial, se nos responde: "Mire, el hombre no puede calcular suficientemente rápido. Así que inventamos algo que va más rápido". (...) Algo no es mejor porque sea más rápido, eso lo sabemos muy bien. Así que la inteligencia artificial sigue siendo una manera de desestimar la reflexión en provecho del cálculo. (...) No creo que se pueda mejorar el cuerpo sin preocuparse por lo que se llama espíritu. Y la intervención de una inteligencia artificial -la bomba informática, para llamarla por su nombre- es un acontecimiento aberrante, no es de la misma naturaleza" (Amanecer Crepuscular, Paul Virilio en diálogo con Sylvère Lotringer).



(Fotos: District heating en Vallecas, Madrid, calderas colectivas para edificios del barrio con futuristas chimeneas diseñadas por Soriano y Palacios)

sábado, 29 de abril de 2017

Lecciones

Atención pregunta...

Hoy toca examen sorpresa. Ya me vas mirando estas maquetas y diciéndome de qué y de quién son. ¿Cómo? ¿Que hala qué difícil? Por favor, qué poco espíritu. En fin mira, como estamos de puente y tal, me pillas generoso y te voy a dar una pista (como si la torre no fuera ya suficiente) en forma de cita, de ese libro al que llevamos ya varias entradas recurriendo (Hambre de arquitectura de Santiago de Molina), y que seas o no arquitecto, incluso si la arquitectura te da igual, deberías leer porque en él encontrarás inestimables lecciones de vida, como esta misma, de sobra conocida pero sistemáticamente olvidada:
"'El arquitecto no hace él solo ni la caseta del perro', decía Javier Carvajal. Ambas fórmulas encierran una verdad acuciante: por mucho que algunos de los protagonistas de la arquitectura de todos los tiempos hayan aparecido ligados a la historia con sus nombres bramantes y poderosos, erguidos frente al mundo como monumentos al genio creador, solos no habrían construido ni un refugio de podencos. Ni Palladio, ni Fischer von Erlach, ni Loos, ni Koolhaas, ni, mucho menos, Le Corbusier.(...)
El papel del arquitecto se halla entre engranajes cada vez más complejos y hace depender su labor de una especial forma de diálogo. Nada está ya supeditado a su voluntad, ni acaso a la de su cliente o a la de los participantes de la obra, sino a la pura y simple consecución coherente de algo superior. Poco queda del arquitecto como general al mando de un ejército. Poco de aquel arquitecto-director de una cacareante orquesta. Poco depende ya la arquitectura de un arquitecto que mande, organice o dirija, porque al mando de todo se encuentra, siempre fue así, la Arquitectura. Y es sabido que de no obedecer sus órdenes calmas, por mucho que se la conjure a gritos, no hará acto de presencia". 
 El autor del proyecto de las fotos es un arquitecto por encima de todo fiel a su disciplina que incluso en mitad del fragor de la arquitectura espectáculo luchó a brazo partido por hacer una arquitectura que pasara desapercibida y se pusiera con humildad al servicio de la ciudad. Una arquitectura que vista desde el exterior puede resultar decepcionante, especialmente en foto, acostumbradas como están nuestras retinas a los edificios bramantes de arquitectos alfa que tan bien quedan en las revistas. Pero entra. Tiene este señor que hoy nos ocupa, por poner un solo ejemplo y de una obra menor, una iglesia que en su anodino exterior parece un copia y pega descarado de Siza, pero basta cruzar su umbral para que hasta el más recalcitrante ateo se sienta de inmediato en paz consigo mismo y con el mundo y entre en un estado de recogimiento casi místico.




¿Ya caes? Pues claro que es Moneo. Y el de arriba es un proyecto que realizó a finales de los 60 para el ayuntamiento de Ámsterdam que quedó finalista. Está expuesto, junto con el resto de sus obras, en la retrospectiva que puede verse estos días en el Thyssen, edificio que él mismo remodeló para convertirlo en museo.

sábado, 22 de abril de 2017

Arquitectura en democracia (2)


Seguimos relatando las dinámicas conferencias que sobre la arquitectura española en las cuatro décadas largas de democracia ha dado Luis Fernández-Galiano en la Fundación Juan March de Madrid. Me reafirmo -permíteme que insista- en que es éste el resumen de un aficionado casual, así que si controlas no pierdas aquí tu valioso tiempo (aunque si te va el rollo hater siempre puedes dedicarte a la busca y captura del probable gazapo). Hoy toca la segunda sesión, centrada en los gobiernos de Felipe González (1982-1996), etapa para la que como decíamos el catedrático de Proyectos de la ETSAM había elegido como símbolo arquitectónico el Museo Romano de Mérida de Rafael Moneo concluido en 1986, que no duda en calificar como la obra más importante de la arquitectura española de estos últimos 40 años. Este “galpón de ladrillo” en su aspecto exterior no debería hacernos olvidar el diálogo magistral que el edificio establece con la antigüedad al reflejar tanto la regularidad como la condición masiva de la arquitectura romana, y lo hace desde la modernidad al estilo Rossi (la que se ha dado en llamar postmodernidad), atenta a la memoria y lejos de la “amnesia” del Movimiento Moderno. Moneo utiliza arcos, algo inaudito para los modernos, tan obsesionados con el ángulo recto, y construye con ladrillo, de nuevo un material cálido completamente ajeno al lenguaje de Le Corbusier, Mies y sus secuaces, tan proclive al metal, hormigón o vidrio. Moneo por tanto “hace un museo romano a la romana”, una suerte de peplum arquitectónico en palabras de don Luis.

En lo político estos años están dominados por las cuatro legislaturas consecutivas del PSOE, que hizo del cambio (tranquilo) exitoso eslogan. Uno de los primeros efectos de la llegada de la izquierda al gobierno de España por primera vez desde la Guerra Civil fue un deseo de dignificar los barrios periféricos. Así, en Palomeras (Madrid), los hermanos de las Casas entre otros construyen masivos castillos de ladrillo, torres que aquí tuvieron aparentemente más éxito que los brutalistas high-rises residenciales británicos (¿será, me pregunto yo, por la calidez del ladrillo frente a la frialdad del hormigón?). Sáenz de Oiza hace lo propio con otra fortaleza residencial (El Ruedo), antipático (casi carcelario, la verdad), por fuera, pero colorista y juguetón por dentro, donde se hace evidente la influencia de Rossi y Venturi, quienes, hartos de la monótona y dogmática modernidad, defienden flipantes jugueteos a costa del lenguaje clásico que en ocasiones, a qué negarlo, te pueden llegar a poner los pelos como escarpias. Observa aquí cómo da la cara Oiza defendiendo su creación ante otro tipo de críticas menos académicas. 

Y aquí, como ya hizo antes en esa interesante contraposición entre los bancos madrileños de Bilbao y Bankinter, Fernández-Galiano vuelve a compararnos los dos planteamientos, tan opuestos, de Oiza y Moneo, maestro y discípulo (y encima ambos navarros) comparando dos edificios sevillanos: el Edificio Triana del primero y el de Previsión Española del segundo. El Triana es una actualización del Castel Sant´Angelo en palabras de LFG (otro ruedo ibérico que también tiene un punto de transatlántico felliniano o Maestranza tuneada por Terry Gilliam si se me permite la morcilla). La Previsión (hoy sede de Helvetia) es por contra un edificio que, como casi todos los de Moneo, apenas se distingue, “tan contextual que niega su voluntad de afirmarse”. 


Discípulos de Moneo en Barcelona son Martínez Lapeña y Elías Torres o el también tándem Garcés-Soria (autores, según me entero indagando un poco, de la sede del Museo Egipcio que tuve la ocasión de visitar hace unos meses), aunque la Barcelona del periodo hay que entenderla siempre girando alrededor del gran Oriol Bohigas, esa suerte de Rey Sol arquitectónico (esto es mío, que hay que sazonar un poco la narración), quien puso los cimientos para crear la ciudad de los arquitectos, ese parque temático de la arquitectura por el que se pirrian millones de turistas de todo el mundo y que está gentrificando la ciudad por momentos hasta que ya sólo puedan vivir en ella turistas pudientes (ojo, ya está empezando a pasar en Madrid). Su receta, simple pero efectiva: “higienizar el centro y monumentalizar la periferia” al loable objeto de que el habitante de las anónimas barriadas alejadas del centro se sintiera orgulloso de su entorno (¿será ésta la prehistoria de la starchitecture? Ahí está por ejemplo el espectacular puente de Bac de Roda de Calatrava uniendo dos distritos separados por las vías del ferrocarril cuando el valenciano no era nadie), proceso que culminaría con las Olimpiadas del 92, momento estelar (y estelado) en el que Barcelona se colmató de soberbias obras de entre otros Foster, Isozaki o Meier que basculaban entre la “emoción técnica” del inglés, la abracadabrante experimentación del japonés y el lenguaje neocorbuseriano del norteamericano en un relato de éxito tsunámico que todos conocemos hasta límites cansinos. (Por cierto, hablando de Foster, menudo alegrón me he llevado al enterarme de que en junio abre al fin la tan esperada Fundación del británico en el palacete de Monte Esquinza. Por los pelos...). 

¿Y qué decir de la Expo de Sevilla? El 92 fue un año de orgullo masivo (y casi recalcitrante) en el que no hubo colectivo español que no quisiera celebrar los fastos hispánicos del famoso quinto centenario. Don Luis remarca aquí que más allá del relumbrón de los pabellones, lo que significó este evento andaluz, del que ahora celebramos su 25 aniversario, fue la creación de unas potentes infraestructuras que vertebraron la península aliviando la fractura histórica Norte-Sur (aún pendiente sin ir más lejos en Italia), destacando en esa hercúlea sutura el AVE para el que Cruz y Ortiz (más conocidos por la remodelación del Rijksmuseum) levantarían la estación de Santa Justa, una de las mejores del mundo en palabras de Fernández-Galiano. Moneo diseñaría el aeropuerto de San Pablo (de nuevo he de decir que lo descubro ahora) y Calatrava levantaría el puente del Alamillo que, ahora sí, le lanzaría al estrellato. Por cierto que don Luis me sorprendió indicando que Moneo, a raíz de sus encargos andaluces (ya lo había hecho en el aeropuerto sevillano), tomó la Mezquita como modelo para las hileras de enormes columnas que sostienen la visera de su ampliación de la madrileña estación de Atocha, también acometida por estas fechas. Había oído que la torre del reloj (icono personal que veo todos los santos días nada más salir de casa rumbo al trabajo) era de influencia escandinava, pero que también hubiera influencias árabes lo desconocía por completo, una fascinante mezcla. Hablando de Madrid decir que la capital no podía quedarse atrás en este nuestro annus mirabilis y fue nombrada capital europea de la cultura, menos da una piedra. Al hilo de este evento Moneo de nuevo remodelaría el Palacio de Villahermosa para convertirlo en el Museo Thyssen. 

En este punto don Luis introduce una sucesión de arquitectos que empezaron a descollar en estos años (Navarro Baldeweg, Vázquez Consuegra, Campo Baeza) deteniéndose especialmente en Enric Miralles, del que dice que su cementerio de Igualada (en el que yace enterrado, murió con 45 años), realizado junto a Carmen Pinós, es junto al Museo de Mérida de Moneo uno de los grandes edificios del momento. Nos relata también el conocido desplome de su Palacio de los Deportes de Huesca en el que afortunadamente (sucedió por la noche), no hubo desgracias personales. Lo que no sabía es que Miralles y Pinós lo reconstruyeran reteniendo parte de la ruina destruida y dándole una forma "catastrófica" que fuera casi triste memorial de su hundimiento. Don Luis habla aquí de una metabolización del fracaso, profunda frase que da para meditar largo y tendido. Fletaba yo varios autobuses vinilados, tan de moda, con ese lema. Salimos del impasse filosófico violentados con las imágenes de la frankensteiniana rehabilitación (otra destrucción, pero esta voluntaria y alevosa) perpetrada en el anfiteatro de Sagunto por un tal Giorgio Grassi y que condujo a un levantamiento popular en toda regla. Los tribunales, en una sentencia sin precedentes, ordenaron la demolición de la obra que finalmente no se llevaría a cabo por la imposibilidad ya de extirpar la obra nueva de la fábrica original sin mutilar salvajemente el monumento.

Fuera de estas tres localizaciones también hubo vida arquitectónica. Así Siza levantó el Centro Gallego de Arte Contemporáneo en Santiago y un ubicuo Moneo diseñaría en Palma la Fundación Joan Miró, con una forma fracturada cual fortaleza renacentista, justo en el lugar donde Sert construyera un estudio al pintor catalán (se da la coincidencia de que el navarro era por aquel entonces decano en Harvard, mismo cargo que Sert había ostentado treinta años antes). Volviendo a Barcelona LFG menciona otra obra de Moneo, L´illa en la Diagonal, un “rascacielos tumbado” a lo largo de tres manzanas con 300 metros de largo, momento en el que el navarro recibiría el Pritzker (1996), por cierto que en la foto ilustrativa que se nos muestra se le ve celebrándolo con cava y al lado de la copa puede verse lo que menos me podía esperar: un volumen del S,M,X,XL de Koolhaas, publicado un año antes. Es cierto pues que los extremos se tocan. 

Post festum, pestum decían los latinos. Y efectivamente el resacón tras tanta celebración tomó cuerpo en una crisis económica que, junto los sucesivos casos de corrupción política, hundiría el país en un profundo desencanto que Fernández-Galiano representa con dos obras arquitectónicas del momento, ambas en Madrid: las Torres Kio, largo tiempo inacabadas, y la Peineta de Cruz y Ortiz (que ahora mismo están ampliando como sede del Atlético), “memento melancólico” de las sucesivas (3) fallidas candidaturas madrileñas a los Juegos Olímpicos. Pero estas brasas darían lugar a un nuevo incendio, aún más intenso si cabe… la era de la arquitectura espectáculo. Queda pendiente para otro día. 

domingo, 16 de abril de 2017

Realities



"No es ninguna novedad declarar muerta la arquitectura. Otro tanto ha ocurrido con la literatura, la filosofía o la misma cultura a lo largo de la modernidad. (...) Puede que vivamos rodeados de cadáveres; sin embargo, solo gracias a ellos somos capaces de sentir una especial continuidad con el mundo.(...)
Hoy que contemplamos ediciones sin fin de realities televisivos en versiones y formatos impensables, hoy que nos relacionamos con más seres humanos que nunca antes, gracias a las tecnologías sociales, hoy que parece que la virtualidad está cobrándose el mayor número de víctimas posibles en almas sin cuerpo, reclamamos la realidad con el ansia del que reclama una pausa en un descenso sin frenos.
Si T.S.Eliot dijo en el siglo pasado que los seres humanos no pueden soportar demasiada realidad, le faltó vivir este tiempo. En el siglo XXI parece que la necesidad de recobrar ese contacto con la realidad-real es cada vez más acuciante. Hoy parece necesitarse una arquitectura capaz de aportar una dimensión sensible a la vida. Sin más.
(...) Como con el excesivo ancho de un charco que nos fuerza el paso y nos obliga con algo de fastidio a saltarlo sin éxito, la realidad nos espera y estimula como vivencia. Y la arquitectura y la ciudad parece que se han convertido en su penúltimo refugio". (Santiago de Molina. Hambre de arquitectura).


Arquitecturas casi reales de Miquel Navarro

jueves, 13 de abril de 2017

Arquitectura en democracia

Fernández-Galiano, ordenando nuestra memoria

Pues retomando lo que decía James Joyce (lo de que quería pasar a la posteridad como alguien que recortaba y pegaba según veíamos en la entrada anterior, qué feliz hubiera sido en la era digital), voy a hacer lo propio con retazos del ciclo de conferencias que Luis Fernández-Galiano y La Fundación Juan March tuvieron afortunadamente a bien ofrecernos hace tan solo unos días en la sede madrileña de la fundación. Fueron esta vez cuatro sesiones de hora y cuarto cada una con un ambicioso objetivo: cubrir la evolución de la arquitectura española (y su entorno político y social) desde el regreso de la democracia a nuestro país hasta el momento actual. Más de cuarenta años sintetizados en cuatro intensas lecciones magistrales. Cada sesión se centraba en un periodo representado por una obra arquitectónica significativa: así, los convulsos años de la Transición, objeto de la primera, quedaba representada por el donostiarra Peine de los Vientos de Chillida, enfrentado, como nuestra frágil democracia, al bravío Cantábrico; la segunda sesión se centraba en los años 1982-96, los del gobierno de Felipe González, representados en este caso por el Museo de Arte Romano de Mérida a cargo de Moneo; la tercera lección enfocaba los años del gobierno de José María Aznar y la arquitectura espectáculo, con su epítome mayor de estandarte, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia de Santiago Calatrava, mientras que los últimos años, los que el catedrático de la ETSAM llama de la incertidumbre, eran objeto de la última sesión y quedaban representados por el Matadero madrileño, una obra coral junto al casi faraónico Madrid Río.

Sólo pude asistir a la tercera sesión, pero resulta que trasteando en la página web de la Fundación March he descubierto con gran alegría que todas las conferencias estaban grabadas (puedes incluso descargártelas) y lo que es más, puedes también bajarte las cuatro presentaciones de Fernández-Galiano (con unas 120 fotografías para cada sesión nada menos que don Luis, como es habitual en sus conferencias, proyecta en grandes dimensiones y le sirven para hilar su discurso, en ningún caso utiliza ni un papel ni una mísera ficha como socorrida chuleta), así que aquí vengo a contarte lo que he descubierto (algunas cosas, que conste, ya las conocía), éste al fin y al cabo no es sino un blog de aprendizaje (un poco de paciencia, querido lector, de todas formas me permito recordarte que éste no es un blog obligatorio, acabáramos).

Empezamos pues por la primera sesión, centrada en los complejos años de la Transición. Fernández-Galiano nos recuerda que Chillida, como decimos utilizado como referente en esta primera lección con su Peine del Viento, tiene en el exterior de la propia Fundación March una escultura, “Lugar de encuentros 6” (las otras esculturas de la serie están en Madrid, donde se encuentran tres, y en Bilbao, Palma y Toledo). Quizá la más famosa de ellas es la pieza que cuelga bajo el puente de Eduardo Dato sobre la Castellana madrileña, hoy ya ignorada (mira que he pasado veces y ni me he fijado), pero que estuvo envuelta en polémica ya que hasta 1978 no se instaló por motivos ideológicos (llegó a recibir por ello el jocoso sobrenombre de la sirena varada). Para el catedrático es por tanto todo un símbolo artístico de la Transición, prometo detenerme en ella la próxima vez que pase por allí. Ya sobre el Peine del Viento, don Luis nos recuerda que el que luce en Donosti hace el número 15 de la serie: nada menos que 25 años le llevó al escultor vasco encontrar la forma definitiva, y nos muestra fotos sobrecogedoras de su construcción, para la que se utilizaron alambicados andamios sobre el Cantábrico. Otro dato verdaderamente curioso es que para la inauguración en 1977 (enmarcado en la explanada que Peña Ganchegui diseñara para ensalzarlo) sólo 9 personas acudirían (treinta años después se volvería a hacer una inauguración digamos de consolación), fue un monumento por tanto, como la sirena madrileña, rechazado seguramente porque su rotunda modernidad disgustaba a los nostálgicos.

Una de las ideas que también resaltó don Luis fue que la Transición se pudo realizar de una manera relativamente sosegada porque la sociedad española ya se había ido modernizando desde los 50, y una de las disciplinas que contribuyeron a dicha, digamos, pretransición, fue la arquitectura. Y es curioso que la Iglesia fuera una de las promotoras de esos cambios al encargar a arquitectos rompedores obras emblemáticas, así el monasterio de Arantzatzu, a cargo de Sáenz de Oíza y Oteiza, una obra que tardó en completarse casi 20 años ya que la propia Iglesia no comulgaba con la iconografía de Oteiza (sus fantasmagóricos apóstoles). Fisac también aprovechó sus encargos eclesiásticos para abordar nuevas concepciones del espacio. En Cataluña mientras tanto era la vivienda privada (con Coderch y su casa Ugalde a la cabeza) la que lideraba el cambio. De Coderch Fernández-Galiano resalta su compromiso moral e intelectual con la modernidad con obras de “insólita pureza”.

En los 50 el régimen empezó a moverse viendo su total aislamiento del que finalmente sería rescatado por los Estados Unidos, y es que en la guerra fría no había aliado pequeño. En 1955 España entra en la ONU y se producen guiños aperturistas en el mundo del arte: unos años antes (1952) se creaba el primer museo de Arte Moderno (diseñado por Fernández del Amo dentro de la Biblioteca Nacional), algo inaudito para lo rancio del momento, y en 1953 se produce otro acto que don Luis no duda en calificar de casi subversivo al organizarse el primer curso sobre arte abstracto. En la foto de rigor vemos al incombustible Manuel Fraga, jugando en el bando aperturista del régimen.

Me da que arte y arquitectura cumplían por tanto el papel de fachada moderna de un sistema político que quería disfrazar su anomalía en una Europa que le daba la espalda. En esa línea se encuentran los poblados de colonización de Fernández del Amo de nuevo, en los que las tipologías rurales se llevaban a una abstracción radical en una peculiar modernidad vernácula (una suerte de Mondrian estepario). España se moderniza a partir de sus raíces. Alejandro de la Sota realiza en la misma línea el poblado de Fuencarral, en Madrid, que el general Muñoz Grandes, metido a crítico arquitectónico, calificara de “boxes para caballos”. Franco, que al parecer también lo visitó, no pondría tantos peros y ello dio nuevas alas a esta extrema abstracción que culminaría en el sorprendente Gobierno Civil de Tarragona (de de la Sota).

En Barcelona, siempre singulares, la modernidad arquitectónica recaería en edificios industriales, como no podía ser de otra manera dada su potencia fabril, en concreto el ejemplo más notorio de la época es el comedor de la SEAT de César Ortiz Echagüe en el que se usa aluminio corrugado, mismo material utilizado en aviones (y es que las bases americanas que se fueron instalando en España fueron también fuente de inspiración arquitectónica). Dicho comedor recibiría en 1957 el premio internacional Reynolds, premio del que formaba parte del jurado nada menos que Mies van der Rohe. Ortiz Echagüe le visita en Chicago y a la vuelta levanta en Barcelona una torre para SEAT, todo vidrio y metal, profundamente miesiana. A su vez Coderch diseña por entonces las Torres Trade, con su fachada ondulada que aún hoy llaman la atención cerca de la Diagonal en la entrada a la Ciudad Condal, siguiendo un lenguaje más orgánico cuyos juegos formales auguran una prosperidad de la que el país quiere hacer gala. Entramos en la etapa conocida como desarrollismo.

Un poco después nos topamos con uno de los hitos arquitectónicos de la época: el Pabellón de España en la expo de Bruselas de 1958 (la que levantó el Atomium). Y en una curiosa foto que nos muestra LFG vemos el brutal contraste entre el bosque de árboles metálicos de una modernidad espectacular (fue premiado en la muestra) y sus ocupantes: militares con sus mejores galas y curas de sotana asistiendo a un espectáculo de los coros y danzas de la Sección Femenina. El pabellón, triste ruina moderna, languidece hoy en la Casa de Campo como todos sabemos.

Sigue el apasionante relato de cómo unos pocos pugnaban por dotar a nuestro país, aislado, acomplejado y atrasado, de una modernidad a la altura de las naciones más avanzadas. Don Luis menciona a Pérez Piñero, nuestro Fuller (eso lo añado yo); el Colegio Maravillas de de la Sota, con sus aulas colgadas sobre el gimnasio, ya construido con acero (material hasta no hace mucho drásticamente racionado); García de Paredes y su iglesia de Almendrales, muy criticada por su similitud con una mezquita (de nuevo la Iglesia liderando la modernidad con encargos que luego le explotaban en la cara); Fernández Alba con su aaltiano convento del Rollo; Carvajal (nuestro Rudolph, eso sí es de LFG) y sus opacas construcciones brutalistas (Saura rodaría en su casa-búnker La madriguera); Fisac y sus huesos de hormigón (entramos ya en los 60) quien destacaría en el uso casi escultórico que da a este material; las icónicas Torres Blancas de Oíza, sensualmente orgánicas, marcando músculo arquitectónico al tiempo que España se va haciendo próspera; Fernando Higueras y su extraterrestre Corona de Espinas en la ciudad universitaria madrileña que tardaría 25 años en construirse; César Manrique, el primer ecologista; Tusquets y sus jugueteos libertarios mezclando los órdenes clásicos con la arquitectura vernácula; Bofill, que diseña junto a su interdisciplinar equipo el Walden 7, una suerte de monumental macrocomuna… y en esto llega Adolfo Suárez de la mano de Juan Carlos I.

Pero descansemos un poco tras este agotador reprise. Fernández-Galiano hace en este punto especial mención a dos edificios de la época, ambos en la Castellana madrileña, ambos bancos, construidos casi a la par por arquitectos que habían sido maestro y discípulo, y que sin embargo no pueden ser más opuestos. Hablamos del Banco de Bilbao de Sáenz de Oíza y el Bankinter de Moneo. El primero, moderno sin concesiones, en acero y cristal, prepotente e icónico, el segundo escondido tímidamente tras un palacete que se quiere conservar, hecho en ladrillo madrileño y con una insólita forma de cuña. Moneo da una lección magistral en su primera gran obra de cómo hacer ciudad protegiendo lo existente y mimetizándose con el medio. Modernidad frente a postmodernidad (seria, y esto lo añado yo, que ya habrá tiempo para la postmodernidad de chirigota representada sin ir más lejos por el propio Oíza en el Palacio de Congresos de Santander). Como resalta el director de Arquitectura Viva, “lo nuevo y lo viejo no discuten en Moneo, sino que hablan civilizadamente”. García de Paredes logrará algo parecido en su Auditorio Manuel de Falla en Granada.


En esto que se falla en Sevilla el concurso para su sede del Colegio de Arquitectos. LFG se detiene aquí de nuevo mostrándonos una foto del jurado, en relajada pose en torno a un velador, en el que están lo más granado del panorama arquitectónico del momento: Peña-Ganchegui, García de Paredes, Coderch, Moneo y Aldo Rossi nada menos, el arquitecto más influyente del momento. El ganador es el proyecto de Ruiz Cabrero y Perea, un edificio que desconocía por completo, y en el que de nuevo vemos cómo se mezclan tradición y modernidad en perfecta comunión. En esta misma línea Fernández-Galiano continúa hablando aquí de César Portela, Manuel Gallego, Linazasoro, Bofill con su “clasicismo alucinado” de Abraxas, arquitecturas todas ellas sin complejos que nos dan la lección de que se puede ser moderno y al mismo tiempo construir tejados a dos aguas o usar ladrillo. Acaba la sesión con la foto de la enorme urna (diseñada por García de Paredes) en la que, como una descomunal papeleta de voto, se ha encerrado el Guernica de Picasso, finalmente recuperado una vez que ha quedado demostrado (a pesar del susto del 23-F) que nuestra democracia progresa adecuadamente. La arquitectura y el arte, remata nuestro conferenciante, dando forma y voz a las inquietudes y esperanzas de cada época. 

domingo, 2 de abril de 2017

Hilando fino


"Para recordar, antes de la escritura, el ser humano inventó sistemas de relaciones capaces de facilitar su memoria. Inventó el poema para recordar historias gracias a su ritmo y su cadencia. Inventó las constelaciones para recordar fechas cuando aún no había calendario sobre el que fundamentar sus plantaciones y cosechas. Inventó la arquitectura para preservar la memoria de los hombres.(...)
Cada investigador, poeta, músico o arquitecto ha luchado desde entonces por descubrir y coser partes alejadas del mundo por medio de fórmulas, palabras, sonidos o formas. El trabajo del arquitecto es una exaltación de la secreta tarea de hilar delgado y fino.(...) Porque cada obra vale tanto más por lo que consigue relacionar en ese tejido, las obras vecinas o el pasado, con la materia de la que se constituye, que su propio valor como objeto. Por eso el arquitecto es costurero antes que constructor.
'Con gusto pasaré a la posteridad como un tipo que recorta y pega', dijo alguien sospechoso de todo menos de no aspirar a una posteridad digna: James Joyce". (Santiago de Molina, Hambre de arquitectura).

domingo, 26 de marzo de 2017

Construye como puedas



Mérida es una ciudad de belleza difícil. Sobre todo si vienes sin ir más lejos de ver Trujillo. Aunque el simple hecho de sentarse unos minutos en el teatro romano merezcan, por poner un ejemplo, los más de 600 kms de ida y vuelta desde la Villa y Corte, hay que reconocer que su urbanismo es desbaratado y sus edificios andan algo descuidados. Quizá es lo que tiene estar repleta de restos arquelógicos que hacen su aparición a cada vuelta de esquina obligando a edificios y calles a inauditos requiebros en un esfuerzo titánico por construir sin destruir. Lo nuevo y lo antiguo colisionan en todo momento en este sobrecogedor palimpsesto lleno de cicatrices y fantasmas que nos hace sentirnos como a bordo de una máquina del tiempo fuera de control.

Uno de mis mayores alicientes para revisitar la antigua capital de Lusitania, la provincia más occidental del Imperio Romano, era ver el trabajo realizado por José María Sánchez García en el Templo de Diana (otro monumento que por sí solo justifica la visita a la ciudad). He de decir que de entrada me decepcionó un poco (la culpa la tienen las magníficas fotos de Roland Halbe a las que te enlazaba en la entrada anterior, aquí están de nuevo), principalmente por su estado de conservación, que contrastaba con las inmaculadas imágenes del fotógrafo alemán. Con todo, el trabajo de Sánchez, arquitecto local que ya se había hecho notar gracias a su anillo para el Centro internacional de innovación deportiva cerca de Plasencia, que quizá inspirara a Foster para su campus de Apple en Cupertino (quién sabe si a su vez el extremeño estuviera rindiendo homenaje al proyecto presentado por OMA para la Cidade da Cultura de Santiago), me parece excepcional por lo complejo de meterse a construir en semejante entorno y por el resultado conseguido. Sánchez rodea al templo con un anillo cuadrado de sobriedad miesiana que busca el contraste con la construcción romana pero al mismo tiempo se le asemeja al reproducir el mismo lenguaje clásico desde la modernidad y eleva una teatral terraza desde la que contemplar el soberbio monumento. El anillo de Sánchez conforma un marco neutro que realza el exuberante cuadro romano. Si vas por la noche, veladas sus manchas y pintadas y espectralmente iluminado, la experiencia puede ser inolvidable (especialmente si acabas de disfrutar de una celestial mousaka en el cercano restaurante Shangri-la).

El arquitecto que pretenda dejar huella en Mérida lo tiene crudo. Veamos un par de ejemplos. Moneo, me dirás, lo logró. Su museo romano le catapultó a la fama internacional, pero lo logra a base de un interior espectacular en el que continente y contenido se funden hasta disolver los límites de tal manera que no sabes distinguir dónde acaba el museo y empieza la exposición propiamente dicha, no (creo yo) por un exterior que huye de la potencia icónica de su entorno (está al lado del teatro y anfiteatro romanos) alzando un envoltorio inescrutable de ladrillo que de lejos lo asemeja a un anónimo almacén. Al contrario que en Murcia, donde Moneo planta cara a la barroca catedral, aquí se repliega, anonadado, ante Emerita Augusta. Y qué decir del Palacio de Congresos de Nieto y Sobejano. Soy fan de los arquitectos madrileños y sus magníficas obras en Córdoba, San Sebastián o Lugo (échales un vistazo aquí), y estoy deseando que empiecen con su ampliación del Museo Sorolla en Madrid, pero en mi modesta opinión aquí hacen un edificio totalmente ajeno a la ciudad, seguramente porque no podían hacer otra cosa. Para empezar está situado en la otra orilla del Guadiana, cerca del puente de Calatrava, alejado por tanto del centro urbano, lo que acentúa su desconexión y falta de referentes, pero es que encima los arquitectos le dotan de unas formas angulosas, una fachada opaca (cubierta por una piel que, en descomunal tatuaje, reproduce lo que parece ser el plano de la capital extremeña en un intento vano de conectar el palacio con la ciudad) y un color gris que lo hace casi antipático (me recuerda a un cruce entre H&dM y Wright). Es como si, sin saber muy bien qué hacer, hubieran tirado por la calle de enmedio y que salga el sol por Antequera. Para empeorar las cosas, está cerrado a cal y canto cuando no hay nada programado, con lo que no podemos disfrutar de su interior, probablemente más amable que su exterior (más fotos, de Roland Halbe de nuevo, aquí). Finalmente, Selgas Cano, presentes en Badajoz y Plasencia con sendos palacios de congresos, aportan a Mérida la Factoría Joven, un espacio rompedor (como una versión del Templo de Diana tuneada por Mariscal) que ofrece esparcimiento a los jóvenes según una idea promovida por un profesor de Educación Física (Carlos Javier Rodríguez) de un instituto cercano. Te enlazo a unas magníficas fotos de, cómo no, Roland Halbe (debo decir que una vez más la realidad queda algo desvirtuada con respecto a la ficción fotográfica). Otra vez al arquitecto se la bufa el entorno y opta por construir a su bola, no hay otra en Mérida, muestrario inconexo de arquitecturas de todo pelaje y condición.


domingo, 19 de marzo de 2017

El sexto sentido

En ocasiones veo a Mies









"-No vive ya nadie en la casa -me dices-; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido. Y yo te digo: cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres". (César Vallejo, No vive ya nadie, citado en Hambre de arquitectura de Santiago de Molina. Fotos: entorno del Templo de Diana en Mérida de José María Sánchez García)

domingo, 12 de marzo de 2017

Misterios cotidianos


"Lo evidente esconde siempre un secreto. Detrás de cada simpleza se esconde una oportunidad de arquitectura.
Los actos cotidianos esconden los misterios más asombrosos que puedan imaginar. Las simplezas del día a día son los verdaderos monumentos de la arquitectura. Cada uno de esos gestos encierra un aprendizaje si se mira con calma y reflexión. Pero para ver su belleza escondida y superar lo evidente, para profundizar en su secreto se hace necesario mirar lo habitado con ojos de lo extraño. Contemplar cada gesto como un viajante en un país extranjero, a quien todo sorprende. Basta con maravillarse ante lo evidente, como un niño. 
Sin esa capacidad de sorpresa, sin esa lucha por hacer aflorar lo profundo de lo obvio, ser arquitecto no merezca, quizás, las penas.
Ser arquitecto es un mirar desorbitado hacia lo obvio". (Santiago de Molina, Hambre de arquitectura).

domingo, 5 de marzo de 2017

Topólogos


¿Puede la arquitectura mejorar el paisaje? Pues al menos la de RCR sí. El trío catalán, contra todo pronóstico, acaba de ganar el Pritzker. Premonitoriamente, el museo ICO le dedicaba el año pasado una excelente exposición en la que nos quedábamos prendados ante una arquitectura que parecía surgir de la tierra o fundirse con regodeo místico en ella con soberbia modestia. El comentario que más me gustado hasta la fecha de los que he leído sobre los arquitectos ha sido de largo el de Jaume Prat en su blog (te recomiendo que acudas a él también por sus magníficas fotos, alguna la he visto en el catálogo de dicha exposición): "RCR son arquitectos catalanes en el sentido pleno de la expresión. RCR representan nuestra cultura. Nuestro sentido del espacio común, de la luz, de la humedad, de la vegetación. De los olores. RCR representan esa Cataluña interior  que no es exactamente la que describen y postulan tanto la Escuela de Barcelona como el GATCPAC anteriormente, esa escuela basada en las casitas blancas mediterráneas, en la brisa y en el porche y el vacío pequeño. No. RCR son son la Cataluña interior. Son el contraluz de las masías que casi nunca están pintadas de blanco. Son las salas precariamente calefactadas. Son esos sorportales que pueden ser tan profundos como la propia masía. Son las casas que no chillan. Son ese paisaje de las viñas plantadas sobre tierra volcánica en el LLano del Batet, justo donde se alcanza a ver el mar: y esa descripción de la abadía misteriosa de Umberto Eco en El Nombre de la Rosa llevada a la vida real. RCR es la búsqueda constante de la belleza. ¿Sabéis cuál quiero decir, no? Esa que deja desarmado. Esa que te deja confundido, con la boca abierta. Es aquella primera sensación global, holística, aquella arquitectura que entra por los poros, aquella arquitectura que hasta un ciego puede percibir. Aquella arquitectura que se siente, que se escucha, que se huele. Que se toca y que destiñe.
RCR es la búsqueda de las sensaciones absolutas. El silencio. El vacío. La serenidad".

Tras esto sólo nos queda cerrar el chiringuito hasta la próxima. Buena semana.

domingo, 26 de febrero de 2017

Megaformas



Sorprende que este masivo bloque de 400 metros de largo, 500 apartamentos y casi cincuenta años a sus espaldas sea uno de los cinco finalistas de los premios Mies van der Rohe de 2017. Está en el llamado Bijlmermeer (Bijlmer para los amigos), una barriada en el extrarradio de Ámsterdam donde se construyeron edificios de viviendas de 11 plantas con un diseño deudor de los principios del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) y que, vistos a ojo de dron, recuerdan a un inmenso panal. Este bloque en concreto, si se me permite el juego de palabras (Kleiburg de nombre), es el único que queda de aquel brutal desarrollo urbanístico caído en desgracia (como casi todas las utopías modernas). ¿Y qué pinta, repito, semejante ninot indultat en los seleccionados para el premio de este año, en el que competían dos OMAs, un Siza y un Mansilla y Tuñón (el Museo de Colecciones Reales), y a los que ha desbancado fuera de toda lógica? Veamos lo que dice Stephen Bates, presidente del jurado: "Nuestros instintos podrían resumirse en las palabras de Peter Smithson [uno de los creadores, mira tú por dónde, del brutalismo inglés heredero de Le Corbusier, sus proyectos, como los Robin Hood Gardens, están también en el disparadero]: 'las cosas necesitan ser normales y heroicas a la vez'. Buscamos una normalidad cuyo sutil lirismo esté lleno de potencial". A este señor le daba yo el Nobel de lo que fuera. El reconocimiento de la Fundación Mies van der Rohe no es en realidad para el bloque en sí, sino para una iniciativa de rehabilitación a cargo de los arquitectos locales NL Architects y XVW Architectuur que, de abajo a arriba (a través de una cooperativa que mantiene su carácter social), proponen adecentar el "único hombre en pie en medio de la guerra contra la modernidad arquitectónica", como señalan los propios arquitectos. Y lo más curioso es que no lo quieren hacer, como en tantos otros casos, desde una estrategia de ocultación sino al contrario, reafirmando los valores de obsesiva repetición y abstracción formal tan queridos por el Movimiento Moderno. Más sobre el proyecto aquí.

El caso es que se me ha encendido la bombilla y me he acercado al S,M,L,XL porque todo esto me sonaba de algo. Efectivamente, en el capítulo XL, obviamente, se habla de Bijlmermeer, bajo el epígrafe Las Vegas del Estado de Bienestar. Nuestro siempre incendiario Koolhaas le dedica sus afilados comentarios, enfatizando su anacronismo (pensemos que los edificios se acabaron cuando el CIAM llevaba doce años criando malvas): "Si el debate arquitectónico es una representación del hijo matando al padre, Bijlmer presenta una inversión potencial de la fórmula edípica, según la cual el padre amenaza al hijo" (en este caso al posmodernismo). Y añade: "El hecho de que -especialmente bajo la dramática luz del clima holandés- el Bijlmer tenga una cierta grandeur monumental que, a pesar de su monotonía, acritud y torpeza sea también un espectáculo arquitectónico, demuestra que la ideología y la estética de la modernidad son, tras todos estos años, aún más proporcionales y relevantes a los fenómenos de la ocupación territorial inspirados por el estado. Bijlmer ofrece aburrimiento a escala heroica [la misma que pide Smithson]. En su monotonía, dureza e incluso brutalidad es, irónicamente, refrescante, (...) no ha eliminado, a través del exceso de sensiblería o la sobredosis de buenas intenciones, el componente de aventura. Incluso comunica, en su aridez, algo de la sensación del asentamiento, la euforia por lo nuevo, hoy ya pasada de moda, el secreto entusiasmo de la modernización". Sobrecoge la potencia descriptiva y la capacidad de abstracción teórica de este hombre. Y no te pierdas las fotos, en las que se realzan (con notable ironía) todas estas ideas. Así, se refleja el fetichismo por la repetición en Bijlmer: la forma de los bloques es semihexagonal, pero es que el lago que rodea precisamente al Kleiburg también lo es, como el islote artificial al que conduce una pasarela, y hasta el parque infantil incorpora estructuras hexagonales: la estética de la tautología en palabras de Rem. Pues bien, tras este chispeante texto (de 1976), toda una "declaración de fe" en Bijlmer, pasa a explicarnos el proyecto de rehabilitación del complejo que se le encargaría al estudio diez años después, cuando ya ha devenido escenario de una pesadilla distópica: es un gueto para inmigrantes sin recursos abandonado a su suerte. Tocaba desmantelar su aura apocalíptica, de nuevo en palabras de Rem. El diagnóstico es claro y la solución aparentemente sencilla: es necesario crear tejido urbano en una inmensa zona únicamente residencial (y por tanto mortalmente aburrida): los aparcamientos cubiertos se liberarían para dotarles de locales comerciales, y los espacios entre los hexágonos se dedicarían a usos múltiples especializados: zonas deportivas, "playa", etc, permitiendo a su vez que la zona recibiera un "bombardeo tipológico" de otros tipos de vivienda (baja, unifamiliar, etc.) que llenara los deprimentes vacíos. Finalmente nada del proyecto se llevaría a cabo, restando ya solo la muerte de Bijlmer por inanición y piqueta (muerte por cierto salvajemente iniciada cuando en 1992 un Jumbo de carga se precipitó contra una de las torres matando a 43 personas).

Y aquí retomamos el proyecto de rehabilitación de Kleiburg por NL y XVW, ese lugar tan cuajado de memoria. Le deseamos lo mejor, el Movimiento Moderno se lo merece: a pesar de todas sus imperfecciones y torpezas al menos tenía el objetivo claro y quizá ingenuo de mejorar las condiciones de vida de las personas a escala masiva. Bastante más quizá de lo que puede decir buena parte de la arquitectura perpetrada desde finales del siglo pasado hasta hace bien poco. Nos despedimos con el discurso de aceptación del doctorado honoris causa por la UPM de Kenneth Frampton, teórico británico buen conocedor de nuestra arquitectura y de la modernidad arquitectónica (Solà-Morales le daría un trozo de una de las columnas de acero encontrado, como la que fotografiamos aquí, en el solar del Pabellón de Mies en Barcelona durante su reconstrucción, lo comenta en el propio discurso). Lo concluye haciendo referencia a L´illa Diagonal del propio Solà-Morales y Moneo en Barcelona, otro edificio masivo con guiños a la modernidad, ejemplo de "la estrategia catalítica de la megaforma con la que contrarrestar el vacío patológico de la megalópolis universal". 

sábado, 18 de febrero de 2017

Menos es nada


Así podría estar ahora la City de Londres si Mies hubiera levantado ahí semejante torre. Me entero, con pasmo (qué poquito sé de arquitectura, y cuanto más aprendo, más me percato de lo mucho que desconozco), en The Guardian. Mies, en el que iba a ser su último proyecto (moriría semanas después de presentarlo, en 1969), no hizo como puedes observar el más mínimo esfuerzo para adecuarse al entorno, y el edificio, al menos en apariencia, es copia y pega descarada de su torre Seagram en Nueva York. Para qué vamos a cambiar nada, si la modernidad es ya ferpecta, además ya para entonces el Movimiento Moderno había devenido Estilo Internacional, así que punto en bocaNo debe sorprender que el proyecto de este cuerpo extraño en el mismísimo hard core del más rancio tradicionalismo británico (al lado mismo de este solar hay egregios edificios como el Banco de Inglaterra de Seoane, una iglesia de Wren, un banco de Lutyens y la residencia oficial del alcalde) durmiera durante una década larga el sueño de los justos para finalmente ser apuntillado a pesar del entusiasmo de su promotor, Lord Palumbo, fan del alemán que en 1972 se quedaría con la Farnsworth cuando su dueña, harta de la falta de privacidad de la casa de cristal y tras un farragoso juicio contra Mies -Less is Nothing alegaba la pobre- que perdió, se largó con viento fresco (mucho se ha hablado de esta relación tortuosa entre la doctora y el arquitecto que según dicen le prohibía instalar cortinas para que no rompiera la extrema transparencia del paralelepípedo (?!): vivir en un manifiesto arquitectónico -Mies no hacía edificios- es lo que tiene: ahora parece que hasta Hollywood va a llevar la historia de amor-odio arquitectónico a la gran pantalla), por cierto que Palumbo hizo un buen negocio con la dichosa casa: la compró por 120.000 dólares y la vendería en 2006 por 7,6 millones... Tranquilo, cierro ya el denso párrafo para que cojas aire.

Pero volvamos a los últimos 70 y primeros 80 cuando al parecer Palumbo, tras luchar contra viento y marea más de diez años y tocar todos los palos habidos y por haber (jugaba en el mismo equipo de polo que el mismísimo Príncipe Carlos, aunque ahí, claro, pinchara en hueso), tiene posibilidades reales de colocar la torre de Mies. El proyecto no es únicamente la torre, también incluye una plaza que es quizá lo más interesante (y sorprendente) del mismo. Estamos en una zona densamente construida de la City, esa ciudad dentro de la ciudad, en la que Mies quiere liberar espacio para el esparcimiento de los ciudadanos. Esta idea en los 60, ya se sabe, la época del flower power, quedaba muy bien, pero ahora ya en los 80 las cosas se han torcido. Son los tiempos de la Naranja Mecánica de Kubrick, las manifestaciones salvajes, el terrorismo del IRA y Margaret Thatcher, la dama de hierro. Vamos, lo que le faltaba al proyecto para que lo tumbaran del todo. El Príncipe Carlos, en su mítico discurso del carbuncle contra la ampliación de la National Gallery (1984) aprovechó para darle la puntilla final, tildando la torre de muñón de cristal más apropiada para Chicago que para Londres. Palumbo, finalmente vencido, respondería con una frase histórica casi a la altura del "No mandé a mis barcos a luchar contra los elementos" de Felipe II tras la derrota de la Armada Invencible: "Solo puedo decir que Dios bendiga al Príncipe de Gales, pero que el mismo Dios nos salve de su juicio arquitectónico". Quién sabe si su incondicional apoyo a Lady Di, de quien devino amigo y confidente (observa en esta foto su evidente complicidad con la Princesa del Pueblo) no fue sino una velada revancha, epílogo a este culebrón miesiano.

Pero Lord Palumbo no se iba a quedar quieto. Quería dejar huella en la City, y vaya si la dejó. Puso entonces su vista en James Stirling nada menos, el que hoy da nombre al más prestigioso premio arquitectónico en la Gran Bretaña (por cierto que había defendido el proyecto de Mies), y le dio el encargo de construir un edificio que colmatara su solar, sin plaza ni historias. Y así surgió, otro shock morrocotudo que me llevo (conocía el edificio, pero no sabía que era de Stirling), el conocido como Poultry nº1 (por la calle donde se encuentra), un bloque de un postmodernismo kitsch que echa para atrás, aún más ajeno a su entorno que la torre de Mies, y que parece diseñado por los Monty Python (que Kahn me perdone, yo es que el posmodernismo no lo llevo bien).

El artículo de The Guardian culmina con una interesante paradoja: tanto aspaviento por un edificio de 19 plantas cuando hoy en la ciudad se están levantando torres mucho más altas (y bastante más horrendas). ¿Dónde estaba el Príncipe Carlos cuando se aprobó el Walkie Talkie?

(Coda final: ¿Y si Koolhaas -siempre acabamos volviendo a él- hubiera querido recordar el proyecto de Mies al culminar su torre para Rothschild, justo al lado de la escena del crimen, con un paralelepípedo miesiano, y al dejar en su base un vacío que permite ver precisamente la iglesia de Wren que mencionábamos arriba?)